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Musas de un nuevo cine

Castings’ por Skype. ‘Web-series’, películas ‘low cost’,‘crowdfunding’. De pronto, una gran producción y 15 minutos de fama convencional. Así es la realidad de una nueva generación de actrices españolas. Estrellas emergentes que desembarcan en un escenario muy diferente

De izquierda a derecha, Silvia Alonso, Charlotte Vega y Alicia Sanz. Ampliar foto
De izquierda a derecha, Silvia Alonso, Charlotte Vega y Alicia Sanz.

Ingrid García Jonsson aún suele buscar su nombre en Twitter. Husmea, por ejemplo, para ver qué comentan sobre ella los numerosos seguidores de Aliados, una serie argentina para adolescentes de notable éxito en Latinoamérica y con más de un millón de seguidores en redes sociales. En los episodios interpreta a Bianca Rock, la mala de la segunda temporada, rubia y española sobre el guion. La actriz consiguió el papel gracias a una prueba que grabó desde su casa en Madrid y envió por Internet a Buenos Aires, y a una posterior entrevista por Skype con Cris Morena, la creadora y productora de este y otros petardazos televisivos a ese lado del Atlántico (Rebelde Way, entre otros). Así funcionan los castings en el siglo XXI. Entre los comentarios de los fans, cuenta García Jonsson, le llegan amenazas e insultos. Del lado de allá, asegura, la odia “todo el mundo”. Se meten con su acento impostado. Critican su pelo teñido. En general, pocos saben que es realmente española y de madre sueca. Que ni el acento ni el color de pelo son falsos. “Yo es que no soy muy famosa”, se excusa García Jonsson por fisgar las reacciones de la audiencia. “Supongo que cuando uno es conocido deja de hacerlo”. Del lado de acá, en el momento de la entrevista en Madrid, le sucede un poco lo mismo. Resulta una cara anónima. Virgen en los cines. Pero mientras se escribe este reportaje, algo está cambiando ahí fuera: el 30 de mayo se estrenó la película que puede dar un vuelco a su vida, Hermosa juventud, del reputado cineasta catalán Jaime Rosales, triunfador de los Premios Goya de la Academia Española de Cine en 2008. En el largometraje, García Jonsson, de 22 años, interpreta a una joven sobreviviendo a la miseria económica de la Gran Recesión en un barrio de la periferia madrileña. Algunos entendidos sugieren ya su nombre como candidata al Goya a la actriz revelación. En el momento de la entrevista, la intérprete acaba de volver del Festival de Cannes, donde se presentó el filme. Por eso exhala y dice: “Una cosa loca. ¿Qué hago yo en Cannes? ¿Qué hago yo en una peli de Rosales?”.

De izquierda a derecha, Paloma Bloyd, Ingrid García Jonsson, Megan Montaner y Marina Salas. ampliar foto
De izquierda a derecha, Paloma Bloyd, Ingrid García Jonsson, Megan Montaner y Marina Salas.

El rodaje de Hermosa juventud ha sido “lo más bestia” que ha hecho en su breve trayectoria. Aún le cuesta ver la película. “Pasé las cinco semanas de grabación viviendo en la casa del personaje, en una habitación de nueve metros cuadrados, sin teléfono, sin Internet y sin televisión, con tres libros deprimentes que me había dado Jaime; y no podía hablar con nadie del equipo, incomunicada, centrándome en ser única y exclusivamente Natalia”. Para conseguir el papel, mintió en la prueba. Se quitó años. Se maquilló de forma exagerada. Aseguró que era de barrio. Le desapareció el Jonsson de entre sus apellidos. Rosales, que suele buscar intérpretes con una biografía similar a sus personajes, mordió el anzuelo y aún hoy, según la actriz, se sorprende cuando descubre datos reales.

