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La ley de Godwin

A medida que se alarga una discusión se hace cada vez más probable que alguien establezca una comparación con Hitler o con los nazis

Hitler en una conmemoración del golpe de Múnich de 1923.
Hitler en una conmemoración del golpe de Múnich de 1923. Berliner Verlag/Archiv/picture alliance via Getty Images

Existen muchas formas de medir la incapacidad para mantener un debate sensato. Una de ellas hasta tiene un nombre científico: la ley de Godwin. Inventada en 1990 por el sociólogo Mike Godwin, establece que a medida que se alarga una discusión se hace cada vez más probable que alguien establezca una comparación con Hitler o con los nazis. En el caso español, hemos batido todos los récords, porque se han llegado a lanzar las comparaciones antes de que ni siquiera empezasen las discusiones, por ejemplo con el término feminazis. No es que lo usen solo unos tipos lo suficientemente carentes de entendimiento para considerar que es una buena idea pintar un autobús con el rostro de Hitler y pasearlo por varias ciudades. Lo peor, en cualquier caso, es que ha pasado a convertirse casi en una expresión admitida, como si los que la utilizan ni siquiera fuesen conscientes de la barbaridad que representa.

En EE UU también se están cubriendo de gloria en ese sentido. El senador republicano Clay Higgins, sin duda un genio de la historia, comparó la semana pasada a los 70.000 soldados estadounidenses que desembarcaron en Normandía con los 70.000 inmigrantes que se encuentran en la frontera sur de su país. No importa que esa metáfora convierta precisamente a su país en los nazis y a los inmigrantes en los aliados, los buenos: se tiró a la piscina sin mayores reflexiones.

El problema se produce, en realidad, cuando las comparaciones tienen sentido. Porque no solo existió el Hitler tirano, que puso en marcha el sistema de asesinato más espeluznante y despiadado que haya conocido la historia. También existió un Hitler veterano de la I Guerra Mundial, antisemita enfermizo, antidemócrata, pintor frustrado, charlatán de cervecería, ignorado por casi todos. Ese Hitler pudo haber sido el monstruo en que se convirtió o simplemente un demagogo más al que se tragó la historia. Ese es el problema de la ley de Godwin: que es capaz de detectar las comparaciones estúpidas, pero no aquellas que pueden tener sentido. Como todos los demagogos, aquel austriaco supo utilizar a su favor los miedos de una sociedad herida por la crisis en un mundo que cambiaba demasiado rápido. Y esas comparaciones sí tienen sentido.

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