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Cena en Barcelona

Cataluña se nos ha ido de las manos porque ya no nos escuchamos ni tratamos de entendernos

independencia cataluña
Miquel Roca i Junyent y Manuel Fraga, durante el debate de la Comisión Constitucional del Congreso, el 9 de mayo de 1978.

La mayoría de los mejores Diálogos de Platón tienen lugar entre conocidos que aprovechan que están juntos en torno a una mesa para hacerse preguntas, escucharse unos a otros e intercambiar opiniones. No en vano, esta forma de comunicación dirigida al entendimiento mutuo ha recibido el expresivo nombre de “racionalidad dialógica”. Aunque aquí no se trata de tener razón, sino de sopesar argumentos, transmitir inquietudes y visibilizar las emociones que suscitan determinados temas. Las libaciones y el hecho de compartir unas tapas sin duda ayuda, como el mismo Platón no dejaba de subrayar.

La otra noche, después de volver de una cena en Barcelona, no pude evitar recordar al viejo filósofo, pero sobre todo el inmenso papel que este tipo de cenáculos habían tenido en el periodo de la Transición. Porque allí no sólo se discrepaba, conspiraba o urdían planes entre representantes de fuerzas políticas distintas; también se creaban complicidades y, lo que es más importante, esos vínculos de afecto sin los cuales es tan difícil acceder a acuerdos. Incluso llegué a pensar que lo de Cataluña se nos ha ido de las manos porque ya no cenamos juntos, no nos escuchamos ni tratamos de entendernos, no captamos la raíz que provocan las rupturas y el porqué está todo tan cargado de emocionalidad. Cada cual se afirma en sus posiciones y habla para los suyos. Más que de resolver el problema o de convencer al otro parece que lo que se trata es de “vencer”, a secas.

 Todo sea dicho, ninguno de los que allí estábamos representábamos las posiciones más extremas, aunque quizá tampoco hubiera importado. El contexto y la apertura a temas favorecían más el deseo de ser comprendidos que el de imponer la posición de cada cual. Porque, en el fondo hay algo que, lo queramos o no, nos une. Todos estamos ya destrozados por este conflicto sin resuello ni descanso. Compartimos el mal mayor y, por tanto, de forma más o menos consciente tratamos de minimizar los daños. Y, entre estos, el principal puede que sea la pérdida de los puentes de comunicación, la misma ausencia de un lenguaje común, la cerrazón en las propias tesis. O el quedarnos en una gestión del problema a partir exclusivamente de modelos jurídicos, sistemas de competencias, esta u otra articulación del Estado. La parte “fría”, siempre incapaz de resolver aquello de lo que en el fondo se trata, el reconocimiento sentido de la diferencia del otro.

Sólo sé que volví de Barcelona menos preocupado que cuando llegué, la cena había tenido un efecto terapéutico. Y vislumbré todo un campo sobre el que deberíamos trabajar, la traslación de ese reconocimiento a, por ejemplo, otra consideración de las lenguas peninsulares, ese rasgo de identidad diferenciada que no encuentra el suficiente acomodo como parte del Estado. Necesitamos un cambio de paradigma: el problema no es sólo Cataluña, es una determinada visión de España.

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