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El zapato alado

Criado en un seminario y formado como soldado en Angola, el portugués Fortunato Frederico ha conquistado medio mundo con su marca de calzado Fly London

Desde su base en Guimarães, vende un millón de pares al año

El fundador de Fly London, Fortunato Frederico. Tiene 72 años y la agenda cerrada hasta 2025. “Algunos insinúan que puedo morir antes. Pero lo tengo todo planeado. Mi sucesor será Amílcar Monteiro, mi principal socio”, explica. Ampliar foto
El fundador de Fly London, Fortunato Frederico. Tiene 72 años y la agenda cerrada hasta 2025. “Algunos insinúan que puedo morir antes. Pero lo tengo todo planeado. Mi sucesor será Amílcar Monteiro, mi principal socio”, explica.

“El presidente de la República me dijo que eso de fabricar zapatos era cosa de chinos; que el futuro de Portugal era tecnológico, científico e informático. Sí, claro, y lunático, pensé yo. Me lo decía a mí, que llevaba fabricando zapatos desde los 14 años”. Fortunato Frederico se arrancó aquel puñal y se puso el cuchillo entre los dientes. Hoy vende un millón con su marca, Fly London. La “mosca londinense” vuela por más de 60 países gracias a este señor bravo e hiperactivo que pasó su infancia en Guimarães, una pequeña ciudad del norte de Portugal.

“Empecé con 40 empleados y ahora somos 620”, dice, mientras pasea entre los trabajadores –en su mayoría mujeres–, les saluda por su nombre y explica las diferentes etapas de la elaboración de un zapato.

“Lo que yo fabrico es calzado cómodo para todas las personas”, enuncia quitándose importancia. El empresario persigue con su Fly London que el diseño nunca más fomente el juanete. En su imaginario, la comodidad no viste de marrón y negro ni de sandalia romana. “Hacemos zapatos irreverentes”, se jacta. “Atrevidos, originales, como la mujer”.

El alma de este éxito acaba de cumplir los 72 y tiene planeada su agenda hasta 2025. “Cada uno de los próximos 10 años destinaré millón y medio de euros proveniente de los beneficios a inversión. Ni un euro que no tenga. Jamás me he metido en créditos. Eso me lo inculcó mi madre cuando cortaba la sardina para las ocho bocas que alimentaba. A veces me insinúan que me puedo morir antes de 2025. Ya lo sé, por eso tengo todo planeado. Mi sucesor será Amílcar Monteiro, el niño que se vino a trabajar conmigo cuando levanté mi primera fábrica y que hoy es mi principal socio”.

Cada zapato lleva una etiqueta RFID (Radio Frecuencia Identificación) que sigue su rastro desde que sale de fábrica hasta que acaba en los pies del comprador

Con una familia tan numerosa, lo más socorrido en su caso fue ingresar en el seminario, pues aseguraba educación y sopa. De aquellos años, a Frederico le ha quedado el gusto por la música gregoriana y por los novelones de Dostoievski. También un ideario comunista, que con el tiempo ha evolucionado hacia un socialismo de mercado. “Quiero que mis trabajadores tengan un salario digno”. A los 14 años salió del seminario y se fue a barrer una fábrica de zapatos. Supo que, de mayor, iba a tener la suya propia.

En la sala noble del cuartel general de Fly London cuelga una foto en blanco y negro de una cabaña en medio de la sabana angoleña. Para que no se olvide de dónde viene. “Fueron cuatro años, un mes, un día y dos horas”. Frederico colgó su fusil; dejó el cuartel angoleño de Kyaia y regresó a su tierra, ­Guimarães, con sus pequeños ahorros y su sueño intacto: fabricar zapatos. “Tenía 30 años cuando llegué de ultramar. Y por eso le puse el nombre de Kyaia a la primera marca de zapatos que fundé en los noventa”.

La otra foto de la sala es una casa de adobe con un joven Frederico abrazado a un paquistaní. “El primer pedido de mi primera fábrica era para Inglaterra, pero el proveedor portugués de las pieles me empezó a subir precios a medida que se acercaba la fecha de entrega. Desesperado, me fui a una feria internacional y encontré una empresa paquistaní que tenía la misma piel a mitad de precio. Sin saber inglés ni nada, le dije al paquistaní que quería encargarle 25.000 pieles, pero que no tenía dinero, que le pagaría después, que tenía que confiar en mí. Y confió. Desde entonces somos como hermanos”.

