Columna
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Los Goya y el Estado

Uno de los aspectos más notables de nuestra sociedad es el pluralismo lingüístico

La directora de 'Estiu 1993', Bruna Cusi, durante su discurso de agradecimiento por el Goya a mejor dirección novel.Susana Vera (Reuters). Vídeo: EPVundefined

A pesar del sopor, la gala de los Goya tuvo un aspecto tremendamente positivo, la naturalidad con la que el mundo del cine reflejó nuestra condición de país plurilingüe. En lo que se supone que era la fiesta del cine español, este apareció unido en la pluralidad de sus lenguas.

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Predominaron las películas en español, porque eso también expresa el dato sociológico de que es la lengua más hablada. Pero el hecho de que sobresalieran películas como Handia, en euskera, y Estiu 1993, en catalán, sirve para dar cuenta de la diversidad lingüística de lo que es de todos.

Se dirá que eso ya lo sabemos, que, por ejemplo, todas las páginas web oficiales pueden consultarse en todos estos idiomas. Desde luego, esto es así. Aunque, si se me permite la personificación, el Estado español habla siempre en castellano. El cultivo y la protección de las otras lenguas se traslada a las comunidades que las tienen como propias. Y hay un sector importante de nuestra población que mira con desdén y/o desconfianza a quienes las defienden o se expresan en ellas.

Si alguna vez las circunstancias nos permiten dar el inevitable giro federal, uno de los mayores desafíos consistirá en definir claramente cuáles son las competencias de la federación. No del “Estado” en su sentido amplio, porque este acoge tanto al Gobierno central como a las comunidades autónomas. Dichas competencias marcan el perímetro dentro del cual cada una desee organizar después su propia vida política. Lealtad hacia el centro y respeto a la diversidad de sus distintas unidades, ésa es la máxima.

Lo más difícil será, por tanto, esa definición de atribuciones exclusivas y los mecanismos a través de los cuales cada comunidad participa en la vida de todos. Justo lo que no conseguimos pergeñar en la Constitución del 78.

Aquí es donde considero que es ya ineludible abordar aspectos simbólicos que sepan trasladar a lo común los hechos diferenciales más relevantes. Y entre ellos, el más notable es el del pluralismo lingüístico. No es preciso llegar a la complejidad del caso suizo, pero el canadiense es bien expresivo de la idea de fondo. En este país un solo Estado federado habla en francés, pero el Estado federal lo reconoce como lengua propia en todas sus manifestaciones emblemáticas.

¿Alguno de nuestros actores políticos está pensando en algo así para anticiparse a lo inexorable? No, desde luego, dentro del nacionalismo catalán, donde el objetivo ha sido siempre más bien la creación de una sociedad distinta hasta que fuera factible la “desconexión”. Pero tampoco se aprecian movimientos en esta dirección por parte de los partidos nacionales. Lo inmediato, las luchas de poder, siguen prevaleciendo sobre los intereses generales. La sociedad más dinámica y abierta, como se ve por el ejemplo de los cineastas, ya lo tiene interiorizado. ¡Chapeau a los Goya!

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