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De portavoces a portacoces

En la sesión terminal de control, no quedaba margen para Tardà o para la estocada de rigor de Calvo a Montserrat

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene en la sesión de control de este miércoles.

Con casi setenta días de campaña, la intensidad de la campaña parece insostenible. Nadie puede soportar, aun cuando la derecha pare el Jueves y Viernes Santo, un crescendo que parte así. Gracián ya advertía que la intensidad debe compensarse con la brevedad, porque los dioses se cansan de llevar a cualquiera sobre sus hombros. O baja la temperatura, o pueden agotar a la clientela. Los barridos con napalm retórico sirve para las grandes ocasiones, pero no para un continuum de nueve semanas y media. Sin embargo, la campaña en modo on toca ya, directamente, a degüello. Ayer el presidente del Senado tuvo que recordar a los suyos que no actuasen como una peña ultrasur, como una barra brava de patanes. Jaleaban una soflama de uno de los jefes de la policía patriótica a calzón quitado. Hoy, en la sesión terminal de control, no quedaba margen para Tardà o para la estocada de rigor de Calvo a Dolors Montserrat, que haberla húbola. Los candidatos de los cuatro grandes partidos han marcado territorio.

Casado ya no va a poder superar su performance del relator. Esos 21 insultos ya han quedado como un canon. En el insultómetro de campaña es el nº1 en el pódium antes de empezar. “Nadie hizo nunca tanto daño a España en tan poco tiempo” le ha dicho a Sánchez, otra de esas enormidades marca de la casa que ignora a Tigrekán, a su padre Carlos IV, a su hija Isabel II, a, a, y por supuesto a Franco. Este presidente es el peor monstruo para España. A decir verdad, esa paráfrasis churchilliana tiene el copyright de Aznar, que le dijo exactamente eso mismo a Zapatero. Un sello de Casado es la reaznarización del partido, que no excluye el cinismo sobre el aborto. Casado abrió fuego hoy con la gracieta del error en el libro de Sánchez, sorprendente en quien se estrenó atribuyendo a Maura una frase de Alcalá Zamora. Sus críticas siguen apoyadas más en clichés e imaginarios como la traición a España que en argumentos con entidad. De hecho arrancó reprochándole a Sánchez su ausencia de dos meses y acabó en la destrucción de seis mil empleos diarios. No pasa el fact checking, aunque sí el insult checking.

Irene Montero ha recuperado el perfil cañero de la antigua agitadora de la escuela de las juventudes comunistas para atacar a Sánchez. La estrategia de Podemos, que se desploma en las encuestas y puede perder incluso la suma de confluencias, es marcar distancia: “Ustedes no son de fiar”. Claro que pasar de los elogios a esto por la vía rápida delata un oportunismo más bien impúdico. La otra estrategia, por añadidura contradictoria, es que los éxitos de este Gobierno se le deben a Podemos, y además con el mérito de haber tenido que doblegar su resistencia: “Les hemos arrancado cambios por encima de sus posibilidades”. La fantasía de que Sánchez se resistía pero Iglesias le imponía los progresos no va a colar fácilmente. Quizá tampoco la comparación de Sánchez con Montoro en la intimidad. El otrora populismo incendiario de izquierda tiene la pólvora mojada. Las lecciones de dobleces redactadas en Galapagar ya no resultan tan eficaces.

Albert Rivera sigue alejándose del centro, aunque sus propagandistas se aferren a ese mantra; y de hecho es la percepción de la ciudadanía tal como registran, en los dos últimos años, los gráficos del CIS. “Yo me metí en política para que no haya un presidente como usted” ha espetado al hombre con quien selló el pacto del abrazo. El PP ha forzado a Rivera a legitimar a Vox —para un futuro Gobierno del Three Party— y poner un cordón sanitario al PSOE. Y eso no sale gratis. A Rivera le ha colocado Sánchez una caricatura eficaz, con ecos de la Transición: chaquetero. La imagen de La Veleta Naranja, acuñada por Vox, para retratarlo ante su “armario lleno de chaquetas” y además “chaquetas con olor a naftalina”. El cordón sanitario es el modo de taponar su fuga de votos por la derecha, pero efectivamente constata una polarización que degrada el valor de Ciudadanos y decepciona a su clientela moderada.

El presidente, que en el discurso sereno tiene problemas de credibilidad, se crece en el rifirrafe. Pero hay algo que no puede obviar en el discurso triunfalista: su apuesta ha fracasado. De hecho va a las urnas porque su apuesta ha fracasado. El relato es culpar del fracaso a otros, a indepes y a la derecha, dos nacionalpopulismos que se alimentan con la tensión, y con eso va al 28-A. Tampoco venía Sánchez en su mejor día: desde Vox se mofaban porque el eslogan de precampaña en la fachada de Ferraz fue usado antes por ellos y por el PP, muy del gusto de la derecha; desde las redes proliferaban los memes por su libro, no ya con errores sino con un narcisismo chusco que caricaturiza la imagen de estadista que Sánchez ha buscado estos meses. Pero nadie se atreve ya a pronosticar el impacto estratégico sobre las urnas del candidato, que lo mismo es profeta del ‘no es no’ que ‘profeta del diálogo’. Entre el ideario de Pedro y el programa de Sánchez, es favorito para el 28-A aunque no se sabe si ganará Pedro o Sánchez, según el recuento.

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