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Armani, el emperador

Fundó su firma con 40 años y sin haber empuñado jamás una aguja revolucionó la moda

Giorgio Armani revela una vida consagrada a ensalzar a la mujer real

Desfile que Armani organizó el pasado mayo para celebrar sus 40 años en la moda. Foto cedida por Armani. Ver fotogalería
Desfile que Armani organizó el pasado mayo para celebrar sus 40 años en la moda. Foto cedida por Armani. Getty

Es el hombre que creó el estilo casual y construyó un imperio textil que factura más de 670 millones de euros anuales. El primer modisto en seducir a Hollywood contemporáneo. Propietario de una de las últimas marcas independientes, que no ha sido engullida por ningún conglomerado del lujo. Pionero en la conquista del mercado asiático, el desarrollo de segunda línea de negocio y de licencias. El creador de una estética tan definida y reconocible que cualquiera, incluso quienes presumen de no entender nada de moda, pueden definir con adjetivos como elegante o minimalista. Él es Armani.

Me gusta que mi estilo dé confianza a la mujer, pero que no determine su personalidad

Un diseñador que, en contra de la tendencia imperante, “odia el exhibicionismo” y valora la discreción por encima de cualquier otra cualidad. Tanto que ha construido todo su discurso creativo en torno a este principio, “antagonista de la vulgaridad”. Sin embargo, y con motivo del 40º aniversario de su firma, ha decidido romper el muro de silencio con el que protege su vida privada y escribir su primera autobiografía, llamada, como no podría ser de otra forma, Giorgio Armani.

“Describirte a ti mismo nunca es fácil, pero es un ejercicio que, cuando alcanzas los ochenta, no puedes seguir retrasando. Te ayuda a dejar por escrito algunos puntos clave y mirarte a ti mismo de la forma más sincera, por dentro y por fuera”, explica el modisto.

Armani (derecha) con Sergio Galeotti en 1978.
Armani (derecha) con Sergio Galeotti en 1978.

El tomo, que acaba de llegar a las librerías, es fruto, según asegura Armani, de un año de introspección y, aunque constituye una obra eminentemente visual, ayuda a entender la intrahistoria del revolucionario más silencioso de la moda contemporánea. Y que, en contra de lo que el estereotipo haría esperar, no ha cosido ni una sola chaqueta en su vida. “No soy un sastre. No sé hacer un pantalón con mis manos, pero sé perfectamente qué aspecto quiero que tengan para conseguir que respondan al estilo Armani”, asegura el creador vía mail. Así, sin haber empuñado una aguja jamás ni atendido nunca a las fluctuaciones de las tendencias ha construido una firma que emplea a 10.500 personas y cuenta con 2.700 puntos de venta en más de 60 países.

No sé hacer un pantalón con mis manos, pero sé qué aspecto quiero que tenga para conseguir que responda al estilo Armani

Todo comenzó en la Italia de Mussolini. Hijo de un contable y una ama de casa, Armani nació en Plasencia (Emilia Romaña) en 1934, un año antes de que el Duce invadiese Etiopía y cinco del estallido de la Segunda Guerra Mundial. “Nadie que haya vivido una guerra puede olvidarlo. Te afecta profundamente, demostrándote qué frágil es todo. Moldeó mi personalidad y me hizo más duro enseñándome qué es lo que de verdad importa: la gente que quieres y ser coherente y honesto con uno mismo”. Y lo convirtió, como le gusta definirse, “en un hombre de acción, no de celebración y mucho menos de autocelebración”.

Estudió Medicina durante tres años, pero tuvo que abandonar los libros para cumplir el servicio militar obligatorio. Nunca regresó a la universidad, aunque aquella experiencia sembró el germen de lo que sería una de las constantes en su carrera y de las claves de su éxito: la fascinación por la anatomía humana.

El pequeño Giorgio Armani en 1942.
El pequeño Giorgio Armani en 1942.

A finales de los años cincuenta entró a trabajar como montador de escaparates en La Rinascente, los almacenes más exclusivos de Milán en aquella época. Fue, según confiesa, pura casualidad. “Conocí por azar al director de marketing y me ofreció el puesto”, explica. Pronto ascendió a jefe de compras y en 1961 fue nombrado director creativo de la nueva línea masculina que acababa de lanzar Nino Cerruti.

Armani no creó su propia marca hasta 1974. Tenía 40 y si tomó esta decisión fue, en buena medida, por la insistencia de Sergio Galeotti, a quien había conocido en Cerrutti. “Quizás nunca me habría embarcado en esta aventura sin su apoyo y estímulo. Jugó un papel fundamental en mi vida”, confiesa el diseñador sobre uno de sus pilares vitales y profesionales. Juntos pusieron en marcha la firma con 10.000 dólares y una recepcionista. Galeotti contó en Los Angeles Times que le pagaban tan poco que tenían que “dejarle estudiar en el trabajo”.

