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El fin de la crispación como hipótesis

La política de la ira y el insulto permanente ha perdido su fuerza performativa

El presidente de VOX, Santiago Abascal, durante su intervención en la concentración del domingo en la plaza de Colón de Madrid.
El presidente de VOX, Santiago Abascal, durante su intervención en la concentración del domingo en la plaza de Colón de Madrid. EFE

En La política y el idioma inglés Orwell afirma: “Nuestra civilización está en decadencia y nuestro lenguaje debe compartir de forma inevitable el declive general”. Cualquiera que escuche el fondo y la forma de los discursos que han colmado el debate político en España los últimos días llegará a la conclusión de que Orwell, una vez más, captaba como nadie el significado político del lenguaje.

Sin embargo, quizá las élites políticas estén jugando en un escenario que empieza a ser superado.Quizá la sociedad española ya haya pasado pantalla y esté iniciando una nueva fase. La política de la ira, la crispación y el insulto permanente, a fuerza de instalarse en el debate público, ha perdido, si es que alguna vez la tuvo, su fuerza performativa. No sólo eso, también ha evidenciado que es incapaz de dar soluciones a los problemas reales. ¿Qué propuesta tienen los partidos que se manifestaron el pasado domingo en Colón para solucionar el complejísimo conflicto en y con Cataluña? ¿Cuál es la apuesta de los independentistas para hacer posible la salida dialogada? ¿Qué proponen desde la extrema derecha para acabar con la desigualdad de la que tanto se sirven, para proteger a una ciudadanía que se siente desamparada o para acabar con la violencia machista? Lo peor de los discursos llenos de ira que estamos escuchando es que, además de incendiar el espacio público, no ofrecen ninguna solución. Y la política ha de ser, por encima de todo, práctica.

Así las cosas, convendría barajar la hipótesis de que tal vez ese tipo de discursos vayan dejando de ser rentables en las urnas. Diferentes sondeos nos dicen que en Cataluña, desde las dos posiciones en conflicto, empiezan a obtener mayores apoyos aquellos partidos que más disposición muestran al acuerdo. Por otro lado, la respuesta, para nada brillante ni multitudinaria, que tuvo la convocatoria de PP y Ciudadanos con el apoyo de Vox a la llamada a echar al Gobierno, puede que nos esté señalando el mismo camino.

El asunto tiene especial importancia en un momento en el que el día siguiente de las elecciones generales será el primero de la campaña para elegir ayuntamientos, buena parte de Parlamentos autonómicos y nada menos que nuestros representantes en el Parlamento Europeo. Si aquella hipótesis fuera cierta, significaría que saldrían beneficiados los partidos que, además de tener respuestas reales y concretas a los problemas de los españoles, fueran capaces de hacerlas realidad. Esto, en un escenario multipartidista como el que viene, pasa por ser capaz de llegar a acuerdos.

La ciudadanía tendrá la palabra en cada una de las citas electorales, y ojalá se manifieste en ese sentido. Para ello, deberíamos estar preparados para leer los signos que nos lleguen en esta clave, y los partidos deberían tomarlo en consideración a la hora de preparar su estrategia electoral. Contemplemos, al menos como hipótesis, que la crispación y el lenguaje incendiario pueden haber dejado de ser rentables.

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