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Los ‘brexiters’ se equivocan de enemigo: es Rusia

La Guerra Fría continúa, pero al otro lado no está James Bond, sino Boris Johnson y Theresa May perdiendo el tiempo

Sean Connery en el papel de James Bond en 'Goldfinger' (1964).
Sean Connery en el papel de James Bond en 'Goldfinger' (1964).

Matar nunca es fácil, pero menos aún es hacerlo con un agente nervioso fabricado y desarrollado en la Unión Soviética en los setenta y utilizado supuestamente en territorio británico para liquidar a un antiguo espía desertor. En cine y literatura podría aderezar un buen guion de Ian Fleming o John le Carré de forma mucho más vistosa que un simple disparo en el cráneo en un callejón oscuro. Pero, en la realidad —porque esto es realidad— cuesta imaginar por qué los asesinos han preferido organizar el transporte de una sustancia prohibida (o reproducirla cerca), planear de aquella manera su emisión chapucera e ignorar los daños colaterales que pudieran causar. Cualquier tiro o puñalada habría sido infinitamente más fácil, pero habría perdido el impacto amenazador del hecho en sí. Y es que el mensaje de los asesinos está en la muerte por el agente nervioso Novichok, y no en la muerte en sí. Es de primero de thriller.

Dawn Sturgess, una mujer británica de 44 años, madre de tres hijos, murió el domingo por exposición al Novichok tras ser hospitalizada en estado crítico junto a su pareja, Charlie Rowley. Ambos fueron hallados inconscientes en una casa de Amesbury, a solo 13 kilómetros de Salisbury, la localidad donde hace cuatro meses fueron envenenados el exespía ruso Serguéi Skripal y su hija Yulia. La noche anterior habían estado allí. El Gobierno británico ha atribuido ambos ataques a Rusia, que lo niega, como negó el derribo de un avión procedente de Holanda sobre territorio ucranio en 2014. El equipo internacional de investigación concluyó cuatro años después que la lanzadera desde la que se disparó el misil salió de Rusia, adonde después regresó.

Rusia es, pues, ese gran país no solo capaz de organizar un Mundial, sino de derribar un avión con 298 ocupantes (según la citada Comisión Internacional de Investigación), de envenenar con Novichok a un antiguo espía asilado en Reino Unido desde 2010 (según la acusación del Gobierno británico) o de pasear su sombra letal sobre la muerte del exespía Litvinenko por polonio radiactivo o el asesinato de la periodista rusa Anna Politkóvskaya, ambos en 2006.

Litvinenko también era, al igual que Skripal, otro exagente ruso y también fue envenenado en Inglaterra, exactamente con una taza de té en un hotel de Londres. Murió tres semanas después. También en Londres murió Georgi Markov, periodista del servicio búlgaro de la BBC, después de sufrir un pinchazo con un paraguas envenenado con ricino en el puente de Waterloo. Aquello fue en 1978, en plena Guerra Fría, pero a juzgar por los nuevos sucesos podría haber sido hoy. Sin olvidar a Víktor Yúshchenko, el líder uraniano envenenado y desfigurado con TCDD, una dioxina tóxica, en 2004.

La guerra fría no ha acabado para Rusia. Pero esta vez no encuentra precisamente enfrente a Sean Connery en el papel de Bond, ni a Richard Burton en El espía que surgió del frío, ni a Tom Hanks al otro lado de El puente de los espías. Al otro lado están personajes como Boris Johnson y Theresa May haciendo esgrima sobre el mapa británico para imponer un Brexit malo o peor, mientras Rusia se frota las manos ante el espectáculo que otro amigo de la casa, Donald Trump, aplaude a rabiar. El guion de esta película acaba mal, porque esta vez se han equivocado de enemigo: no es Europa, amigos; es Rusia. Si nos hicieran caso.

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