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OPINIÓN i

La visibilidad que nos hace resistir

Las breves historias compartidas mediante la etiqueta #MeQueer evidencian el gran dolor que hemos sufrido, sufrimos y seguiremos sufriendo las personas LGTBI

Celebración del orgullo gay, este año, en Singapur.
Celebración del orgullo gay, este año, en Singapur. AP

El año del #MeToo está produciendo una repercusión global sin parangón. Las ramificaciones de esa lucha feminista están dando como resultado otras iniciativas, tales como la recientemente viralizada #MeQueer. Hartmut Schrewe, escritor alemán, publicó el pasado 13 de agosto un tuit en el que decía: “Mi marido es mi marido, no mi amigo. #Homophobia #MeQueer”. No tuvo gran impacto, pero el hashtag sí que empezó a hacerse viral a través de las historias de LGTBIfobia compartidas en Twitter. En países como Argentina, Colombia o México pronto empezó a tener mucho éxito, y el pasado 24 de agosto se convirtió en trending topic en España gracias al periodista Rubén Serrano.

Desde entonces, miles de personas han compartido agresiones, discriminaciones u ofensas recibidas por el simple hecho de ser lesbianas, gais, trans, bisexuales o intersexuales, así como por, sin serlo, ser asociadas a ese colectivo. Las breves historias compartidas mediante la etiqueta #MeQueer evidencian el gran dolor que hemos sufrido, sufrimos y seguiremos sufriendo las personas LGTBI hasta que no se considere prioritaria la movilización global en defensa de los derechos humanos por parte de la comunidad internacional.

La visibilidad sigue siendo nuestra mayor herramienta. Durante las últimas décadas hemos ido llenando paulatinamente las calles de ciudades de todo el mundo para reivindicar, en primer lugar, que existimos, para después defender que tenemos los mismos derechos que el resto de la sociedad, que no somos personas enfermas, que la diversidad nos enriquece, que, como dijo Pedro Zerolo, primer presidente de FELGTB: “No somos orientaciones sexuales que vagamos por el espacio: somos sus hijos, sus hermanos, sus compañeros de grupo, sus colegas de partido...".

Las redes sociales son ahora unas aliadas más en ese empeño por no ser invisibles. Sin embargo, seguimos sufriendo, por ser personas LGTBI, una violencia que se manifiesta de manera especialmente cruenta en algunos países, y sin que ello trascienda en la mayoría de las ocasiones. El 28 de agosto en Chile fue asesinado Felipe Olguín, gay de 19 años. Otro dos hombres le increparon, le llamaron “maricón” y “mujercita” y acabaron con su vida al asestarle uno de ellos una puñalada en el pecho. Ese mismo día, dos mujeres fueron condenadas a seis latigazos en Malasia y a pagar el equivalente a unos 800 euros por ser supuestamente descubiertas manteniendo relaciones sexuales en el interior de un vehículo. El 26 de agosto se llevó a cabo una redada policial en un local del estado de Lagos, Nigeria, en la que se detuvo a 57 personas acusadas de mantener relaciones homosexuales. Podrían ser encarcelados durante 14 años, sin embargo, de haber ocurrido en el norte del país, donde se aplica la ley islámica, hubieran podido ser condenados a la pena de muerte. La noche del 17 al 18 de agosto Vanesa Campos fue asesinada en París. Ella era una mujer trans de 36 años, originaria de Perú y trabajadora del sexo. Se enfrentó a una banda organizada que acabó golpeándola y disparándole en el pecho.

¿Cuántas personas se ven abocadas a día de hoy a matrimonios de conveniencia para evitar el ostracismo? ¿Cuál es la cifra total de personas LGTBI asesinadas por serlo o por ser percibidas como tales en el mundo?

Y esto es solo la punta del iceberg. ¿Cuántas personas se ven abocadas a día de hoy a matrimonios de conveniencia para evitar el ostracismo? ¿Cuál es la cifra total de personas LGTBI asesinadas por serlo o por ser percibidas como tales en el mundo? ¿Cuántas sienten vergüenza o culpa por no identificarse con el género asignado al nacer o por amar a alguien de su mismo sexo? ¿Hasta cuándo seguiremos teniendo que dar explicaciones, justificaciones o defendernos por pretender vivir con libertad nuestra identidad y nuestra sexualidad?

Solo hace falta rascar un poco la corteza de nuestra cotidianidad para descubrir miles de historias de discriminación. Ahora ha sido #MeQueer, pero necesitamos seguir exigiendo igualdad legal para alcanzar la igualdad real. Por la parte que nos toca, España tiene el potencial —y, por ello, la responsabilidad— de impulsar la defensa de los derechos humanos de las personas LGTBI más allá de sus fronteras. Pero, para ello, se debe seguir apostando por medidas legales para su protección. La Ley de Igualdad LGTBI, que cuenta con gran respaldo social, debe ser aprobada cuanto antes para acabar con los delitos de odio, el acoso escolar, la patologización de la transexualidad, las terapias curativas de la homosexualidad, las intervenciones quirúrgicas a recién nacidos intersexuales para adaptar sus genitales a un género, la discriminación hacia las personas con VIH/sida, los suicidios en menores de edad… Solo predicando con el ejemplo podremos impulsar la igualdad. Solo visibilizándonos y denunciando la violencia y discriminación podremos dejar de ser víctimas. La movilización mundial en defensa de nuestros derechos humanos es imparable, pero el camino por recorrer sigue siendo largo y lleno de obstáculos.

Uge Sangil es presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB).

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