Hija de artistas plásticos afincados en Sevilla y de madre sueca, García Jonsson se puso por primera vez delante de una cámara para grabar reconstrucciones de asesinatos en el programa El rastro del crimen, de Antena 3. Tendría unos 15 años. Luego hizo algún papelito en un programa del dúo cómico Los Morancos. Y entonces comenzó a abrirse un hueco como doble de actrices. La historia comenzó en 2009, cuando aterrizó en su ciudad el rodaje de la superproducción de Hollywood Noche y día, con Tom Cruise y Cameron Diaz en el reparto. La sevillana deseaba secretamente convertirse en actriz y se colocó tres veces en la cola para aparecer de figurante. La directora de casting se fijó en ella, le tomó los datos y una semana después comenzó a trabajar de doble de Cameron Diaz (que le saca 20 años). No hay forma de comprobarlo. Ni de saber el número de películas en que ha suplantado a la intérprete estadounidense. Este tipo de figuración se lleva en silencio. Teóricamente no existe. A ella, en cualquier caso, le dio el empujón que le faltaba. “O me dedico a esto… o voy a ser infeliz siempre”. Se mudó de Sevilla a Madrid, aprovechando una beca Séneca para estudiar cuarto de Arquitectura. La capital le inoculó el veneno del todo. Abandonó la carrera. Se apuntó a la prestigiosa escuela de interpretación de Fernando Piernas. Cortometrajes. Películas de bajo presupuesto. Web-series. “Es un defecto que tengo”, dice. “Me llamas para rodar cualquier cosa y voy corriendo. Me apasiona”. Se abrió un hueco en las alcantarillas del cine español, un hábitat semioculto, fermentado gracias a la escasez de los últimos años, donde se rueda mucho sin apenas dinero, y se estrena más bien poco. “El cine low cost”, lo denomina García Jonsson. “De ahí vengo yo”. Pe­lículas “pequeñitas pero interesantes”, añade, como Todos tus secretos, que se estrenó el año pasado, bajo el decálogo del movimiento Little Secret Films, entre cuyas exigencias se encuentra que se grabe en menos de un día, que nadie cobre y no exista promoción en prensa. O Erika’s Eyes, en la que trabajó sin cobrar hace tres años, y que se pudo ver por primera vez en gran pantalla en el reciente Festival Internacional de Cine de Gran Canaria. La nueva generación de talentos del cine español se curte estos días entre la industria tradicional y el circuito de bajo presupuesto. Cogiendo tablas en televisión y dando el salto a un cine de pocos recursos. Con un pie en lo comercial y otro en lo independiente. Obligados por la necesidad de un sector en carne viva. Y en el que las formas de armar una película han dado un giro de 180 grados. “Tiene que haber alternativas, si no nos quedaríamos todos en casa”, dice la actriz Silvia Alonso, de 24 años, que salió de la nada cuando era estudiante de la Real Escuela de Arte Dramático (RESAD) para convertirse en una de las protagonistas de la serie Tierra de lobos. Estos días puede uno verla en un vídeo colgado en la página web de financiación colaborativa mymajorcompany.com pidiendo fondos para el rodaje de Estirpe y explicando su argumento para que los donantes se animen. Hace unos meses recaudaron 10.000 euros. A cambio de un donativo de 40 euros, por ejemplo, uno podía aparecer como figurante en una escena de la película. El proyecto ha nacido del cineasta novel Adrián López, cuenta con el actor Sergio Peris-Mencheta en el reparto y con el músico Xoel López en la banda sonora. Entre sus mayores mecenas figura el humorista Joaquín Reyes. Y según la explicación escrita del realizador Adrián López en la página web: “Con los 10.000 euros que os pedimos [ya recaudados] podremos empezar a rodar dos tercios de la película: los flashbacks y el documental, dejando para más adelante la parte de la adaptación del cómic, ya que es la más cara debido al vestuario, maquillaje especial, arte y posproducción, llevándose ella sola más de la mitad del presupuesto”. Y en ello andan. Intentando cuadrar agendas –siempre más complicado cuando hay poco dinero de por medio– para acabar el rodaje de esos primeros dos tercios. Soñando con encontrar fondos para terminar la última parte. “Tampoco sé muy bien cómo va a salir”, explica Alonso. “Ahí están las ganas de la gente de seguir adelante y hacer cosas, de innovar y probar”. Mientras tanto, ella combina este rodaje con el de una nueva serie, una comedia para una de las grandes cadenas, de la que, por contrato, aún no puede decir nada. La tele. Ésa es la gran escuela. El lugar donde los jóvenes se foguean y aprenden el oficio de intérprete a base de rapidez y constancia. Hay una cámara en medio de la Plaza Mayor de Madrid y una decena de curiosos mirando. Por lo demás, nadie se daría cuenta de que aquí, a los pies del caballo de Felipe III, se está rodando. Es martes a media tarde. Una voz grita: “¡Chicos! ¡Todos a primera por favor!”. Y entonces los actores y figurantes desandan el camino que acaban de hacer hasta que otra voz añade: “En situación y… ¡Acción!”. Todos vuelven a recorrer sus pasos y la cámara sigue a una joven de media melena azabache, con gafas y gabardina oscura, pisando con fuerza con sus tacones sobre los adoquines y girando la cabeza a uno y otro lado. Kathelen Mullins, una turista de Ohio, toma fotos de la escena y se interesa por la actriz: “Es espectacular. ¿Sabes quién es? Parece Angelina Jolie”. La intérprete Megan Montaner cruza por delante de ella y cuando alcanza los arcos que ribetean la plaza se para. Cortan. Vuelven todos al principio. Y así, casi sin darse uno cuenta, repetirán la misma escena seis o siete veces. En torno a las ocho, en un receso, Montaner se acerca y dice que se encuentra “atacadísima” y se esfuma a ensayar la siguiente toma, con una pistola en la mano. Es el último día de rodaje de la primera temporada de Sin identidad (Antena 3),cuyo primer episodio consta como el mejor estreno de una serie en España en los últimos tiempos. El equipo lleva en estos momentos 11 horas de rodaje a sus espaldas. Durante la pasada semana Montaner ha tenido grabación todos los días. Aparece en el 85% de las secuencias. Los productores añaden que ha sido un acierto elegirla: “El otro día comentaba que aún le queda energía para más”.

