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COLUMNA

Cien

Ese hombre cubierto de cicatrices y de gloria, con una conciencia ardiente de su propio talento, estaba hecho de cosas inhumanas

Este viernes en Chile no se hablará de otra cosa: el poeta más joven de América Latina, Nicanor Parra, cumple 100 años. Al escritor argentino Rodolfo Fogwill, fallecido en 2010, le gustaba citar esta frase de Nietszche: “Sólo el exceso de fuerza demuestra la fuerza”. Él mismo era una potencia blindada, y una de las dos personas más fuertes que conozco. La otra es Nicanor Parra. Lo vi sólo una vez —cuando él tenía 97— pero me bastó para entender que ese hombre cubierto de cicatrices y de gloria, con una conciencia ardiente de su propio talento, estaba hecho de cosas inhumanas. “Durante medio siglo / la poesía fue / el paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo / y me instalé con mi montaña rusa”, escribió hace años, y desde entonces construyó una obra repleta de púas que sólo un distraído podría llamar ingeniosa (una descalificación que suele recibir). La obra de Parra parece hecha para drenar de sí mismo un malestar profundo y producir, en quien se expone a ella, un desamparo absoluto. Este año publicó un libro inédito —Temporal— e inauguró en Santiago una retrospectiva —plástica, gráfica— que incluye El pago de Chile, una instalación que muestra a los 34 presidentes de su país colgados (Piñera y Bachelet incluidos). Para recibir el Cervantes, que le dieron en 2011, su nieto leyó el discurso en su nombre. Allí, Parra decía sentirse acreedor del premio, pero por un libro “que estoy X escribir”. Es, para los tiempos que corren —correctitos— un poeta insoportable. Un fauno tocando heavy metal en la plaza del pueblo. Nunca, como ante él, sentí que alguien podía borrarme de la faz de la tierra con la sola fuerza de su inteligencia demencial. El viernes cumple 100 años. Habría que inventar algo para que volviera a empezar. Me encantaría creer que él ya lo ha inventado.

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