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¿Longevidad? Sí, gracias, pero ¿en qué condiciones?

Si la vejez se vuelve decrépita y dolorosa, entonces debe existir la posibilidad de dimitir

El científico australiano David Goodall en rueda de prensa en Suiza el 9 de mayo.
El científico australiano David Goodall en rueda de prensa en Suiza el 9 de mayo. EFE

Mi calidad de vida se ha deteriorado. No soy feliz, quiero morirme”, declaró el científico australiano David Goodall el día que cumplió 104 años, el 4 de abril pasado. Unas semanas después emprendió el viaje a Suiza para que la asociación Exit Internacional, de la que era socio, le ayudara a suicidarse. “No es particularmente triste”, declaró. “Una persona mayor como yo debe poder beneficiarse de sus plenos derechos como ciudadano, incluido el derecho al suicidio asistido”. Goodall no era enfermo terminal ni estaba deprimido. Simplemente no quería asistir a la decrepitud de su cuerpo.

Apenas dos años antes, con 102, había pleiteado con la Universidad Edith Cowan, en la que había ejercido como botánico y ecologista y a la que seguía vinculado como profesor emérito, para que le dejara acudir a su despacho. Se sentía lo suficientemente joven y competente como para seguir trabajando. Mantener la ilusión es una de las claves de la longevidad activa. Y estar rodeado de gente, un factor de bienestar personal. Cuando su cuerpo le dijo basta por demasiado viejo, él también dijo basta a la vida.

Si nos preguntaran si queremos hacernos tan viejos como Goodall, seguramente diríamos “sí, gracias, pero ¿en qué condiciones”. Esa es la clave. Las sociedades avanzadas envejecen, la medicina permite ahora superar muchas enfermedades, incluido el cáncer, que hasta hace poco eran una sentencia de muerte prematura. Cada vez hay más centenarios. La esperanza de vida ha pasado de alrededor de 43 años a principios del siglo pasado, a más de ochenta a principios de este. Se estima que para cuando quienes nacen esta primavera cumplan 40 años, habrá en Europa más octogenarios que menores de 15 años.

Hemos de prepararnos, pues, para envejecer y hacerlo lo mejor posible. La ciencia y la medicina pueden ayudarnos y de hecho ya lo hacen. El objetivo no ha de ser tanto añadir años a la vida, como añadir salud a los años de longevidad que ganemos. El organismo humano nace con una fecha de caducidad. Variable, pero caducidad al fin: alrededor de 120 años. La persona más longeva de la que se tiene noticia vivió 122 y ahora mismo hay más de 150 supercentenarios registrados en el mundo, aunque no figuran todos los que hay. Tienen diferentes estilos de vida y diferente herencia genética, pero casi todos responden a un patrón: han tenido una vejez muy saludable. Quienes superan los ochenta sin enfermedades relevantes tienen muchas posibilidades de llegar a centenarios.

El helenista Pedro Olalla acaba de publicar un delicioso ensayo titulado De senectute política. Carta sin respuesta a Cicerón en el que defiende el buen envejecer. “Ser viejo ya no será lo mismo que ha sido hasta hace poco. Seremos jóvenes durante mucho tiempo. Viviremos en una sociedad insólita de jóvenes de todas las edades, con pocos niños, pero también con pocos ancianos decrépitos”. Hemos de romper, dice Olalla, la idea de que vejez es igual a decrepitud. No siempre lo es. “Aspiramos a que, como Georgias a los 107 años, podamos decir que no le reprochamos nada a la vejez”. Como decía el sabio Geleno, “no es viejo quien tiene muchos años sino quien tiene mermadas sus facultades”. Pero si la vejez se vuelve decrépita y dolorosa, entonces debe existir la posibilidad de dimitir, como dimitió Goodall tras una larga y cumplida vida.

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