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¿Papichulo?: ‘Bullshit’

El verano, una de las épocas del año en las que más se lee. El escritor Richard Parra inicia estas páginas reservadas a la ficción

Brooklyn, Nueva York, 2014. Ampliar foto
Brooklyn, Nueva York, 2014.

Se le veía weird: uniforme, corbata y una gorrita con alitas doradas. Papi le había pagado a unos traqueteros del ­aeropuerto Las Américas para que lo trasladaran a Nueva York disfrazado de aeromozo. Era 1985. Tenía 22 años. Aunque yo era niña, recuerdo que, en la pista de despegue, me dijo: “Vuelvo para Navidad, mi negra”, pero no lo vi hasta 1990, cuando regresó por 15 días a Baitoa con su residencia gringa y una maleta cargada de regalos y perfumes.

Por fin el 96, con Mami nos venimos a Nueva York. Papi nos recogió en el aeropuerto Kennedy en su Camry negro. Ese día comimos pizza con Country Club en la Quinta Avenida. Luego conocimos su apartamento en los proyectos de Bedford-Stuyvesant. También a su otra mujer, Angie, y a su hijo de tres años, Rafael, de quienes pensábamos se había separado. Mami se encojonó y le exigió que nos llevara a la casa de una tía materna. Aquella noche, tumbadas sobre una friza, no dormimos de la rabia.

Richard Parra

¿Papichulo?: ‘Bullshit’

Peruano afincado en Nueva York, Parra (Comas, 1976) abandonó sus estudios de ingeniería para, finalmente, licenciarse en Literatura. Es autor de una, hoy inencontrable, antología de cuentos y de dos novelas cortas: La pasión de Enrique Lynch y Necrofucker (ambas editadas por Demipage).

II Papi vivía con la tal Angie, pero los sábados recogía a Mami de un restaurante poblano de Sunset Park, donde ella cocinaba, y se venían al apartamento que rentábamos en la 60. Papi se quedaba hasta el lunes. Un cosa que aborrezco de tantos paisanos: que, cuando llegan a Nueva York, se buscan una mujer y luego se traen a la esposa. Tienen doble, triple vida. Eso hizo mi padre. Incluso conozco a unas ridículas que terminaron haciéndose amigas de las amantes.

“No jodan”, le escribía a mi hermana, “yo no quiero esa vida”.

Cuando ya estudiaba en el Brooklyn College, me peleé con Papi. A él le mortificaba que me vistiera con minifalda, escote y tacos, que me pintara exagerado, que saliera con un chilango con la pinta del cantante de Caifanes. Estaba endiablado.

“Pareces una novia del pueblo, te van a violar”.

“¿Para eso aprendiste inglés? ¿Para eso vas a la escuela? ¿Para andar con un pinche mexicano que parece que batea pal otro lado? Le quedas grande a ese tipo”.

“Un día te caerá a golpes, son unos hijos del diablo”, me decía.

En su carro, le encaré sus trapitos, pero sobre todo que haya negado a mi hermanito Luis Enrique recién nacido en Nueva York hacía unos meses. Era el 2003.

Al final, no recuerdo por qué me preguntó: “¿Con qué hombre te gustaría casarte?”.

“Con nadie como tú”, le contesté.

Me jaló con fuerza del brazo para que no bajara del carro y un vigilante se nos acercó. Creyó que éramos dos novios peleándonos. Papi le dijo que estaba corrigiendo a su hija que se le rebelaba y el guachimán le dijo: “Pues siga, primito”.

III Boricua fea: Angie tenía unas nalgas exageradas con celulitis. Aunque trabajaba en un sitio de apuestas, también se aprovechaba del Gobierno. Vivía de los cupones de alimentos, de los cheques que le daban por su hijo Giovanni, un tarado. Supe que Angie se tiró a propósito de las escaleras del metro y que se resbaló en el hielo negro delante de un edificio público para demandar a la ciudad. Le resultó: sacó miles de dólares.

Su anterior marido, Pietro, un italiano que conducía trenes de la línea amarilla, y sus amigos interceptaron a Papi bajo el elevado de la Tercera. La razón: mi padre le había propinado una pela a Giovanni, hijo del italiano aquel, por sacarle plata de la billetera. Casi lo matan. De suerte que una patrulla pasaba por allí y correteó a los agresores. Papi, sin embargo, no los demandó. Tampoco contó quién ordenó esa paliza. De eso me enteré mucho después cuando me lo confesó Muchachito.

Aborrezco de tantos paisanos que, cuando llegan a Nueva York, se buscan una mujer y luego se traen a la esposa. Eso hizo mi padre

IV A Giovanni le daba la gota. Asistía a una de las secundarias más violentas de Brooklyn. Ansiaba enrolarse en el army para matar terroristas en Irak en venganza por el 11-S. Un día, golpeó al Principal. Dijeron que por efecto de su nueva medicación. Empeoró: amenazó de muerte a una maestra de español. La consejera de la escuela lo calificó de psicópata y propuso internarlo en el Bellevue, pero el padre se negó. Tampoco el Principal lo trasladó a una escuela del distrito 75 donde recibiría atención. Su temor: una vez mandó allá a un adolescente ruso que, por bullying, terminó ahorcándose de una escalera de emergencia.

