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Añoranza de liderazgo

Sánchez carece de la mayoría suficiente para hacer algo más que propuestas tan bienintencionadas como ambiguas

Pedro Sánchez preside la reunión del Consejo de Ministros.
Pedro Sánchez preside la reunión del Consejo de Ministros. EFE

Cuando Quim Torra accedió a su puesto dijo que él no era el líder verdadero, sino un subrogado del auténtico president, Carles Puigdemont, quien a su vez está impedido para ejercer su función si no es por poderes. Junqueras, por su parte, poco puede hacer estando en prisión. Y la CUP carece de liderazgo, se orienta por impulsos repentinos, imprevisibles y erráticos, sin más criterio para la acción que el cuanto peor, mejor.

Por el otro lado la cosa no está mucho mejor. Sánchez carece de la mayoría suficiente para hacer algo más que propuestas tan bienintencionadas como ambiguas, y la derecha practica el curioso rol de bombero pirómano. Cuanto mas se excita la situación catalana, más leña añaden al fuego reclamando una y otra vez el 155. ¿Se les ha ocurrido pensar, por ejemplo, cuál hubiera sido la reacción internacional si las últimas intervenciones de los mossos hubieran seguido órdenes de Madrid?

Como se puede ver, carecemos del liderazgo necesario para resolver la situación catalana, nuestro gran problema. Por ambas partes, y dentro de las diferentes facciones en que estas se dividen. Los actores políticos decisivos se mueven como pollo sin cabeza, más atentos a dónde se ubica su adversario, cómo se posicionan sus medios de referencia o el grado de inflamación de las redes. Hay una clara ausencia de una línea de acción coherente. Digamos que estamos ante una situación de liderazgo reactivo, que es una contradicción en los términos. Porque esta cualidad se caracteriza precisamente por lo contrario, por la capacidad para adicionar fuerzas y perseverar en alcanzar los objetivos sabiendo siempre ponderar las diferentes contingencias y atendiendo a los tempos. Lo que ahora se aprecia es una desorbitante inclinación al presentismo, a apostar por la ganancia fácil, aquí y ahora, improvisando reacciones y al albur de los expertos en comunicación. Y con la vista siempre puesta en las próximas elecciones más que en hacer la política que reclama el interés general.

Esta patología no es solo nuestra, se percibe en casi todas las democracias. La gran promesa del liderazgo europeo, Emmanuel Macron, la está sufriendo en sus carnes, y con Merkel semi-amortizada, Europa ya casi funciona exclusivamente por sus inercias tecno-burocráticas. Lo peor de todo esto es que ese vacío lo están supliendo los nuevos “hombres fuertes” populistas, más caudillos que líderes. Pero quizá sea ese mismo contraste el que deba llamarnos la atención. No tenemos a “grandes hombres o mujeres” a los que oponerlos. En la inabarcable literatura sobre el populismo extraña que no se haya pensado en que una de sus causas pueda deberse a la debilidad del liderazgo en las democracias contemporáneas, que les ha dejado el camino expedito para sobresalir. Y eso que Francia nos puso sobre la pista. Habría que abrir una nueva línea de investigación que se concentre en por qué ya no surgen liderazgos como los de antes. Yo, desde luego, no tengo todavía la respuesta.

 

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