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Tres quarks para un bautizo

El físico norteamericano Murray Gell-Mann, inspirado por la lectura de Joyce, dio nombre de pila a las partículas constituyentes de la materia visible

Murray Gell-Mann, en una imagen de 2007.
Murray Gell-Mann, en una imagen de 2007.

Con la novela Finnegans Wake, el escritor dublinés James Joyce acabaría conjugando la referencia literaria con un modelo científico de la materia. De esta manera, una novela tan hermética como sugerente pasó a ser instrumento de ayuda científica. El físico Murray Gell-Mann se servirá de ella para bautizar las partículas constituyentes de la materia visible con el nombre de quarks.

La novela de James Joyce está plagada de dificultades y su lectura se hace incómoda, todo hay que decirlo. En el Finnegans se manejan los temas de la redención y de la culpa llevados hasta el límite, alcanzando los últimos fuegos de la vanguardia literaria. Joyce lo consigue generando un lenguaje secreto que, como tal, tiene su correspondencia en un código interno cargado de símbolos, onomatopeyas y viejas palabras de nuevos significados.

Con esto, Joyce nos da a entender que los significados elementales de las palabras, al final, no son tan elementales como en un principio aparentan, sino que traen otros significados que hasta entonces habían permanecido ocultos. Con la lectura del Finnegans se hacen visibles. Porque la última novela de Joyce es lo más parecido a mostrar el revés de un tapiz tejido con partículas sugerentes; un tapiz no apto para todas las miradas.

Hay quien dice que el Finnegans es la continuidad del Ulises pero por la noche. Es posible, pues, los del gremio de críticos, incluyendo Harold Bloom, han estado de acuerdo en que Finnegans Wake comienza donde Ulises acaba. Todo indica que Joyce escribió ambas novelas para mantener ocupadas a generaciones de estudiosos de su obra. No hay día en el que no se descubra un significado nuevo.

James Joyce.
James Joyce.

Como ejemplo, sirva uno de los trabajos más completos que lleva por título A Skeleton Key to Finnegans Wake y donde el mitógrafo Joseph Campbell nos señala que hay un número que se repite continuamente en la novela. Se trata del 1132. Buscando el sentido de esta cifra, Campbell recuerda que en el Ulises aparece la ley de la caída de los cuerpos representada en número: 32 pies por segundo, como una obsesión del personaje Leopold Bloom.

De esta manera, los números llevan a Campbell a asociar “caída” con “pecado”. Siguiendo este hilo, Campbell llegaría al capítulo 11, versículo 32 de la Biblia en el que se habla de la misericordia de Dios con los desobedientes. Pero como la coherencia sólo se consigue tratando las contradicciones, dejemos a Campbell y a la Biblia y volvamos a la física y, en particular, al neologismo para el nuevo modelo científico de la materia ideado por el físico norteamericano Murray Gell-Mann y por el cual fue reconocido con el Nobel en el año 1969.

Lo que hizo Gell-Mann fue identificar la estructura íntima de la materia con la estructura subyacente del lenguaje en la novela de Joyce y, todo esto, lo fue ideando Gell-Mann a partir de un esquema de clasificación que seguía el modelo utilizado en la tabla periódica a la hora de clasificar los elementos químicos. Para entendernos, Murray Gell-Mann registró los hadrones (partículas subatómicas) en dos grupos. Pero como los elementos que formaban los hadrones necesitaban un nombre de pila para completarse, Gell-Mann los bautizó con uno tan sonoro como significativo y que fue encontrado en una frase sin sentido del Finnegans: “Three quarks for Muster Mark!” (¡Tres quarks para Muster Mark!).

Con dicha frase, el físico norteamericano no sólo bautizó las tres partículas que buscaban nombre, sino que también rompió el molde a la hora de bautizar los descubrimientos científicos con palabras carentes de raíz griega. En este caso, la palabra quark tiene raíz animal, de gaviota, para ser exactos. Viene a ser la onomatopeya que se identifica con el grito de estas aves. Quark. Quark. Algo parecido aclaró Murray Gell-Mann cuando algunas personas identificaron el término quark con la cuajada alemana.

En fin, que la lectura de Joyce y la posterior aplicación a su descubrimiento para denominar los quarks, no sólo demuestra la afición del físico Murray Gell-Mann a la literatura. También demuestra que, en realidad, los átomos son textos escritos en un idioma que sólo los grandes iniciados saben leer.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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