Contra la cárcel
Está desarbolado por el momento el aparato del golpe parlamentario alojado en la Generalitat
Nada hay más zahiriente, ni siquiera las traiciones secesionistas, que unos fachas gritando en una manifa Puigdemont a prisión, o ídem al paredón.Y nada más inquietante que Cristina Cifuentes o Pablo Casado coincidieran en ese cortejo.
Ya advirtió Pepe Borrell, con valentía, en la primera gran demostración antisegregadora de Barcelona, que la democracia no es un circo romano donde la masa dicta sentencias.
Esa es tarea de los jueces. Y esta semana les sobrará trabajo. Sean cuales sean los presuntos delitos por los que vayan a procesar a los dirigentes secesionistas, a todos nos conviene que afinen bien en las medidas cautelares.
Está desarbolado por el momento el aparato del golpe parlamentario alojado en la Generalitat. Pero atención, la operación desestabilizadora alberga una única esperanza para recuperar terreno: que una represión mal aquilatada genere una abrumadora reacción ciudadana en su favor. Por desgracia, la historia reciente ha colmado de razones ese cálculo.
Es poco dudoso que haya motivos para investigar a los dos Jordis por la semiasonada en la Conselleria de Economía, el 20-S. Pero el tiempo transcurrido avala la tesis aquí sostenida de que habría sido socialmente mejor imponer fianzas que prisión: el personal se habría dedicado a organizar colectas más que a ocupar calles.
Además, la juez podrá pronto mejorar su enfoque jurídico, en este sentido, al comprobar que ambos no escaparían a la justicia, no podrán ya destruir pruebas y no generarán más reincidencia delictiva de la que ya puedan haber protagonizado sus sucesores, las tres causas que justificarían privaciones cautelares de libertad. Acrediten a fondo los inculpados que no incurrirán en la última —en este y otros casos—, porque es la que llevan más floja.
La juez sabrá, pero lo que decida a todos nos concierne. Como lo que proponga el fiscal contra los siguientes reos: no dirime pero baliza. A diferencia de la cárcel, la fianza monetaria no subleva, no enaltece, no induce a confundir delito con opinión.
Y, sobre todo, constituye paradigma, aviso y símbolo de que saltarse la ley no es gratis.
Que la justicia no contribuya al retorno del desorden.
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