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PALOS DE CIEGO
Columna
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El francotirador y Manolo ‘El del Bombo’

Voto siempre, porque no todos me disgustan por igual y sobre todo porque si no voto yo, votan por mí

Javier Cercas
Pablo Amargo

Querido F., me reprochas que en mis críticas al nacionalismo catalán pese mucho la necesidad de no ser nacionalista español, y que aún profese la vieja creencia en la utilidad de la distinción entre izquierda y derecha y que por ello critique la indefinición de UPyD y Ciutadans. Ambos reproches son justos. Es más, yo diría que, al menos en el primero, te quedas corto: no es que pese mucho en mis artículos la necesidad de no ser nacionalista español; es que pesa mucho en todo lo que hago. Y quizá debería pesar más, porque para mí el nacionalismo español es tan malo como el nacionalismo catalán, o peor, y tan malo como cualquier otro; la razón es que el nacionalismo, que fue una ideología de libertad en el siglo XIX, en el XX se volvió lo contrario. En esto, creo, estamos de acuerdo. Pero me parece que tú piensas que, a diferencia del nacionalismo catalán, el español ya no existe o es cosa de cuatro frikis. Ahí es donde discrepamos: yo, en España, veo el nacionalismo español por todas partes, igual que, en Francia o Inglaterra, veo por todas partes el nacionalismo francés o inglés (razón por la cual no hay manera de que avance la única cosa un poco sensata que hemos inventado, que es una Europa unida). A los españoles el nacionalismo español nos viene casi de serie, como a los coches el aire acondicionado. Esto lo dice un amigo madrileño y madridista y residente en Barcelona que tiene una amiga madrileña residente en Nueva York que, cada vez que viene a Cataluña, se irrita cuando descuelga el teléfono de la habitación de su hotel y en recepción le contestan con un “Bon dia”. Sobra decir que lo que hace el PP con el catalán en Valencia o Aragón es puro nacionalismo lingüístico. En resumen: la crítica del nacionalismo debería empezar por la crítica del nacionalismo propio.

En cuanto al reproche de que siga creyendo en la vieja distinción entre derecha e izquierda, también me parece justo, aunque es como si me reprocharas que siga creyendo en la vieja distinción entre el Norte y el Sur. La derecha y la izquierda no son, como creían las viejas izquierda y derecha, conceptos absolutos, sino relativos, meramente orientativos, pero indispensables (igual que los conceptos de Norte y Sur): son una forma de que entendamos a la primera si un partido está a favor de una mayor o menor intervención del Estado en la economía, a favor de una sanidad o una educación sobre todo privadas o sobre todo públicas, a favor o en contra del aborto, etcétera. No es que izquierda y derecha se den sin impurezas en un partido o una persona (a menudo se dan mezcladas), y además uno no es de derechas o de izquierdas a secas, sino más de derechas o más de izquierdas en esto o en aquello. Dices que en los países avanzados esa distinción ya no rige. No es cierto. Viajo mucho, quizá demasiado, y no conozco ningún país donde no rija, aunque con distintos nombres: liberales en EE UU, laboristas en UK, socialdemócratas en Alemania o Suecia. Es verdad que se ha puesto de moda decir lo que tú dices, y que algunos partidos han intentado practicarlo: en nuestra democracia quizá el primero fue el CDS de Suárez, y el último, UPyD; ambos trataron, o tratan, de recoger votos a izquierda y derecha –Fraga le reprochaba con razón al Suárez del CDS que en Madrid fuera de izquierdas y en Ávila de derechas–, igual que en Cataluña los trileros que defienden el llamado derecho a decidir tratan de recoger votos de independentistas y de no independentistas. Eso, en casi todas partes, recibe un nombre: populismo.

Como ya has notado, no me gustan mucho UPyD y Ciutadans, con los que tú pareces identificarte; lo peor es que tampoco me gusta el PSOE, ni el PP, ni ninguno de los demás partidos. Esto no significa que no vote en las elecciones; al contrario: voto siempre, porque no todos me disgustan por igual y sobre todo porque si no voto yo, votan por mí. Pero sí significa que se me puede acusar de no ser más que un francotirador inútil. José Andrés Rojo decía hace poco que muchos de los que intervenimos en el debate público –eso que antes se llamaba intelectuales– somos como Manolo El del Bombo, que sale a animar a cualquiera que sea de su bando. No sé si ese es ahora mismo el dilema: o hacemos de hinchas o hacemos el ridículo. Si lo es, yo prefiero hacer el ridículo. Un abrazo.

elpaissemanal@elpais.es

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