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EL PULSO COLUMNA i

Poeta, pícaro e inventor del futbolín

El querido futbolín surgió de las carencias de una guerra, de la imaginación de un gallego salido de una pieza quevedesca

El inventor del futbolín, Alejandro Finisterre, con su criatura, en 1998. Ampliar foto
El inventor del futbolín, Alejandro Finisterre, con su criatura, en 1998.

Cuando el fútbol se termine, nos queda el refugio del futbolín. Así, más o menos, empezó este juego que permite ganar y saber perder.

Un poco antes de la sublevación franquista del 18 de julio, el joven Alejandro Campos Ramírez, hijo de zapatero gallego arruinado, superviviente en varios trabajos en un Madrid de días convulsos, crea con 16 años, en compañía de otros jóvenes, una revista de corta vida que pretendía ser “grito de rebeldía de valores anónimos. Periódico iconoclasta y reunión de idealistas prácticos”. Todo un poco confuso como tantas cosas en su vida.

El joven ha conocido a León Felipe con el que organiza su “presentación” madrileña en el Teatro de la Comedia. Herido en un bombardeo es evacuado a Valencia y después al hospital de sangre de la Colonia Puig, en Montserrat. El juego más popular ya era el fútbol y en aquella colonia había muchachos mutilados que, imposibilitados de jugar, miraban con tristeza el juego de sus compañeros. Es entonces cuando Alejandro, con Javier Altuna, un compañero carpintero, inventa el primer fútbol de mesa español.

El querido futbolín surgió de las carencias de una guerra, de la imaginación de un joven gallego que parecía salido de una pieza quevedesca. Un superviviente que vivió burlándose de toda adversidad. No fue el único invento de este aventurero de renovadas artes picarescas. En sus tiempos de convaleciente también inventó, dicen que por amor a una cantante, el pasahojas de partituras accionado con el pie. Rocambolescas historias de pérdidas, tormentas y otras aventuras hacen que no conserve las patentes de sus inventos, pero por su arte, entre caballeresco y truhanesco, en saber reivindicar sus “derechos”, los que en Francia estaban explotando el pasahojas, terminan por darle un dinero con el que llegó a América. Antes sufre cuatro años de cautiverio en Marruecos. Liberado se dedicó a recorrer la España franquista como juglar ya con el nombre de Alejandro Finisterre.

Inventor de su propio personaje hay que seguir su historia como un relato de ficción entre la realidad y la fantasmada. En París trabaja con Bacarisse en la radio y con Gasset en la redacción de España Republicana. Su espíritu le empuja a vivir la aventura americana. En Ecuador funda una revista de “poesía universal”. Al cabo de unos años lo encontramos en la Guatemala democrática de principios de los cincuenta. Con las excelentes maderas guatemaltecas patenta el baloncesto de mesa y reinventa un futbolín muy diferente a aquel primero y rudimentario. Su penúltimo destino sería México, donde le acogió León Felipe.

En los setenta volvió a España, vivió entre Aranda de Duero, El Escorial, Madrid y Zamora. El editor Chus Visor lo recuerda paseando elegante y en compañía de las cenizas de su mujer en una urna que siempre llevaba consigo. Deberían ser de su primera mujer porque recordamos a su mujer viva y rotunda, mexicana y cantante de ópera. Los jugadores de futbolín seguiremos agradecidos a este hombre contradictorio que supo vivir como si la vida fuera un juego muy serio y la rivalidad un entretenimiento. Metió muchos goles.

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