Jureles contra el hambre

Un proyecto de la AECID contribuye a luchar contra la inseguridad alimentaria llevando el pescado en condiciones seguras hasta la población más vulnerable del interior de Mauritania

Así es la vida de quienes se benefician del programa de ayuda alimentaria. Gabriel Pecot

Aún no ha salido ni el sol y Selma Mint Bilal ya está levantada. Se despereza, comprueba que todo está en orden en su casa del barrio de Toujounine, en Nuakchot, la capital mauritana, y se dirige a comprar el pescado con el que alimentará hoy a su familia. Las calles están desiertas y Selma camina en silencio. “Antes comíamos pescado de vez en cuando, algunas sardinas, pero eran muy caras, así que no nos lo podíamos permitir sino en raras ocasiones; ahora que lo comemos más a mis hijos les encanta”, asegura. Cuando llega, ya hay tres o cuatro mujeres haciendo cola. Ninguna se quiere quedar sin su ración de hasta dos kilos diarios. El pescado, un recurso abundante en este país, va ganando adeptos entre los mauritanos gracias a un proyecto financiado por la Agencia Española de Cooperación (AECID) que lo pone a disposición de los más necesitados, a un precio muy asequible y en lugares muy alejados del interior del país.

Mauritania es un país muy pobre con enormes problemas de malnutrición especialmente en el sur y en el interior, pero también en los barrios humildes de Nuakchot. Hasta ahora, la disponibilidad de pescado ha sido escasa debido al alto coste de su transporte y almacenamiento, hace falta frío en todo el proceso y eso cuesta dinero, lo que hacía que su precio fuera demasiado elevado para los sectores más pobres de la población, precisamente quienes sufren más el déficit alimentario. Sin embargo, cuando la Cooperación Española decidió apoyar esta idea, en la cara de muchos asomó una sonrisa burlona. “Pero si a los mauritanos no les gusta el pescado”, decían entre dientes. La iniciativa comenzó en 2012 y se enfrentó a enormes dificultades en los primeros momentos. El proyecto se ralentizó, parecía abocado al fracaso. Sin embargo, poco a poco, las cosas fueron cambiando y en la actualidad, los jureles procedentes de las ricas aguas mauritanas y desembarcados en el puerto de Nuadibú llegan hasta Nuakchot y el interior del país gracias a un sistema de transporte y cámaras de frío.

Escucha el reportaje de Nicolás Castellano sobre este proyecto en el programa Punto de Fuga, de la Cadena Ser.

La idea no es nueva, de hecho los mauritanos llevan años tratando de extender el consumo de pescado a todo su territorio. Sin embargo, algunas irregularidades y la falta de un sistema de reparto y almacenamiento adecuados limitaban la iniciativa a tres regiones, la propia Nuadibú, Nuakchot y Kiffa. “Fue en 2011 cuando el Ministerio de Pesca y la Cooperación Española decidieron trabajar juntos”, explica Moctar Ould Ahmed Ould Bouceif, director general de la Sociedad Nacional de Distribución de Pescado (SNDP). La AECID se comprometió a invertir cinco millones de euros en cuatro años con el objetivo de poner en marcha una red eficaz de distribución y constituir una sociedad pública independiente, la propia SNDP, para la gestión, promoción y reparto. La idea es que el pescado llegue a la población más vulnerable.

Una de las grandes ventajas de este proyecto es que la materia prima sale gratis: o bien procede del 2% del total de las capturas que las flotas pesqueras europeas, chinas o de países del Este están obligadas a entregar al Gobierno mauritano, o bien de los decomisos de pescado capturado de forma ilegal. Del mar directos a Nuadibú. Una vez en puerto, los jureles o sardinelas son guardados en unos frigoríficos privados con capacidad para hasta 3.100 toneladas (la SNDP prevé contar con una propia de 450 toneladas), desde donde cada día salen en camiones para otras cámaras frías repartidas por el país. En este momento se está construyendo una en Nuakchot (450 toneladas) y ya fueron inauguradas tres en Kiffa (100 toneladas), Tidjija y Nema (ambas de 40 toneladas), todo ello con financiación española.

ver fotogalería
Mauritania es un país muy pobre con enormes problemas de malnutrición especialmente en el sur.

El incremento en el número de cámaras frías y la compra de camiones frigoríficos ha permitido pasar de 19 a 36 toneladas diarias repartidas, prácticamente el doble, que llegan hasta los puntos de distribución o pescaderías, espacios cedidos por el Ayuntamiento, a bordo de unos triciclos mejor adaptados para circular por la ciudad y que pueden transportar hasta 500 kilogramos. “Antes el pescado llegaba de manera esporádica, no había canales de distribución fijos, no existían las pescaderías en los barrios y sólo se podía comprar en los mercados de cada ciudad a precios que podían estar en torno a las 400 ó 500 ouguiyas (aproximadamente un euro y medio)”, asegura Yapci Blanco, coordinador del proyecto en Mauritania.