Normal. Durante casi dos años, Montaner, de 26, se metió en la piel de uno de los personajes clave de El secreto de Puente Viejo, una ficción diaria de Antena 3. En ella se han educado y siguen haciéndolo un buen puñado de jóvenes actores. Montaner apareció en 381 capítulos, “una marcianada”, bromea ella. “Ya casi no podía con mi vida. Recuerdo incluso decir: ‘¡Por favor, matadme ya!”. Se murió en la serie el mismo día de su cumpleaños en la realidad. Una señal. Un renacer. Pero con mucho viaje ya a sus espaldas. Cuatro de las siete actrices de este reportaje han pasado por El secreto… o por Amar es para siempre (antes Amar en tiempos revueltos), otro de los seriales diarios de la televisión en España. Montaner ha aparecido en ambas. Y con ese bagaje, dice: “Cualquier serie diaria es una escuela superbuena. No en cuanto a creación y a profundización, porque vas a todo trapo. Es una academia de ritmo, de fluidez, de técnica, de memorización”.

La nueva generación de talentos
del cine español se mueve estos días entre la industria tradicional
y el circuito de bajo presupuesto

Cuando paró el año pasado, se tomó cuatro meses de vacaciones. Se fue a Nueva York a estudiar inglés. Viajó por la Costa Oeste de EE UU. Volvió a España. Empezó en otra serie (Gran hotel) y enseguida la llamaron para hacer cine. Lo primero que hizo en su vida fue un secundario en Por un puñado de besos, un producto para adolescentes, respaldado por una de las grandes cadenas de televisión (Antena 3); un proyecto mainstream. En breve aparece en otra película, de corte más independiente: Dioses y perros, protagonizada junto a Hugo Silva y dirigida por David Marqués. Su primer papel principal en el cine. El gran objetivo.

En palabras de la actriz Marina Salas, que también acaba de rodar su primer protagonista en una película para televisión, El café de la Marina, dirigida por la dos veces ganadora del Goya Silvia Munt y coproducida por TVE y TV3: “Vaya tela, eh. He flipado por el rigor, la disciplina y la concentración que has de tener para sostener el peso de una película; por la confianza que requiere en el director, en los compañeros, y por dónde has de colocarte mentalmente…”. Salas, de 25 años, lleva casi un decenio dedicada a la actuación. Casi siempre interpretando a personajes secundarios, algo igual o más duro que un principal porque uno ha de tener, según Salas, “mucha humildad y generosidad; y currar también mucho”.

Ha sido actriz de reparto en la exitosa serie El barco (Antena 3), a la sombra de Blanca Suárez y Mario Casas; en las películas taquilleras Tres metros sobre el cielo y Tengo ganas de ti, protagonizadas, de nuevo, por Mario Casas junto a María Valverde y Clara Lago; en Por un puñado de besos, encabezada por Martiño Rivas y Ana de Armas. Ha crecido dando la réplica a las jóvenes estrellas. Dice que lo que ella persigue es ser “buena actriz”. Y por eso muchos de sus trabajos, últimamente, tienen que ver con proyectos de bajo presupuesto, en los que uno puede desarrollarse con mayor libertad: el año pasado ganó el premio a mejor actriz que concede el programa de cine Versión Española, por su papel en el cortometraje Sexo explícito; participa en una película financiada en parte por crowdfunding titulada Sonata para violonchelo (en el reparto figuran Jan Cornet y Juanjo Puigcorbé); y en mayo estrenó en La Trastienda,una pequeña sala alternativa de teatro en Madrid, la obra Como si pasara un tren. “Esto habla mucho de la actriz que quiero ser. Lo que aprendo en el teatro no lo aprendo en ningún lado”.

El actor y coach de actores Jorge Elorza, que conoce a Salas desde hace tiempo y estas últimas semanas ha coincidido con ella mientras ambos presentaban obra en La Trastienda, no tiene reparos en compararla con la actriz Candela Peña: “Es una gran bestia de la interpretación para su edad. Quizá ha sido más secundaria porque se aleja del arquetipo de protagonista que buscan el entramado de cadenas y productoras. Pero la suerte que ha tenido es que sus personajes han sido, a menudo, mucho más ricos que los protagonistas. Y eso le ha dado carta blanca y le ha permitido crecer”.

