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Fines y medios

¿Queremos resolver el conflicto catalán? No creo que nadie se atreva a ofrecer una respuesta negativa, aunque el que siga estancado es para muchos una garantía cierta de rentabilidad electoral

Reunión entre Pedro Sánchez y Quim Torra en Barcelona. Vídeo: Llegada a Pedralbes.
Reunión entre Pedro Sánchez y Quim Torra en Barcelona. Vídeo: Llegada a Pedralbes.

Queremos resolver el conflicto catalán? No creo que nadie se atreva a ofrecer una respuesta negativa, aunque el que siga estancado es para muchos una garantía cierta de rentabilidad electoral. O sea, de un sí pero no. O de un sí a cambio de que sea el otro el que ceda. Hay pocos que se atreven a elevar el problema a la categoría que realmente tiene, la de un dilema político de libro. Y los dilemas políticos no se resuelven sin costes y concesiones por ambas partes. Eso que siempre se refleja con la conocida metáfora de que para hacer una tortilla hay que romper algunos huevos. La forma más sencilla de decirlo es, sin embargo, aquella de la que se valió Friedrich Nietzsche parafraseando a Maquiavelo: “El que quiere el fin debe querer los medios”.

Las grandes discrepancias en torno al asunto derivan precisamente de esto último. Si no estoy dispuesto a aceptar los medios por las consecuencias políticas que pueden tener para mis intereses, pues renuncio al fin. Es el caso de la derecha española, incapaz de apearse de una determinada concepción de España para acoger de otra forma la excepcionalidad catalana. O el del propio independentismo catalán, que no concibe ya otra relación con el Estado que no sea desde el suyo propio. La consecuencia es obvia, sigamos a garrotazos. Y al que trata de situarse en una vía intermedia se los lleva de ambos lados.

Esto es precisamente lo que le ha ocurrido al Gobierno en su aparatosa visita a Barcelona esta semana. Se ha ganado una ira que raya en la histeria por parte de la derecha y el desprecio condescendiente del Gobierno catalán —no hay más que ver las posteriores declaraciones de su portavoz, Elsa Artadi—. Pero tiene a su favor el que a ambos les ha sacado de su confortable estrategia de piñón fijo. Al president Quim Torra, porque tomó al fin conciencia de que inflamar las calles se volvería inmediatamente contra él; y al tridente de la derecha, porque Cataluña está lejos de la “guerra civil” anunciada y Pedro Sánchez no ha hecho, que se sepa, concesión “constitucional” alguna.

Ha faltado claridad en las declaraciones, como el eufemismo de la “seguridad jurídica”, y el Gobierno no se vuelve de Cataluña habiendo conseguido una renuncia explícita de los independentistas a la vía unilateral. Pero es un primer paso. Es sabido que hoy la política se consume más en gestos y palabras que en medidas concretas. Y los del pasado viernes abren alguna vía a la esperanza. Primero, porque ha ratificado que, salvo excepciones, la violencia es hoy sobre todo verbal, hemos cambiado las pistolas por el smartphone, el odio se ha vehiculado hacia el ciberespacio. Y, en segundo lugar, porque algo ha comenzado a moverse: hemos empezado a poner los medios para alcanzar el fin. Ahora solo queda hablar de ellos, estudiarlos y fraguar consensos. Es decir, hacer una política responsable y dejarnos de retóricas vanas, ese pan electoral para hoy que nos conduce al hambre colectiva para mañana.

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