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El PP contra las noticias falsas, ay

La guerra contra la desinformación es inviable sin autoridad moral

La ministra María Dolores de Cospedal interviene en los encuentros del diario La Razón.
La ministra María Dolores de Cospedal interviene en los encuentros del diario La Razón. EFE

Ahora Cospedal plantea unir a políticos y editores contra las fake news. ¿Pero realmente a la mujer del “Bárcenas en diferido” le preocupan las noticias falsas o solo algunas noticias falsas? Cierta clase política parece haberse caído del caballo sobre las noticias falsas con Cataluña y las campañas de desinformación procedentes de Rusia. Cospedal ha mencionado, y desde luego es inquietante, el titular de “Tanques en Cataluña. España y Cataluña al borde de un desenlace violento” en Russia Today, viralizado en la espiral de tensión independentista. Y es, sí, con permiso de Balzac, un asunto tenebroso. Pero la desinformación no solo viene del cuarto oscuro del KGB, en el 55 de la calle Savushkina, la granja de trolls donde se fabrica ciberbasura 24h/365 días. También por vías oficiales españolas. Los dosieres de la policía patriótica en el Gobierno Rajoy constituyen un escándalo mayúsculo.

No hay que relativizar las campañas de desinformación. La guerra de propaganda, la vieja guerra psicológica, se ha recrudecido en el siglo XXI. La desinformatsia ya ha contribuido al éxito de Trump o al desastre europeo del Brexit, que podría haberse multiplicado con la independencia de Cataluña; pero no se trata solo de eso. Además había miles de fake news locales. Un informe de la consultora Gartner prevé que en cinco años circulen más noticias falsas que verdaderas. Sí, es barato, es eficiente, y es peligroso. Por eso la credibilidad para enfrentar las noticias falsas pasa por admitir la dimensión real del problema. Si solo va a consistir, como con la corrupción, en atacar las mentiras del otro pero justificar las mentiras propias, todo esto va a quedar en fuegos de artificio.

Va de suyo que el procés ha fluido sobre un caudal de mentiras —desde las ficciones de la historia o el “derecho a decidir” a mentiras directas como los muertos de Rovira— pero Cospedal, al subirse al púlpito para anatematizar eso, debería tener memoria. A ver… Rajoy: “No recuerdo cuándo fue la última vez que hablé con Bárcenas” siete días después del SMS “Luis, lo entiendo. Sé fuerte. Mañana te llamaré. Un abrazo”; o Trillo: “Esto [caso Gürtel y Bárcenas] ha sido un montaje de la policía dirigida por Rubalcaba”; o la propia Cospedal: “La contabilidad del PP es única, transparente, limpia y ha sido sometida todos los años a la auditoría del Tribunal de Cuentas”. Tal vez le sugiera algo.

La guerra contra la desinformación es importante, pero inviable sin autoridad moral. Cospedal se queja del abuso de medios públicos apuntando a TV3, que ha sido y es “la fábrica del odio”. Pero ¿de verdad puede ser una referencia el Gobierno de la TVE más partidista desde los años ochenta que indigna a sus propios trabajadores? Más allá de la Telemadrid de Aguirre, la RTVA de Chaves o el Canal Nou de Zaplana, Cospedal logró que Castilla-La Mancha TV alcanzara cotas máximas de degradación.

Hay que apoyar la idea de unidad ante “la amenaza de la desinformación contra nuestra democracia”. Pero hay un problema cuando la convocatoria se hace por quienes son percibidos como una amenaza desinformativa contra nuestra democracia. Eso complica el desafío.

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