Como preparador de interpretación, Elorza tiene trabajo fijo como coach en la serie El secreto de Puente Viejo. Es la persona que intenta dar algo de coherencia en las actuaciones cuando se rueda a un ritmo frenético. Ayudó a Megan Montaner desde el primer episodio hasta el 381. Y tras la marcha de ésta apareció una jovencísima Charlotte Vega, que pasó nueve meses en la serie. De ambas asegura Elorza que serán “rostros del mañana”, en la medida en que mantengan el espíritu “inconformista” con el que él se encontró al conocerlas. “Son luchadoras y tienen ganas de crecer. Son esponjas y muestran el deseo de subir peldaños en esta larga maratón”.

Cualquier serie es una academia de ritmo,
de fluidez, de técnica.
Vas a todo trapo”, dice megan montaner, curtida en televisión

Charlotte Vega, de 20 años y ascendencia mitad británica, mitad española, pero criada en Sitges, estrenó el 27 de junio Mi otro yo, la nueva película de Isabel Coixet, en la que comparte pantalla con Sophie Turner (Juego de tronos). Es secundaria, pero ahí queda eso. Tampoco era su primera película. Ya había rodado, como protagonista, un largometraje de terror llamado Los inocentes, dirigida por 12 alumnos de último curso de la prestigiosa escuela de cine catalana ESCAC (allí estudiaron Juan Antonio Bayona, Mar Coll y Kike Maíllo). Se estrenó el año pasado en el Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges. Y Vega asegura que durante las pruebas para que la eligieran, se enganchó a la profesión. “Me encantó. Dije: ‘Tengo que hacer esto el resto de mi vida’. En estos momentos, filma El club de los incomprendidos, una película dirigida al público juvenil basada en la novela Buenos días, princesa del autor Blue Jeans. Un pelotazo editorial trasladado al cine del que, si los números van como se espera, quizá se hagan tres películas (porque hay otras tantas novelas).

Su carrera llena de quiebros, y de extremos, no se parece a ninguna otra. La primera vez que Paloma Bloyd se colocó ante una cámara fue en el concurso de televisión Supermodelo 2007. Tenía 18 años. Llegó a semifinales. Después la llamó Verónica Forqué y le dijo que era su concursante favorita del programa. Quería contar con ella para una obra de teatro llamada Adulterios, de Woody Allen, protagonizada por Forqué, María Barranco y Miriam Díaz Aroca. Se unió al reparto. Hicieron más de ochocientas representaciones por España. Esa fu gran escuela.

Desde entonces, Bloyd ha ido creciendo a base de personajes episódicos en series. El año pasado dio vida a Catalina de Aragón en la serie europea Los Borgia y también logró el papel de Niki, una joven que se enamora de un hombre en los cuarenta, en Perdona si te llamo amor (se estrenó hace una semana). Y como no podía ser de otra forma, le salió ese otro proyecto tan habitual en el cine de ahora, de menor presupuesto y más de batalla: Little Galicia, el primer largometraje de Alber Ponte, un gallego con casi una treintena de cortometrajes a sus espaldas. Esta comedia, que cuenta también con la interpretación de Gustavo Salmerón, narra la historia de una colonia de gallegos en Nueva Jersey. Casi como Bloyd: de padre estadounidense y madre asturiana, creció en EE UU y vino a España a los 18. Pero entre tanto ajetreo de rodajes ha sacado tiempo para dejarse ver también por Los Ángeles.

La meca del cine. Un objetivo común en esta hornada. La actriz Alicia Sanz, ceutí de 26 años, asegura que ha convertido su casa casi en un estudio de grabación: allí registra en vídeo las pruebas que luego envía a través de Internet a los directores de casting de Hollywood. Ha mandado muchas últimamente, desde que logró el visado especial para trabajar en Estados Unidos hace un par de meses. Curtida en la escuela de Juan Carlos Corazza (de la que han salido Javier Bardem y Elena Anaya, entre otros), al poco de empezar a estudiar interpretación le dieron un papel en el culebrón Gavilanes (Antena 3) donde pasó dos temporadas.

El año pasado dio su primer salto a la gran pantalla en la película de terror adolescente Afterparty. Y hace poco se dejó ver por Amar es para siempre. Mientras espera una llamada, quién sabe, prepara la obra de fin de curso y ciclo de la academia de Corazza. Su lugar de “entrenamiento”, lo llama. En eso consiste también la cuerda floja del cine. En saber buscarse la vida en los momentos de parón. En sobrevivir a la montaña rusa.

Ingrid García Jonsson, por ejemplo, aseguraba que le esperaban un par de semanas de entrevistas y presentaciones de la película antes del estreno en España. Pero había algo más urgente que atender: “Para empezar, esta noche tengo que volver al bar”. La de intérprete es una profesión algo esquizofrénica. Sobre todo en sus inicios. Un día está uno en Cannes, al día siguiente poniendo copas detrás de la barra.

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