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Un iceberg como 10 veces Madrid

El calentamiento y el incremento de CO2 condujeron al gigantismo en el Cretácico; será interesante ver si nuestras emisiones reproducen el efecto, como indica una enorme grieta en la Antártida

Un detalle de la gigantesca grieta abierta en la barrera de hielo Larsen C.
Un detalle de la gigantesca grieta abierta en la barrera de hielo Larsen C.

Pese a su (justificada) mala fama en la actualidad, los incrementos de temperatura y concentración atmosférica de CO2 han sido un importante motor de la evolución en el pasado del planeta. En los albores del Cretácico (hace 125 millones de años), el incremento del dióxido de carbono (CO2), de la temperatura y de la humedad generó monstruos como el Clint Eastwood de los dinosaurios, Europatitan eastwoodi, descubierto en tierras castellanas y cuya envergadura alcanza magnitudes tan extravagantes que no hay museo en Burgos capaz de albergarlo para solaz, esparcimiento y crianza del público. Con sus 27 metros de longitud y sus 35 toneladas en vida, aquello no hay forma de que encaje en parte alguna del presente burgalés. Cosas del pasado remoto, ¿no es cierto?

"La parte racional de la población mundial solo puede pegarse como una lapa a la mejor ciencia disponible"

Pues no está tan claro que sea cierto. Aumentar la temperatura y la concentración atmosférica de CO2 es justo nuestra dedicación actual. Tal vez en parte por el ciclo geológico, como ocurrió en el Cretácico, pero sin duda en gran parte por nuestro consumo energético, según concluyen los mejores climatólogos del planeta. Los químicos saben que la temperatura incrementa la eficacia de las reacciones en que se basa la vida; hasta un límite en que las enzimas (los catalizadores biológicos) empiezan a desnaturalizarse por el exceso de ruido térmico. Los geólogos y los bioquímicos, por otro lado, saben que el CO2 es la materia prima con que construyen sus cuerpos las bacterias fotosintéticas y las plantas, que se alimentan de la luz solar. Eso indujo en el Cretácico el gigantismo de las plantas, y también el de los dinosaurios veganos que se las comían. Toda esa biología que ahora ni cabe en un museo fue consecuencia de los mismos procesos que estimula ahora nuestro tubo de escape.

Nadie ha detectado hasta ahora una tendencia evolutiva al gigantismo de las especies actuales. Hay otros efectos probables del cambio climático, sin embargo, que saltan a la vista, como la grieta pantagruélica que amenaza con desgajar del sur de la Antártida un iceberg del tamaño de 10 ciudades como Madrid. Los polos son lugares favoritos de los científicos que estudian los efectos del calentamiento. Y esta grieta de la barrera Larsen C, de 200 kilómetros de longitud y a solo 5 de consumar su llegada al mar, es una imagen elocuente. No hay una demostración a prueba de agua de que la grieta sea un producto de la actividad humana. Descartar esa hipótesis, sin embargo, sería un signo de negligencia.

En mitad del huracán que emerge vía Twitter del ala oeste de la Casa Blanca, la parte racional de la población mundial solo puede pegarse como una lapa a la mejor ciencia disponible. Tal vez el nuevo gigantismo haya comenzado ya en Washington. Los pequeños debemos resistir.

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