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Gustavo Dudamel, de cañas por Madrid

Vídeo: James Rajotte | Jaime Casal
Jesús Ruiz Mantilla

El gran director de orquesta alterna sus viajes por el mundo con escapadas al barrio madrileño donde creció su esposa, la actriz española María Valverde.

En su continua condición errante, Gustavo Dudamel va encontrando nuevos refugios. Para el chiquillo que un día salió de Barquisimeto, en Venezuela, y se alzó como la más refrescante revelación de la dirección musical en el mundo con apenas 25 años, el nomadismo formaba parte del sueldo. Una de las caras menos amables del triunfo. Y eso implicaba también la necesidad de buscar lugares ­desperdigados donde poder encontrarse cómodo.

En su caso, no extraña que Carabanchel —aparte de Los Ángeles, donde tiene su residencia— lo sea ahora, cuando ha cumplido 37 años y ya se ha convertido en una figura consagrada a nivel internacional. No solo porque es el barrio donde creció su esposa, la actriz española María Valverde, con quien se casó en 2017. Allí viven los padres de ella y en su casa recalan cada vez que ambos pasan por Madrid. También porque, en el caso del músico, el barrio pega con sus orígenes humildes. No olvida Dudamel que creció como un chamo con necesidad de rumbo fijo, para no caer en el futuro que cercaba a muchos de su entorno. Viene de esa turbia frontera que raya al otro lado con los malandros. Un agujero de predestinación con números en la rifa, del que muchos fueron rescatados por la educación musical del Sistema de Orquestas venezolano, creado por José Antonio Abreu hace cuatro décadas.

El director venezolano de la Filarmónica de Los Ángeles y de la Orquesta Simón Bolívar, en uno de sus paseos por Carabanchel.
El director venezolano de la Filarmónica de Los Ángeles y de la Orquesta Simón Bolívar, en uno de sus paseos por Carabanchel.James Rajotte

Hay algo en las calles de Carabanchel que le seduce. Un aroma muy ligado a la realidad mestiza de los extrarradios con carácter: tiendas, bares, terrazas, fuentes y parques donde comprar, echar una charla con los vecinos o perderse paseando. Si a eso le unimos anonimato asegurado y hasta un dentista de confianza… “Mucha gente me decía: ‘Y ahí, en Carabanchel, ¿qué haces? ¿Te vas a ver la cárcel?”, comenta Gustavo, en un paseo buscando sombra por el parque de Eugenia de Montijo. Y algo de razón tienen, pese a caer en lo manido. El solar donde se levantaba la antigua prisión que fue todo un referente en la lucha antifranquista; bordea los bancos, los campos de fútbol, las fuentes y los grafitis del recinto donde Dudamel suele darse un garbeo a menudo. “Anoche estuvimos paseando por aquí. Cuando María me enseñó su barrio, me enamoré si cabe más de ella por el orgullo con el que transmitía su pertenencia”, afirma.

Hoy no se le ocurre renunciar a la tortilla de patata de Gloria, su suegra, ni a los rincones que le descubre Ricardo, el padre de la actriz. Como el bar Flores, donde solía comer el menú del día el abuelo, pegado a la plaza del antiguo ayuntamiento y donde él se sienta en este día de inicio de septiembre en la barra para tomar una caña con tapa castiza: gambas a la gabardina.

O también en otro refugio español nuevo para él. Almonacid de Zorita, provincia de Guadalajara, el pueblo de la familia de su esposa, en plena Alcarria. “Cuando eres músico pasas por los sitios, pero no los vives en realidad. No me ocurre ya en Madrid ni en Almonacid, los voy descubriendo más profundamente porque ahora los habito”, afirma. Buen contrapunto a la vorágine de una estrella musical de su nivel, acostumbrado a dirigir en Berlín, Milán, París, Nueva York, Tokio o Viena, donde hace dos años se hizo cargo del Concierto de Año Nuevo.

Dudamel no olvida además que fue en Almonacid donde se encontraba cuando se produjo la noticia que más le ha desgarrado por dentro en los últimos meses: la muerte de Abreu, su mentor y maestro. El ­hombre que cuando era niño descubrió sus dotes de liderazgo, su sensibilidad o esa extraña y torrencial habilidad para la música.

“Cuando María me enseñó su barrio, me enamoré si cabe más de ella por el orgullo con el que transmitía su pertenencia”

Abreu murió el pasado marzo con 79 años. Dejó un legado ahora amenazado por el contexto de un país incendiado entre divisiones, pendiente de una continua sangría de exiliados, colas fomentadas por la escasez, una lucha por la especie con base en el mercado negro y encadenado a una dictadura con presos políticos y prensa amordazada. Aquel país hoy hundido había llegado a ser el asombro mundial en la música clásica apenas hace una década. Su Sistema de Orquestas, creado hace 43 años en Caracas, formó a cientos de miles de niños y jóvenes venezolanos de extracción marginal por medio de la educación musical.