En El Mina, uno de los barrios más pobres de la capital mauritana, Mina Mint Boubo, de sólo 25 años, carga en la espalda al último de sus siete hijos. “Claro que comemos carne, pero no podemos pagarla sino en raras ocasiones”, dice. Su marido es albañil y sólo trabaja unos pocos días al mes, cuando le sale algo, mientras ella se ocupa de cuidar a los pequeños. A su lado, Hadjiatou Djibril, 30 años, cinco hijos, espera también a que se abra la pescadería. “Lo preparo frito con arroz. Los fines de semana, cuando no hay reparto, lo echamos de menos”, asegura. Es temprano, pero una veintena de mujeres y algún hombre se arremolinan ya en torno a la puerta. La llegada de Hadjiatou Mint Barke, la pescadera, es recibida con alivio. “En toda esta zona la gente es muy pobre, los hombres trabajan en lo que pueden y las mujeres intentan completar los ingresos vendiendo por la calle”, asegura. Ella misma pertenece a la comunidad y el proyecto le ha permitido encontrar un trabajo estable.

Una de las grandes ventajas de este programa es que la materia prima sale gratis

Sólo en Nuakchot existen 53 pescaderías como esta mientras que en todo el país hay 131 puntos de distribución. En lugares alejados como Aleg o Rosso se han plantado contenedores equipados para mantener la cadena de frío, una especie de centros logísticos provisionales. “Soy mauritano y estoy muy sorprendido”, asegura el director de la SNDP, “nunca pude imaginar que habría una demanda como esta de pescado, de hecho no llegamos a todo el mundo que quiere comprar”. La clave de esta pasión está, sin lugar a dudas, en el bajo precio. Si hace un año había que pagar unas 400 ouguiyas por el kilo (1,20 euros) ahora el precio es de solo 50 ouguiyas (es decir, unos 15 céntimos, la mitad de lo que cuesta una barra de pan). Para intentar llegar al máximo de población y evitar fenómenos de acaparamiento o que alguien intente hacer negocio se limita a dos kilos la cantidad diaria por familia.

En la pescadería de El Mina hay cierta tensión. Una mujer que pretende comprar es acusada de pertenecer a la misma familia de alguien que ya se llevó su ración. Hay algún empujón y otra mujer intenta colarse. Un hombre esgrime un bastón para intentar mantener el orden. Uno de los desafíos de este proyecto es que, efectivamente, no se produzca un mal uso del pescado. Para ello se está barajando facilitar algún tipo de identificación a los beneficiarios, evitando así las corruptelas. “No sólo es el precio”, asegura Bouceif, “la gente está descubriendo también las buenas condiciones nutricionales del pescado”.

Aminetu Mint Iselmu tiene nueve hijos y vive a pocos metros del punto de distribución de El Mina en una caseta de madera, a la que llega con sus dos kilos de jureles. Su marido es conductor y ella cose ropa y la vende en la puerta de su casa mientras no despega el ojo de Zeinab, su pequeña de solo nueve meses. Ir a comprar pescado se ha convertido para ella en una nueva rutina. “A veces compro carne, pero me cuesta 400 ouguiyas (1,20 euros) el kilo y es de mala calidad, casquería. Preferimos el pescado”. Uno de los hijos de Iselmu sufrió de malnutrición y ahora sabe que debe aportar proteínas a la dieta de sus hijos.

El Hadra Mint Sidi el Moctar tiene que recorrer un camino mucho más largo para regresar a su hogar en la zona de 16 I, en Riad. De 36 años y viuda desde hace cuatro, El Hadra es pobre de solemnidad. Tras dormir sobre una alfombra en una chabola de apenas cinco metros de largo, cada mañana se levanta, hace sus oraciones, prepara un poco de té y reparte pan duro a sus cinco hijos y a su nieto de pocos meses. Luego sale a pedir limosna al mercado central. “En un buen día puedo conseguir hasta 6 euros”, explica. Desde que descubrió que podía comprar pescado a 15 céntimos aprovecha la vuelta a casa para pasar por la pescadería. “Me lo comentó una mujer y a mí me ayuda a comer cada día. Lo frío aquí fuera, en la puerta, y lo comemos tanto en la comida como en la cena”.

Una de las dudas que planean sobre este proyecto es saber qué pasará cuando la financiación española se acabe

En este momento, la SNDP calcula que el pescado está llegando a unas 36.000 familias cada dos días, es decir, a un total de 216.000 personas por semana, lejos aún de las 750.000 personas que se fijó como objetivo este proyecto. La suspensión del acuerdo de pesca con la Unión Europea durante el presente año obligó al Ministerio de Pesca a diversificar la fuente de aprovisionamiento de la SNDP, lo que han conseguido con los barcos de licencia libre, sobre todo rusos y ucranianos. Garantizado el suministro el siguiente escollo es seguir mejorando la red de distribución. Además de las cámaras frías ya citadas, cuentan con siete camiones (de 40 y 20 toneladas) y pretenden llegar a más de diez. La idea es llegar en un año a 300.000 personas y en el plazo de dos a las 750.000.

Una de las dudas que planean sobre este proyecto es saber qué va a pasar una vez que la financiación española se acabe. Pero las cuentas están hechas. Según Bouceif, para alcanzar el objetivo de 750.000 beneficiarios es necesario repartir unas 109 toneladas diarias, pero habrá que subir el precio para poder mantener el sistema montado, pasando de las 100 ouguiyas actuales a 130 ouguiyas los dos kilos (unos 40 céntimos de euro), lo que en todo caso seguirá siendo más bajo que el precio de mercado. La SNDP busca estrategias propias que le permitan seguir vendiendo a bajo precio, como comprar un barco propio para con sus capturas financiar el pescado barato. Esta sociedad da empleo en la actualidad a 438 personas y la previsión es incrementar el personal para alcanzar los objetivos marcados.

Más información