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Las indígenas que lucharon por el agua en Xesampual

El deseo de contar con un grifo, llevó a un grupo de mujeres a liderar la puesta en marcha de un sistema de bombeo hasta los domicilios instalado con apoyo de la cooperación española

María Isabel Can, de 37 años, es miembro de la Comisión de Agua para controlar el consumo de los hogares gracias a un nuevo sistema de bombeo. Ver fotogalería
María Isabel Can, de 37 años, es miembro de la Comisión de Agua para controlar el consumo de los hogares gracias a un nuevo sistema de bombeo.

La jornada de María Isabel comienza en una vivienda de adobe a medio derruir ubicada en lo alto de un terreno montañoso en Xesampual, un paraje del sur de Guatemala. Aquí, junto a Magdalena y José Antonio, quienes la acompañan en la faena, destapa una cubierta de cemento para encontrar el medidor de agua de su vecina. En K’iché, la lengua Maya que hablan en su comunidad, le dice a la mujer de cabello trenzado que deberá pagar 10 quetzales el próximo sábado en la biblioteca comunal. Luego se cubre del sol con un abrigo de tejidos morados y avanza a la siguiente casa por un camino flanqueado de matorrales espinosos y sembradíos de maíz. Todavía le quedan 18 medidores más por buscar.

En Xesampual, el acceso al agua ha sido un problema ancestral, pero desde poco más de tres meses estrenaron un sistema de agua potable que les permite contar con un grifo en su vivienda. Para operar y administrar el servicio, se creó la Comisión de Agua y Saneamiento, de la cual forman parte María Isabel y sus dos vecinos. Una de sus funciones es llevar un registro del consumo de cada hogar y, por eso, esta mañana han emprendido la jornada que les han encomendado. Esta es la segunda vez que revisan los medidores de los vecinos.

La comisión está compuesta por 12 integrantes, ocho son mujeres. En este lugar perteneciente al municipio de Santa Lucía Utatlán, en el departamento de Sololá (al sur de Guatemala), las mujeres participan cada vez más en las actividades comunales. Poco a poco se empoderan, luchando contra un pasado en el que eran relegadas de la toma de decisiones y tenían encomendadas exclusivamente las labores del hogar y el cuidado de los hijos.

María Isabel Can es un buen ejemplo del papel relevante de la mujer en Xesampual. Esta indígena de 37 años es vocal de la Comisión de Agua desde hace un año y medio, y es presidenta de una iglesia evangélica adonde acude frecuentemente a orar. Antes de participar en el proyecto, era integrante de otros comités vecinales. Cuenta que desde hace 10 años, las mujeres comenzaron a tener un cometido más protagonista porque muchos hombres empezaron a migrar y los que se quedaban se interesaban poco en participar en las reuniones. “Ahora ya le están dando derecho a la mujer, la toman en cuenta, antes no”, dice.

El esposo de María Isabel se fue de indocumentado a Estados Unidos hace cinco años porque la remuneración que recibía como jornalero no alcanzaba para los gastos familiares. Esto obligó a María Isabel a hacerse cargo de su hogar y llevar la educación de sus hijos. Aunque su marido le envía dinero para su manutención, ella trabaja haciendo costuras y tiene una tienda en la parte delantera de su casa, donde vende golosinas, refrescos, maíz, frijol, y hasta collares elaborados por ella misma.

Unos tres millones de habitantes, mayoritariamente del área rural, no tienen acceso al agua potable

Las tareas que antes hacía su esposo las ha asumido ella. Por ejemplo, todos los días por la mañana debe tapiscar, es decir, recolectar el maíz cortando las mazorcas de la planta para garantizar el alimento en la temporada de sequía. Es la jefa de su hogar, de ella dependen sus dos hijos, su mamá y una sobrina. “No es fácil llevar la casa sola, yo velo por todo, y en la siembra a una le afecta porque no está acostumbrada al oficio, no es igual a como trabaja un hombre”, afirma resignada.

Ella no es la única que tiene su esposo en Estados Unidos. En este paraje y en los otros 15 del municipio de Santa Lucía Utatlán, es común que los hombres migren a otras ciudades de Guatemala o Norteamérica orillados por el desempleo y la desigualdad en la distribución de la tierra. Según datos de la municipalidad, tres de cada cinco habitantes en Xesampual son mujeres.

Las matronas que deben comandar solas sus hogares o los hombres que deciden quedarse a labrar su pedazo de tierra no tienen un panorama fácil. La vida para los 1.200 habitantes de Xesampual es complicada. Sólo hay una escuela, y si los niños quieren continuar con sus estudios deben viajar a la cabecera municipal o departamental, tampoco hay una clínica de salud ni una ambulancia en caso de que ocurra alguna emergencia. No tienen policías ni patrullas. Los vecinos se han organizado entre ellos para montar guardias de seguridad y han optado por cerrar los accesos a la comunidad desde las 6.00 de la tarde.

