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La buena muerte

‘El arte de morir’, de Peter y Elizabeth Fenwick, es una actualizada ‘guía’ para el último viaje

'Peste en Roma' (1869), de Jules-Élie Delaunay.
'Peste en Roma' (1869), de Jules-Élie Delaunay.

A finales de la década de 1340, la peste negra mató entre uno y dos tercios de la población mundial. El horror marcó tan intensamente a los supervivientes que la Iglesia publicó en 1415 una guía para la muerte que bautizó Ars Moriendi. La obra no solo daba consejos a los enfermos para “morir bien”, sino también a los familiares y amigos para comportarse adecuadamente junto al lecho del moribundo. No hay motivos para temer el final, era el mensaje. El texto tuvo tal éxito que fue traducido a la mayoría de las lenguas europeas occidentales y años después se publicó una versión abreviada. Este best seller medieval inauguró una larga tradición literaria: las guías para el último viaje.

El último viaje

La buena muerte

Obsesionados con prolongar la vida, aseguran Peter y Elizabeth Fenwick, nos hemos olvidado de cuidar nuestro final. En el ensayo El arte de morir (Atalanta) tejen una panorámica de experiencias diversas (muchas de ellas, poco convencionales) para que, aspiran, el lector piense con mayor naturalidad –y menor gravedad– en la muerte.

Casi siete siglos después, la medicina ha conseguido prolongar nuestras vidas, pero la muerte es un tabú. En el pasado, el duelo y el luto formaban parte de la cotidianeidad. Hoy, la muerte es una experiencia casi clandestina, relegada a hospitales y tanatorios. A muchos nos gustaría morir en casa, rodeados de nuestros seres queridos, pero lo más probable es que terminemos en una unidad de cuidados intensivos con tubos conectados a cada orificio de nuestro cuerpo. ¿Es eso morir bien? ¿Nadie teme el encarnizamiento terapéutico? ¿Qué significa exactamente una buena muerte?

A esas preguntas dedican El arte de morir el neuropsiquiatra Peter Fenwick y su esposa Elizabeth, que ha trabajado con enfermos terminales. Ambos defienden la necesidad de una nueva Ars Moriendi para el siglo XXI. Fieles al espíritu de la obra original, los Fenwick ofrecen una sosegada, casi dulce, visión de la muerte. Para ello acuden a testimonios de personas que han estado muy cerca de morir, de enfermos que fueron diagnosticados como clínicamente muertos, del personal que los atiende y de sus familiares. Muchos encontrarán este enfoque esotérico y discutible, pero hay en el ensayo una defensa apasionada de la “buena muerte”, del derecho a elegir dónde y cómo queremos morir. Y ese asunto nos afecta a usted y a mí.