“Aquel día me fui a pasear solo y sentí su presencia”, recuerda Dudamel. “No quise únicamente llorarlo, me empeñé en festejar lo que había sido para mí y lo que había hecho por nuestro país. Escuché música en su memoria: la Cuarta sinfonía de Chaikovski, que supone la superación de las adversidades, y ya de manera más íntima, más doliente, la Tercera sinfonía de Górecki, conocida como la de las lamentaciones”. A Abreu le despidieron con honores de jefe de Estado. Pero Dudamel no pudo acercarse a los funerales en Caracas. Desde que el director protestara contra la represión del régimen de Maduro y el dictador lo señalara en televisión con amenazas de matón de barrio, no ha vuelto a Venezuela.

—¿Se siente exiliado?

Dudamel calla: “No quiero ni siquiera pronunciar la palabra. Desde muy joven he pasado mucho tiempo fuera, pero el hecho de no poder regresar en circunstancias específicas hace que me sienta mal. No lo querría definir como exilio, con la tensión que vivimos creo que debemos ser muy cuidadosos con los términos que empleamos. Creo que mi papel, como músico sobre todo, es mostrarme consecuente con mi oficio y conciliar, equilibrar, buscar el diálogo”, afirma. Siempre se ha mostrado cauto. Pero, pese a que la cabeza fría y la renuncia a la provocación le hayan costado caras por varios frentes, sigue siendo para muchos una figura de referencia, no solo en Venezuela, sino también en toda América Latina, Estados Unidos, Europa y Asia. Aun así, con el pasaporte español en su cartera desde junio, agradecido y orgulloso de la nacionalidad compartida con su esposa, dice ahora sentirse más venezolano que nunca. Atado a circunstancias difíciles y con una orquesta también nómada. Dudamel, director titular de la Filarmónica de Los Ángeles desde 2009, es sobre todo el alma de la Simón Bolívar, la joya del Sistema. Un diamante hoy con menos brillo. Prácticamente la mitad de sus integrantes andan fuera. Su base sigue en Caracas, pero las giras se suspendieron hace año y medio. Pese a seguir en contacto permanente con la mayor parte de ellos, no lidera la formación desde entonces. “La última vez fue cuando hicimos las nueve sinfonías de Beethoven”, asegura.

James Rajotte

Trata de que no le afecte la farfolla de las redes. Tiene muy presentes las enseñanzas de Nietzsche en Así habló Zaratustra, cuya adaptación musical en el poema sinfónico de Richard Strauss ha interpretado varias veces. “Aíslate, quieren tu sangre’, nos viene a advertir él de manera profética”, explica, pero no sin dejar de tomar partido en favor de lo que cree. Como cuando emitió su opinión el día en que se enteró de que Armando Cañizales, un joven músico de su organización, había muerto en la calle con tan solo 18 años por un disparo en la cabeza. “Como ciudadano me sentí con derecho a expresar lo que dije”. Cuando apareció su comunicado en EL PAÍS y en The New York Times, comenzó la caza contra él. “Solo buscaba preservar la dignidad de un pueblo rico, lleno de vida, pero al que le quieren arrebatar la esperanza y deprimirlo. Cuando te ocurre eso, estás perdido, es como la muerte en vida. Para quienes emigran y, sobre todo, para quienes quedan dentro. No hay un día que no luche ni piense en ellos”, confiesa.

Pese a un evidente rastro de tristeza camuflada hoy entre sus rizos ya con canas y la mirada clara probable herencia de una bisabuela con orígenes en la frontera española con Francia, el músico no quiere perder la esperanza: “El hoy es hoy y el ayer se fue’, contaba Neruda. No te niego que echo de menos comerme un chivo en Pavía con los míos, como cuando era niño, pero todas esas cosas conviven en mí de manera perenne. Es la huella que nos implantó Abreu”. Y la lleva consigo a Los Ángeles, a sus colaboraciones permanentes con las mejores orquestas del mundo y a su compromiso con formaciones como la Mahler Chamber Orchestra, con la que recalará en su próxima gira por España, donde dirigirá en el Palau de la Música de Barcelona los días 18 y 19 de este mes, y el 20 en Madrid, dentro del ciclo Scherzo, en el Auditorio Nacional, en colaboración con EL PAÍS.

Centrado en el territorio de la música, donde no se expiden pasaportes ni se fomentan diásporas. Lejos del ruido que rompe la armonía por medio de la bronca. “No pido a nadie que me entienda, sino que me dejen vivir mi vida con arreglo a mi conciencia y a los valores que me han inculcado. El resto es estupidez”.

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Sobre la firma

Jesús Ruiz Mantilla
Entró en EL PAÍS en 1992. Ha pasado por la Edición Internacional, El Espectador, Cultura y El País Semanal. Publica periódicamente entrevistas, reportajes, perfiles y análisis en las dos últimas secciones y en otras como Babelia, Televisión, Gente y Madrid. En su carrera literaria ha publicado ocho novelas, aparte de ensayos, teatro y poesía.

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