Giovanni visitaba a Angie cada cuanto y le decía a Papi: “Cuando crezca, te mataré, mama huevo”. Papi se reía. Le daba pecosones. Pero esta historia no la supe sino hasta mucho después de que asesinaron a mi padre. Me la contó mi primo Muchachito cuando volvió de Perth Amboy.

V Determinaron que Papi y sus asesinos entraron juntos al elevador y que allí le cortaron la aorta. Papi se defendió. Le atravesaron la mano con el puñal. Como venía de comprar leche para su bebé recién nacido (que tuvo con Angie), quedó abatido sobre un charco blanquirrojo.

Interrogaron a Angie. Registraron su vivienda. También a Pietro, a decenas de exconvictos de aquellos proyectos, célebres por las balaceras, el crack, pandillas y sicarios. Detuvieron a Giovanni por unas horas, pero no habló. Tuvo un ataque y acabó en emergencias.

Se habló de la presencia de miembros de la pandilla dominicana Los Papichulos. La inspectora Mercado no descartó ni el desquite ni el robo. ¿Venganza? No creo: mi padre no tenía enemigos. ¿Robo? Angie dijo que Papi cargaba con 1.200 pesos en el bolsillo. Pero lo encontraron con su cadena de oro, su anillo de plata y 40 dólares. Ridículo. Además, era raro que los Papichulos atentaran contra un paisano en su propio territorio.

Brooklyn, Nueva York, 2014. ampliar foto
Brooklyn, Nueva York, 2014.

Muchachito tenía sus ideas:

“¿No sabías que tu padre compró un seguro de vida de Geico?”.

“¿Que con Angie sacarían una casa en Allentown? Giovanni quería mudarse con ellos, lejos del italiano que le pega, pero tu papá le dijo que no”.

“Además, desde que tu madre parió a tu hermanito, Angie le hacía la vida imposible. Lo amenazó con quitarle a sus hijos si volvía con tu madre”.

“¿Por qué no hablé? Ese italiano comemierda me amenazó. Me rompieron la bicicleta de delivery y me largué a Perth Amboy”.

Como andaba como crackero hablando caballadas, a Muchachito nadie le para bola con sus historias, pero it makes sense lo que decía.

VI Quise preguntarle por qué no le dijo a la policía de la agresión de Pietro y las amenazas de Giovanni. ¿Por qué dijo que Papi tenía 1.200 dólares? Nadie andaría con ese dinero por esos proyectos llenos de maleantes. Angie me mandó al diablo. Yo estaba por acudir al precinto. Pensé que mi tía Altagracia, mamá de Muchachito, me respaldaría, pero me dijo: “Puras mentiras, la policía ya los descartó a esos, ese Muchachito delira, además nada te devolverá a tu papá, mejor olvídate, no te busques problemas con esos italianos, que tienes las de perder”.

“Mamá Altagracia sabía de la golpiza del italiano y las amenazas de Giovanni”, dijo Muchachito. “Angie se la compró con lo que cobró del seguro. Si no, ¿cómo se hizo esa casa con piscina en Baitoa? ¿De dónde, si cuida ancianos?”. “A lo que se ha llegado, prima”, sentenció Muchachito. “Ni en los hermanos se puede confiar. Ni en la madre de uno”.

Lo encontraron con su cadena de oro, su anillo de plata y 40 dólares. Ridículo

VII Cuando me enteré de que lo mataron, me puse mal y casi pierdo a mi bebé. Tenía cuatro meses de preñada. Las sangrientas fotos del periódico me impresionaron. Hace ya tiempo que no lo visito en la Sassafras Avenue del cementerio Green Wood de Brooklyn. Salgo cargada de malas energías, tanto que debo hacerme una limpia donde mi amiga Gloria, pediatra y bruja. Además, su lápida no tiene su nombre verdadero. Se lo cambió para obtener la residencia.

Mamá tiene un enamorado, pero con él no visita a Papi en el cementerio, sino con Muchachito, que era bien apegado a él. Trabajaron en mueblerías y vivieron juntos en Sunset Park. Muchachito le lleva Presidentes y le canta bachatas con guitarra y requinto en la tumba. Tanto le dolió la muerte de mi padre que se tiró al trago. Ahora frecuenta fondas y bailaderos de dos pesos, bebe ron lavagallo. Hace poco, lo despidieron y vive casi como homeless. Encima, está on probation por participar en una pelea entre los Papichulos y los boricuas de la pandilla La Nieta.

Angie se mudó a Staten Island con un dominicano. A su hijo Giovanni lo mató una jeepeta: hit and run. Dicen que su padre ya no le compraba medicamentos y que andaba como desquiciado por Brooklyn. Muchachito –devoto de la Guadalupe– me dijo: “La Morena nos hizo justicia, mami”, pero yo no lo veo así. La mentira sigue. Gente malhablada dijo que a mi padre lo degollaron en un lío entre gangueros y muchos se creyeron esa infamia. Bullshit.