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EL PULSO COLUMNA i

La librería clandestina de Manhattan

A pocas calles de Central Park, Brazenhead Bookshop se ha instalado en un piso para ofrecer miles de libros de segunda mano, whisky sin hielo, sofás, vino, conversación, cafés raídos

Michael Seidenberg, en su casa-librería neoyorquina. Ampliar foto
Michael Seidenberg, en su casa-librería neoyorquina.

En los tiempos de la Prohibición debía de ser muy parecido. Alguien te daba la dirección y la contraseña. Llamabas a una puerta cualquiera. Y, como procedías de un páramo de sequedad extrema, aquello te parecía un paraíso de humedad. Las librerías desaparecen de Manhattan como lo hicieron antaño los repartidores de diarios. El alcohol regresó, pero es probable que no lo hagan las tiendas de libros. A pocas calles de Central Park, Brazenhead Bookshop se ha instalado en un piso para ofrecer miles de libros de segunda mano, whisky sin hielo, sofás, vino, conversación, cafés raídos, clandestinidad. Se niega a ser prohibida. Se niega a desaparecer.

Han sido la traductora Mara Faye Lethem y el escritor Javier Calvo –que cambian Barcelona por Brooklyn durante algunos meses de cada año– quienes me han pasado las instrucciones pertinentes. A través de Facebook contacto con Michael Seidenberg, que utiliza la red social para anunciar sus intempestivos horarios. Actualmente, jueves y sábados desde las nueve de la noche hasta que la mente aguante. Me recibe en su antro cultural a las dos y pico de la tarde, recién levantado: “No soy una persona de mañanas”. Yo me siento, él habla de pie, como el actor que un día fue: intercambiamos preguntas por respuestas, pero a mis oídos es un monólogo de Philip Roth. El pelo blanco, el hueco de un diente, la barba blanca y los ojos líquidos. En la radio suena un concurso de preguntas y respuestas, como si la frecuencia llegara desde el pasado y fuera nuestra banda sonora.

“Mi universidad fueron las librerías. De las de mi época solo sobrevivió Strand, que es la peor y compra a granel; yo en cambio selecciono los libros uno por uno, aunque me salgan más caros. No lo creerás, pero este piso de tres espacios es el establecimiento más grande que he tenido. Cuando tuve que cerrar el último, fue imposible conseguir el crédito y los seguros para continuar en el mundo de los negocios formales. Así que ingresé en el submundo. Era 2007, Jonathan Lethem, que había trabajado para mí como librero, organizó un acto con 10 escritores, que tuvo su eco en de The New Yorker, pero, ¿te puedes creer?, en todos estos años solo tres lectores de ese artículo han llegado a Brazenhead: una pareja de Florida y un inglés que se quedó en la ciudad atrapado por el humo de aquel volcán islandés. No arranqué de verdad hasta el vídeo de YouTube. Entonces llegaron turistas en serio: los chinos me piden que les firme libros de Hemingway y se hacen fotos conmigo; y ahora soy bastante popular entre las chicas de Oriente Próximo, quizá porque soy judío”.

Y sigue: “Mis mejores clientes son los regulares, los que vienen cada semana, alumnos de la universidad que compran con el dinero de sus padres; después se independizan y se quedan sin un centavo, pero siguen viniendo, por supuesto, para charlar sobre libros y beber gratis. Son la nueva bohemia. Pero entre ellos comienzo a detectar jóvenes que no tienen un vínculo fetichista con el libro, que no aman los libros, sino las palabras. Bueno, también se aman entre ellos. Hacemos presentaciones de libros y clubes de lectura y hasta clases de literatura. No les cobro nada, porque en Nueva York es difícil conseguir metros cuadrados y alguien tiene que regalarlos. Tampoco la bebida tiene precio. Es un modelo de negocio un poco raro, lo admito, nunca he sido bueno en eso de ganar dinero, pero te diré una cosa: hace años que no voy a bares, todo lo que necesito para pasar una buena velada lo tengo aquí. ¿No soy afortunado?".

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