Según Frederico, todas las marcas tienen un comienzo y un final, un pico y una caída. “A principios de los noventa, Kyaia no daba más de sí”, recuerda. “En la feria de Düsseldorf me fijé en un stand abandonado. Se llamaba Fly London y era lo que estaba buscando. Pensé que si Kyaia era para andar, el calzado del futuro tenía que ser para volar. Busqué a los autores de ese proyecto. Fui a Londres y les dije que les compraba la idea. Ellos no sabían qué pedirme, no tenían experiencia alguna. Yo tampoco sabía qué pagar, pero me comprometí a darles lo que me dijeran. Y así fue. Les pagué y no les volví a ver más”. Fly London comenzaba a volar en 1994.

“Empezamos vendiendo 2.000 pares y el pasado año alcanzamos la cifra mágica del millón”. La clientela de Fly London se extiende por 1.500 zapaterías de 60 países. El 97% de la producción va fuera de Portugal. “La meta era aumentar tres países por año y lo hemos conseguido. Para reforzar la marca, comenzamos a abrir tiendas propias en el centro de grandes ciudades; la primera fue en Londres, y seguimos por ­Copenhague, Dublín y Nueva York”. El éxito de la mosca ha saltado del calzado a los bolsos, las gafas y otros accesorios.

Momento del proceso de elaboración de los zapatos Fly London en la fábrica del barrio de Pestelo, en Guimarães (Portugal). ampliar foto
Momento del proceso de elaboración de los zapatos Fly London en la fábrica del barrio de Pestelo, en Guimarães (Portugal).

Dos veces al año, la gran sala de la fábrica está repleta de pares esparcidos por la mesa, el suelo, las paredes y hasta las sillas. Es la locura previa a la elección de las colecciones de mujer, hombre y niños próximo invierno. Se escogen entre 45 y 50 líneas. En total, unos 1.800 modelos que a su vez se elevarán a 20.000 pares de muestra, para que los comerciales los difundan por el mundo. Siete cazadores de tendencias provenientes de diferentes países tienen la responsabilidad de elegir el Fly London que marcará la moda.

“No contratamos diseñadores de fuera. Todo está pensado a nuestra imagen y semejanza. No queremos que nos cambien con una cultura ajena”. Los creadores se forman en la propia fábrica, que constantemente integra savia universitaria de Guimarães.

De la cantera universitaria también procede el equipo informático, dedicado exclusivamente a desarrollar programas que necesita la empresa. Cada zapato lleva una etiqueta RFID (Radio Frecuencia Identificación) que sigue su rastro desde que sale de fábrica hasta que acaba en los pies del comprador. Una información fundamental para todo el proceso logístico de distribución e inventario de cada modelo.

El fundador de Fly London saca su móvil. Y abre una aplicación. “Aquí veo en tiempo real los zapatos que se están vendiendo en cada tienda del mundo. Ayer, 2.576 pares. En una tienda de Barcelona ya se han vendido una docena. No está mal para ser las once de la mañana. Aquí un -1, alguien que ha devuelto un par. Estos datos nos permiten reaccionar rápidamente; por ejemplo, si hay stock de un modelo, lanzamos promociones”.

La aplicación prácticamente ha acabado con la sección de contabilidad. “Me da los pares vendidos, los modelos, pero también su precio y su comparativa con ejercicios anteriores”. Incluso imparte lecciones de macroeconomía. “Vea: precio medio, 26,3 euros; el pasado año, 28,3 euros. La deflación”.

La empresa cuenta con 620 trabajadores y está presente en 1.500 zapaterías repartidas por 60 países. ampliar foto
La empresa cuenta con 620 trabajadores y está presente en 1.500 zapaterías repartidas por 60 países.

Gracias a esta aplicación, ­Frederico intuyó la crisis antes que otros. “Veíamos que empezaba a fallar un mercado europeo, y luego otro, y luego otro. Decidimos acometer una ofensiva en Estados Unidos. Fuimos a todas las ferias y cada mes nos implantamos en dos Estados. Ya estamos en todos. El próximo año, las ventas allí alcanzarán a las de Reino Unido, el 25% del total”.

“Los chinos no me preocupan”, asegura recordando las profecías del presidente de Portugal. “Lo hace quien fabrique un mejor zapato que el mío y a un mejor precio. Ahora fabricamos 4.500 pares al día y en 10 años vamos a duplicar la producción y a levantar 10 edificios”.