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El rentable y familiar negocio en zig-zag de Missoni

La firma italiana del punto colorista cumple 65 años de constancia y estilo. Propiedad de la familia factura más de 150 millones al año y mira hacia lo 'vintage' y la ecología

Angela Missoni al final de un desfile el pasado febrero.
Angela Missoni al final de un desfile el pasado febrero. Getty

Rosita Jelmini y Ottavio Missoni se casaron en 1953. Él era un atleta olímpico al que todos llamaban por el apelativo Tai; ella una entusiasta de las artes y del tejido de punto. La firma nacía ese mismo año en Gallarate (Varese), y el teatro de operaciones se iba a mantener aún después del traslado a Sumirago, donde aún se radica, en la alta Lombardía. Después Milán sería su vitrina y su centro de irradiación.

La primera colección Missoni se presentó en 1958 y con una constancia plástica que los prestigia, Rosita y Tai siguieron adelante y conquistaron muy pronto el mercado norteamericano. Mucho tuvo que la admiración incondicional de la editora de Vogue América, Diana Vreeland, una incondicional que vio enseguida y de manera visionaria la importancia de la identidad en este sello. Cuando la calle Montenapoleone era solamente algo más que la del Café Cova y de algunas joyerías de postín, ya Missoni tenía al final de la vía su negocio, un sitio frecuentado por artistas del Teatro alla Scala y por arquitectos, por diseñadores industriales e intelectuales en el candelero. Tai exhibía y vendía sus alfombras hechas con lanas teñidas en una explosiva gama de colores cálidos muy en contraste con la siempre gris Milán y su inveterada neblina urbana. Poco a poco, los jerseis y las bufandas, los gorros y los cardigans, chaquetones o leves blusones tejidos en hilos más finos de seda, poblaron las revistas y los sitios de moda. Entonces Missoni, sin abandonar Montenapoleone, se mudaron más al centro de la arteria, años después doblaron la esquina se quedaron en Via Sant'Andrea.

De izquierda a derecha Angela Missoni y Rosita Missoni el pasado mes de mayo en Londres.
De izquierda a derecha Angela Missoni y Rosita Missoni el pasado mes de mayo en Londres. Getty
Nureyev, Pavarotti, Carla Fracci, Montserrat Caballé, Pier Luigi Pizzi, Franca Scharciapino y Ezio Frigerio, Zefirelli, Cayetana Alba, y muchos más convirtieron en divisa sus prendas a lo que se sumaron varios éxitos, como el vestuario de la ópera Lucia de Lammermoor en el Teatro alla Scala de Milán en 1983 o en 1990 los impactantes trajes de África para el espectáculo en el Estadio San Siro de Milán de la ceremonia de apertura del Mundial.

La firma Missoni ha conseguido lo que muy pocas de la alta moda internacional pueden exhibir: un sello propio y distintivo, una gráfica y un dibujo mil veces imitado, plagiado y reutilizado por otros pero sin acercarse siquiera a la fortuna estética del original. Ya alguna vez lo dijo Anna Piaggi, escritora y gurú de la moda milanesa: el ser copiado no es otra cosa que un símbolo más de dominio desde las alturas. Piaggi, durante años, se ocupó de las notas de los desfiles y colecciones de Missoni y estaba unida al clan por una estrecha amistad solo interrumpida por su muerte en 2012. Si revisamos precisamente el amplio catálogo del marido de Piaggi, el fotógrafo Alfa Castaldi, podemos tener una idea del papel de la familia en la estructura de la firma, de padre a hijos, y ahora ya en la perspectiva de los nietos. Otro detalle y nada baladí: Missoni es un ejemplo singular de firma familiar de éxito que ha resistido gallardamente los golosos envites de compra de grupos y financieras. La absorción es un fantasma que siempre está presente, pero quizás parte de la cohesión y de esa firmeza tiene su explicación en unas fórmulas estéticas que pueden ser cambiantes pero estables a la vez, inamovibles en su base pero admitiendo infinitas variantes en sus desinencias formales, algo así como un escudo simbólico: el zig-zag, la sucesión de ondas, la base cromática especulada sobre la cuadrícula de los telares lejos de ser un corsé han sido una fuente de múltiples sabores.

Desde hace varias temporadas Angela Missoni se ha empeñado en una búsqueda complicada: la reutilización de algunos elementos y líneas tanto cromáticas como secuenciales de colecciones precedentes. Esta iniciativa unía varios conceptos: lo vintage con el reciclado y lo ecológico, pues a la vez, la firma se embarcaba en otro proceso de investigación y pruebas para erradicar los plásticos. Recientemente, un informe oficial aseguraba que la familia Missoni mantiene un 58,8% de las acciones del grupo y que el FSI (Fondo Strategico Italiano) asumía el restante 41,2%, manteniendo a Angela Missoni como presidenta y directora creativa. Pensemos que hoy Missoni, aún familiar, aún 100% italiana, exporta más del 75% del total de su producción y reconoce una facturación que supera los 150 millones anual, lo que quiere decir que algo va bien andando en zig-zag.

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