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Cómo reciclar un fármaco de hace un siglo contra las enfermedades más letales

Un investigador de la malaria y la mayor productora de heparina del mundo se asocian para reciclar un medicamento con un nuevo objetivo

Los tratamientos contra la malaria crean resistencias con el tiempo
Los tratamientos contra la malaria crean resistencias con el tiempo

Hace cien años, en la Universidad Johns Hopkins, en EEUU, se descubrió una molécula básica para la medicina. La heparina, que entonces aislaron Jay McLean y William Howell en las células del hígado de los perros, se emplea principalmente como anticoagulante en todo tipo de tratamientos médicos, desde el infarto de miocardio a la prevención de trombos después de una operación de rodilla. Hoy, la Organización Mundial de la Salud la tiene en sus listas de medicamentos esenciales y se estima que salva la vida de decenas de millones de personas todos los años.

Un siglo después, el potencial de la heparina para sus usos habituales sigue vigente, pero algunos científicos están buscando nuevos usos para este arma. Xavier Fernández Busquets, investigador del Instituto de Salud Global de Barcelona y del Instituto de Bioingeniería de Catalunya, contaba esta semana en el encuentro internacional de biotecnología Biospain 2016, celebrado en Bilbao, cómo está empleando esta medicina para luchar contra la malaria, una de las enfermedades más mortíferas del planeta.

Los humanos llevamos miles de años conviviendo con Plasmodium, la familia de parásitos que provoca la enfermedad y desde hace unas décadas, el desarrollo de la medicina había generado esperanzas de victoria en una guerra que mata a más de medio millón de personas al año. Sin embargo, este patógeno ha demostrado una capacidad de adaptación desesperante. Como sucede con las bacterias, que responden a la presión de los antibióticos creando resistencias que les permiten sobrevivir, los microbios culpables de la malaria también han respondido con eficacia ante el ataque farmacológico con que los humanos pretendían derrotarlos. “Incluso frente a antipalúdicos muy prometedores, como la artemisina, se han empezado a ver resistencias una década después de su uso”, apunta Fernández Busquets.

Se intenta matar a los parásitos de la malaria dentro de los humanos y de los mosquitos que los transmiten

Los enfermos de malaria, además de su enfermedad, sufren un agravante: son pobres. En la lucha contra el cáncer, letal en los países ricos, los recursos son abundantes si el tratamiento es prometedor. Contra la malaria, según afirma el investigador, los tratamientos, además de eficaces, tienen que ser baratos. El año pasado, solo en EEUU se dedicaron más de 5000 millones de dólares a lucha contra el cáncer. A nivel global, el dinero contra la malaria ronda los 2.500 millones. Esto hace que resulte impensable desarrollar nuevos antimaláricos continuamente como respuesta a la aparición de nuevas resistencias y que los científicos que buscan soluciones eficaces necesiten pensar en la forma de hacerlas duraderas.

Para lograrlo, el equipo de Fernández Busquets está empleando la nanotecnología. Con ella pretende crear una especie de proyectiles teledirigidos que enfoquen mejor el daño de los fármacos que se crean contra la malaria y minimicen las posibilidades de que los parásitos salgan fortalecidos si sobreviven a uno de estos ataques. Con los medicamentos convencionales, hay que medir las dosis que se dan al paciente para que sean lo bastante grandes como para que maten a los Plasmodium, pero no hagan demasiado daño al enfermo. Con fármacos nanotecnológicos, que emplean sistemas de encapsulamiento capaces de concentrar el ataque en las células de la sangre infectadas por el parásito dejando en paz a las sanas, es posible emplear dosis locales muy superiores.

Es aquí donde Fernández Busquets se planteó el uso de la heparina y se puso en contacto con Bioibérica, una compañía biotecnológica con sede en Barcelona que la cosecha de los estómagos de 150 millones de cerdos en todo el mundo. La empresa, que es la principal productora de esta molécula en el planeta, estaba buscando formas de diversificar los usos de su producto estrella, y la lucha contra la malaria le iba a ofrecer varias posibilidades.

Se sabe desde 1968 que la heparina tiene actividad contra la malaria, pero no se había podido utilizar porque al ser anticoagulante no es posible inyectarla en cantidades terapéuticas sin poner en peligro al paciente. Aplicada a partir del nanofármaco, en el que la heparina hace la labor del anticuerpo como sistema para teledirigir el efecto de la medicina, se reduce mucho el efecto anticoagulante. Además, pese a que el propio organismo humano segrega de manera natural la heparina y por lo tanto, Plasmodium está ocasionalmente en contacto con ella, no se ha observado la aparición de resistencias.

Como el parásito de la malaria ha demostrado ser muy escurridizo, Fernández Busquets no se ha ceñido a atacarlo en la fase en que ocupan el cuerpo humano. Estos microorganismos también tienen parte de su ciclo vital en los cuerpos de los mosquitos que transmiten la enfermedad. “Una de las pegas que tenemos a la hora de administrar el fármaco a humanos es que, aunque sea barato, la necesidad de quince o veinte años de ensayos clínicos hace que acabe siendo un producto caro”, apunta el investigador. “En las fases del parásito en el mosquito, tenemos además muchas menos células infectadas”, continúa. “Aunque hay trillones de mosquitos, los ensayos clínicos para hacer un tratamiento para los insectos no serían tan grandes, solo harían falta pruebas toxicológicas y medioambientales y eso abarataría el proceso”, plantea.

“Hemos probado nuestros polímeros en mosquitos del delta del Ebro y hemos visto que la molécula se queda en los lugares en los que se acumula el parásito cuando va a picar, como las glándulas salivares”, afirma. Para aplicar los nanovectores a grandes cantidades de mosquitos infectados, Fernández Busquets plantea colocar recipientes con la medicina en los hogares de regiones donde está presente la enfermedad. Aquí, también, Bioibérica plantea una posible colaboración. Uno de los productos secundarios de la heparina es un líquido muy atrayente para las moscas que podrían emplear para hacer llegar el antimalárico al mayor número posible de mosquitos.

Actualmente, el trabajo se encuentra en su fase de ensayos in vitro, aunque ya se ha observado que moléculas similares a la heparina derivadas de organismos marinos son capaces de curar la malaria a ratones enfermos. Después de estos resultados preliminares, comenzarán a realizar ensayos con mosquitos infectados.

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