Un nuevo proyecto de agua

La última vez que María Isabel fue al pozo a por agua fue en enero de 2015. En ese entonces, en Xesampual, se contaba con un sistema de distribución tan antiguo que en las temporadas de verano el chorro se quedaba seco durante cuatro o seis meses, y los habitantes debían ir al río o a pozos para almacenarla en cubetas. En la época de invierno, aprovechaban la lluvia.

Los residentes de este paraje no son los únicos con problemas de acceso al agua en Guatemala. Unos tres millones de habitantes, mayoritariamente del área rural, no tienen acceso al agua potable. Datos del Ministerio de Salud indican que entre el 80 y 90% del agua dulce no es apta para consumo humano. Además, Guatemala no cuenta con una ley de aguas.

En Xesampual la labor de acarrear el agua le corresponde a la mujer. María Isabel cuenta que en las temporadas de sequía debía ir hasta cuatro veces al riachuelo de lunes a viernes para traer 20 tinajas repletas de líquido que debía cargar en su cabeza. “Si uno tiene animales, hay que traer el doble”, explica.

A las mujeres no les gustaba ir a por agua porque debían atravesar un pequeño bosque para llegar al río. Ahí se exponían a ser atacadas por algún animal o a toparse con borrachos que quisieran hacerles daño. “Siempre nos íbamos dos mujeres o llevábamos a nuestros hijos porque nos daban miedo las culebras. Unos años antes llegaban gentes malas, había abusos para las mujeres, así de sexo. Una vez intentaron abusar de una patoja [niña] de 12 años. Por eso, una tenía que prevenir”.

La falta de agua complicaba las medidas básicas de higiene y esto ocasionaba problemas de salud. Al menos ocho de cada 10 familias contaban con letrina de hoyo seco que no cumplía las normas sanitarias. No había un sistema que captara e infiltrara el agua residual, por lo que se descargaba en la tierra. Los habitantes que no tenían una letrina, defecaban a cielo abierto y esto provocaba enfermedades gastrointestinales, principalmente en los niños y ancianos.

María Isabel relata que frecuentemente sus hijos se enfermaban del estómago y como en su comunidad no hay una clínica médica debía trasladarse hasta Sololá en busca de un doctor. Esto implicaba un gasto no previsto en medicamentos. “Ahora el agua es más pura porque viene de un nacimiento protegido, en cambio, en el pozo le caía basura y no estaba clorada”, asegura.

A las familias numerosas se les duplicaba el problema. Magdalena Saquic tiene ocho hijos y cuatro nietos que viven en su casa. Esta mujer de modos apacibles cuenta que no podía bañar a sus hijos frecuentemente porque el agua apenas les alcanzaba para beber y preparar alimentos. Cuando había que lavar ropa pasaba toda la mañana en el río. “Ahora estoy muy contenta con el chorro aquí”, dice mientras ayuda a su hija a lavar unos trastos en una inmensa pileta de cemento con dos tinas repletas de vasos y platos.

Los habitantes que no tenían una letrina, defecaban a cielo abierto y esto provocaba enfermedades gastrointestinales, principalmente en niños y ancianos

Su amiga Candelaria también fue una de las principales promotoras del proyecto. Ella es vicepresidenta de la Comisión de Agua y recuerda que tardaron 10 años gestionando un nuevo servicio para Xeseampual hasta que por fin lo lograron. “Nosotras decidimos dar la batalla porque el agua es lo más importante en la vida, es nuestra salud y sin agua no se hace nada”, exclama con una sonrisa que invade su rostro redondo.

El deseo de contar con agua permanente en su domicilio llevó a estas mujeres a tener una mayor participación en las actividades del Consejo Comunitario de Desarrollo, la máxima autoridad de Xesampual. Cuando tuvieron conocimiento del proyecto se propusieron como integrantes del comité y en una asamblea fueron elegidas con el voto de sus vecinos. Pronto organizaron a los beneficiarios para que prestaran su mano de obra en la construcción de la pila y supervisaron las obras.

El nuevo proyecto de agua potable —cofinanciado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y la mancomunidad Tzolojya (Manctzolojya) del departamento de Sololá— consistió en instalar un sistema por bombeo accionado por medio de energía eléctrica y que se distribuye a las viviendas a través de conexiones prediales, donde se instalaron medidores de caudales. Para mejorar el saneamiento básico del paraje se construyeron letrinas de hoyo seco ventiladas y pozos de absorción para infiltrar las aguas residuales.

Estas mujeres lograron su objetivo y desde hace tres meses tienen una conexión domiciliaria en casa. Ahora su función dentro de la comisión de agua velar porque los habitantes hagan buen uso del líquido. Además, hace un mes instalaron bocinas en una casa y con música hicieron un llamado a sus vecinos para que se acercaran a pagar los 10 quetzales. “Fue como una fiesta”, cuenta Magdalena.

María Isabel asegura que hace unas semanas limpiaron el tanque donde se almacena el líquido. “Me siento contenta de estar en el comité porque estamos trabajando por la comunidad, por el futuro de nuestros hijos”, exclama con orgullo.

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