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COLUMNA

‘En Francoland’, Muñoz Molina y el Instituto Cervantes

Manifestación en Barcelona el 12 de octubre.
Manifestación en Barcelona el 12 de octubre. EFE

En Francoland, su muy emocionante, y brillante artículo en Babelia, Antonio Muñoz Molina acaba de señalar una de las conversaciones más incómodas que la intransigencia catalana (de la Cup y sus mariachis españoles y extranjeros) ha impuesto a los españoles por el mundo. La falacia perfectamente desmontable de que España es una dictadura. Y, además, una dictadura franquista.

Es curioso que esa estupidez que sólo podría ser contada a niños (y de hecho, se cuenta a niños, en Cataluña) con posibilidades de éxito, prospere en medios de comunicación, en scholars de importancia y buena información, y se instale como se instalan los lugares comunes: a base de repetir, como quería Goebbels, una mentira.

España no es una dictadura, lo explica muy bien Muñoz Molina en su rabiosamente melancólico artículo; España es una democracia que, por ejemplo, le podría dar lecciones a la mayoría de los países europeos y también a los Estados Unidos, donde estoy ahora; y podría dar lecciones también a países latinoamericanos y de otras latitudes que son estimados como ejemplares por quienes ahora arremeten, en las redes, contra la apelación a la razón lanzada por el muy bien informado gran escritor que es Muñoz Molina.

Pero no ha interesado hacer valer esa realidad democrática, antiautoritaria, que se ha ido imponiendo entre nosotros; y a cambio se ha impuesto la idea de que en España se tortura, se maltrata, se encarcela… Hay un diputado notorio, al que le ha respondido un antiguo compañero en la militancia, el líder de Podemos, que ha dicho con la desfachatez con la que lo dice todo que en las cárceles hay presos políticos. Y no sucede nada, ni siquiera su partido lo llama al orden, porque él es el orden en su partido.

Da rabia si no produjera melancolía. En mucho tiene la culpa el Estado español, que, por ejemplo, no dispone de la televisión pública para reflejar en España y en el exterior la diversidad de la cultura española, esa potencia diversa, y compleja, que es hoy la conjunción de lenguas y culturas avaladas como propias de cada región en la que hay idiomas diferentes al español por una Constitución que en su día votaron comunistas, socialistas, nacionalistas y reticentes.

Reclamo respeto para un país vilipendiado en el mundo por razones ahora electorales o por intereses que procuran la independencia de una parte

Y la televisión pública no es el único desperdicio: el Instituto Cervantes, que señala con exactitud Muñoz Molina en su artículo, es una joya desperdiciada, que hace más de lo que puede con la miseria económica a la que lo someten los presupuestos generales del Estado, y que podría ser una alerta internacional sobre lo mejor que tiene España, incluyendo la apertura que supone dar cabida en esos centros a aquellos que opinan distinto, y que incluso opinan que en España funciona, como en los cuarenta, cincuenta y sesenta de nuestro siglo, una autoridad militar, por supuesto. Una autoridad militar que ante manifestantes y dicterios callejeros acepta que se le diga que, en efecto, esta es una dictadura. En Turquía, por ejemplo, y lo podrá haber comprobado Nicolás Maduro, eso no es posible; en Turquía no es posible decir en la calle que aquello es una dictadura, porque lo es. España no es una dictadura, dígalo Rufián (que ha salido rápido al quite de En Francoland a mentir) o su porquero.

España tiene mucho que hacer para romper en el exterior ese lugar común azuzado ahora por los desaprensivos que quieren hacer daño a este país para mostrarlo como lo que no es; lejos de mí el marchamo de las banderas y las patrias; reclamo respeto para un país vilipendiado en el mundo por razones ahora electorales o por intereses que procuran la independencia de una parte importantísima de Europa, Cataluña, que vive hablando su idioma, igual que durante décadas y siglos ha sido centro importantísimo de la cultura editorial en español.

Que no nos confundan con mentiras; que no confundan al mundo con mentiras, y que se usen los instrumentos adecuados, la acción exterior española, cuanto más plural mejor, los medios estatales, cuando más plurales mejor. Aquí habría que decir, y Muñoz Molina lo dice con la delicadeza con la que construye metáforas, basta ya. Basta ya. España no es una dictadura, aunque es probable que los que lo dicen no sepan de veras qué demonios es una dictadura, o si lo saben se están haciendo los despistados para propiciar la suya propia.

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