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LA CIENCIA DE LA SEMANA

El asteroide que cambió el mundo

Arranca en México una gran investigación sobre el cráter de Chicxulub, la huella de 180 kilómetros dejada por el impacto que barrió a los dinosaurios de la faz de la Tierra

zona de la península del Yucatán donde impactó el meteorito que pudo acabar con los dinosaurios desde el satélite Landsat. Ampliar foto
zona de la península del Yucatán donde impactó el meteorito que pudo acabar con los dinosaurios desde el satélite Landsat.

Los paleontólogos las llaman the big five, las cinco extinciones masivas de la historia de la vida animal sobre la Tierra, y la que barrió a los dinosaurios del planeta ni siquiera es la peor de ellas: una mera medalla de bronce en la antología universal de la destrucción. Pero no cabe duda de que la gran extinción que marcó el fin del cretácico y el inicio de la era terciaria, hace 66 millones de años, es la que más ha maravillado a los geólogos de los últimos dos siglos, y la que ejerce un embrujo más magnético sobre toda persona curiosa, incluidos algunos adultos de nuestro tiempo. Para colmo, el sospechoso número uno de aquella catástrofe es lo más parecido a un mensajero del cielo que permite nuestro conocimiento escéptico: un asteroide de los gordos que dejó un cráter de 90 kilómetros de radio en la costa mexicana. Lee en Materia el nuevo proyecto de 10 millones de dólares para analizar lo que hay debajo de él, la memoria estratigráfica del impacto que cambió el mundo.

Los evolucionistas antiguos heredaron de Darwin una fuerte alergia por las brusquedades históricas. La cosmogonía que debían derribar Darwin, Huxley o Haeckel era un verdadero catálogo de creaciones instantáneas, catástrofes planetarias y diluvios universales, que al fin y al cabo son lo que uno esperaría de la bondad de un Dios o –más a menudo— de la falta de ella. Los saltos bruscos que revelaban los estratos geológicos eran muy bien conocidos en tiempos pre-evolutivos, en particular los que reflejaban las cinco extinciones masivas, the big five, pero Darwin prefirió atribuirlos a la extrema imperfección del registro fósil, y esa excusa perduró durante un siglo como una especie de mantra.

Hoy sabemos que el registro fósil no es tan imperfecto –ha llegado a revelar las bacterias más antiguas, de hace 3.500 millones de años—, y que los grandes saltos que revelan los estratos reflejan unas extinciones que fueron en verdad bruscas, al menos en la escala de los geólogos. Con todo lo exagerado que pueda parecer, hablar del exterminio de los dinosaurios es en realidad un timorato eufemismo. El cuerpo celeste responsable, ayudado o no por una orgía de actividad volcánica más o menos coetánea, exterminó también al 87% de la flora y fauna del plancton, a los ammonites, belemnites y toda su familia, a cuatro quintos de los géneros de corales, a la mitad de los bivalvos y a todos los reptiles menos las tortugas, los lagartos, los cocodrilos y las serpientes, lo que explica buena parte del mundo en que vivimos hoy.

Oh, y también los mamíferos salimos bien parados, lo que explica la otra parte.

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