La emancipación de Armani como creador coincidió con el auge del feminismo. Casualidad o consecuencia, lo cierto es que llevó a cabo su revolución en el momento adecuado. Tomó el patrón de un traje clásico británico, cambió las proporciones de las solapas, suavizó los hombros, retiró los forros, relajó las líneas e introdujo esta pieza en el armario femenino. En definitiva, liberó la silueta de la mujer. Y creó el uniforme de la nueva ejecutiva (y también del ejecutivo) que comenzaba a emerger a principios de los ochenta: el power suit. “Me gusta que mi estilo dé confianza a la mujer, pero que no determine su personalidad”, resumió hace años al diario The Guardian.

En 1983 Armani fue el primer diseñador en establecer una oficina en Hollywood. Tres años antes había firmado el vestuario de American Gigolo, y con Richard Gere como percha había conseguido dar a conocer su estilo en todo el mundo. “Llegamos en un momento de cambio, cuando las estrellas emergentes buscaban nuevas formas de presentar su imagen, looks menos excesivos o estereotipados. Mi estética más relajada era la respuesta a sus necesidades. A partir de entonces todo evolucionó de una forma natural”, cuenta. Pocas marcas han conseguido establecer una relación personal y comercial tan estrecha con tantas estrellas del mundo del cine y el espectáculo. Desde Eric Clapton hasta Cate Blanchett, imagen de su perfume Sí. Aunque casi todas las firmas han tratado de emular la estrategia ideada por el italiano.

No entiendo la moda como un mero ejercicio de estilo. Para mí es fundamental mantener cierto pragmatismo. Mi ropa es para gente real

En 1985, cuando el negocio despegaba a nivel internacional, recibió uno de los peores reveses de su vida: la muerte de Galeotti tras una leucemia. Él era el consejero delegado de la firma, el hombre de negocios, la fuerza que empujaba a Armani a crecer. “Fue el peor momento de mi carrera. Tomar la decisión de seguir adelante y hacerme cargo de todo, de convertirme en un diseñador y en un empresario al mismo tiempo, fue terrible. Pero vi que simplemente tenía que hacerlo”.

Y lo hizo. Creó un grupo que desarrolla nueve categorías de producto entre cosméticos, relojes y mobiliario, y distribuye ocho líneas textiles con sus respectivas colecciones. Desde Giorgio Armani Prive, su línea de alta costura, hasta A/X Armani Exchange, la más asequible y donde un vestido puede costar en torno a 200 euros. “Ser accesible es importante, pero la exclusividad –que en mi caso consiste en un estilo sofisticado, limpio y único, combinado con una gran calidad– es lo que hace que una marca sea deseable e interesante”, argumenta.

La clave para abarcar semejante producción reside, según confiesa, en su exacerbado perfeccionismo, que le lleva a controlar cada pequeño detalle. En 2001, antes de dar el visto bueno al Teatro Armani en Milán, diseñado por el arquitecto japonés Tadao Ando, el italiano pidió sentarse en cada uno de sus 628 asientos para comprobar que la visión era perfecta desde todos ellos. “Todavía soy el primero en llegar al trabajo y el último en irme”, sentencia.

Dos zapatos Oxford.
Dos zapatos Oxford.

Con el tiempo dice haber logrado ser más tolerante con sus propios errores y los de su equipo. “Lo que crecer significa realmente es aprender a adaptar el perfecto mundo de las ideas al imperfecto universo de la realidad”, escribe en su libro. Pero cumplidos los 81, el mayor riesgo no reside en seguir siendo un idealista, sino en dejar de reconocerse en el mundo que le rodea.

Por eso al diseñador, que no quiere ni oír hablar de la palabra jubilación, le gustan los retos, seguir poniendo en marcha nuevos proyectos. No porque desee -o necesite- más fama o más ingresos, dice, sino porque le permite “saber cómo está evolucionando el mundo” y mantenerse “joven”.

Sin embargo, considera que su discurso creativo sigue tan vigente como hace cuatro décadas y no requiere actualización alguna: “La moda es una necesidad primaria y como tal no cambia: vehicula nuestra necesidad de una imagen y una identidad. Lo que sí lo hacen son los recursos estilísticos. En los ochenta, las reglas eran muy estrictas. Ahora los consumidores son más intrépidos”.

Precisamente, esta visión es la que ha alimentado las críticas de sus mayores detractores: aquellos que aseguran que resulta ciertamente difícil distinguir un Armani de hace 25 años de otro actual. Lo que unos llaman monotonía, para él es pura coherencia. “No entiendo la moda como un mero ejercicio de estilo. Para mí es fundamental mantener cierto pragmatismo. Siempre tengo en mente que mi ropa es para gente real”.

elpaissemanal@elpais.es

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