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REPORTAJE

El desafío de Catar

Ostenta la mayor renta ‘per capita’ del mundo gracias a sus espectaculares reservas de gas y petróleo

Viaje a un pequeño país de oriente próximo que aspira a inventar su futuro y a ganar influencia en el contexto global

Catar ha amasado una espectacular riqueza gracias al gas y el petróleo. Ampliar foto
Catar ha amasado una espectacular riqueza gracias al gas y el petróleo.

París fue la capital del mundo en el siglo XIX, acaso Londres y Nueva York en el siglo XX. Pero en los años diez del siglo XXI, una minúscula península del Golfo se ha convertido en el centro neurálgico del futuro, desplazando los aires de grandeza de sus vecinas Dubái o Abu Dhabi. Frente a Arabia Saudí, que posee petróleo, pero también un extremado conservadurismo, Catar posee ambición y riqueza. Y poco a poco consolida una identidad propia. En las artes, la estética y el marketing, desde la caligrafía árabe hasta las mallas metálicas que envuelven los rascacielos emulando las raíces beduinas, se busca impregnar el relato de raíces autóctonas. “Redescubre la esencia de nuestra comunidad”, rezan unos anuncios en Katara, la ciudad de la cultura.

1. MUJERES DE NEGRO Y UNA BOTELLA DE VINO

En el suelo del aeropuerto internacional de Doha se reflejan los logotipos de las maletas Louis Vuitton. Pulido. Inmaculado. A cargo de una brigada de limpieza cuya misión es la de ser eficaz e invisible. Un hombre occidental agita la mano detrás del cristal de la zona de llegadas y una niña de unos cinco años empieza a dar saltos de alegría. El hombre va a la carrera con la felicidad del reencuentro prendida en la sonrisa hasta que resbala y se estampa contra el mármol. Nunca nada es demasiado en Catar. Todo debe brillar, empezando por allí donde se pisa. “Actuar con excelencia”, como los limpiadores nepalíes de la terminal. Esta será una de las expresiones más escuchadas en este nuevo país levantado sobre yacimientos de gas licuado de extraordinaria calidad, además del petróleo. Sus ganancias han desbocado su economía. Hace cuarenta años apenas sobrevivían gracias a los dátiles y las perlas, y pedían limosna a Arabia Saudí. En la última década, en la lengua de arena se ha levantado un skyline firmado por varios premios Pritzker de arquitectura. Hoy es el país con mayor renta per capita del mundo (en torno a 80.000 euros): tres años de crecimiento desaforado al 17%; se calcula que un más sosegado 5% en 2013. Pero hay algo más: su ambición, su ideal de excelencia. ¿Por qué todo el mundo habla de Catar?

El control de pasaportes está comandado por mujeres de negro con la cabeza cubierta, aunque de mil y una maneras. Llevan las cejas pintadas, algunas tatuadas, y los labios perfilados. Corren leyendas urbanas acerca de ellas. Solteras, dicen unos, condenadas a no casarse. “Trabajan como hombres”. No en vano, las mujeres cataríes representan el 40,6% de la población activa, según la OIT; dos tercios de universitarias, una jueza, una rectora (Sheikha al Misnad, de la Qatar University), deportistas mujeres en la delegación de los Juegos Olímpicos de 2012 –por primera vez en su historia– y una brecha de empleo, según el Banco Mundial, inferior a la de la mayoría de los países árabes. Pero siguen sin poder salir solas por la noche a riesgo de perder la reputación.

Hace medio siglo, apenas sobrevivían gracias a los dátiles y las perlas

“Coloca tus pies aquí para identificarte”, señala la policía con los párpados ahumados de kajal, a punto de activar la cámara fotográfica. Antes de la aduana, las personas y bolsas de mano que quieran entrar al nuevo mundo tienen que pasar un control. Las mujeres policía con mirada de Nefertiti y dibujos de henna en la palma de las manos detectan una botella en el trolley de una turista. No es agua. “Alcohol. No problem”, asegura la más joven. Y le pide que la acompañe. La turista llega a temer los humillantes interrogatorios de las películas, pero el pragmatismo en Catar ha barrido al integrismo. Una de las grandes claves del llamado “milagro catarí”. El poder blando (soft power): la soft diplomacy, las alianzas estratégicas, el medido protocolo. El liberalismo musulmán. La occidentalización, sin rendirse al cartón piedra de Las Vegas, sino hermoseando la esencia islámica. Dinero, respeto, excelencia. La turista española será conducida hasta un depósito de botellas de alcohol donde custodiarán el rioja hasta que embarque en el avión de vuelta. Se lo devolverán sin multas ni reprobaciones. Sin containers ni trituradoras. Todo está previsto y nadie debe molestarse más de la cuenta.

2. SE COMPRA TALENTO Y LEYENDA

A treinta minutos de la aduana, en el St. Regis o el Intercontinental, a las 23.25, cuando llega el vuelo QR-72 de Qatar Airways procedente de Madrid, se descorchan botellas de Moët & Chandon. La humedad favorece una sensación irreal, parecida a estar en ningún lugar del mundo y a la vez en todas partes. Africanos, japoneses, australianos o franceses han pasado la tarde en la playa privada de los hoteles. Treinta euros la entrada por bañarse en un agua tórrida. Niqabs y biquinis se pasean sobre la arena. Cerveza helada y dulces árabes. Toallas sin restricción. Todo es abundante. Un litro de gasolina cuesta un riyal: veinte céntimos de euro.

Bañado por el mar del Golfo, bordeado por dunas blancas, la búsqueda de la identidad ha sido una constante en esta suerte de país inventado que en los años cincuenta contaba 25.000 habitantes; una población nómada de rigoristas wahabíes que no recuperaron su independencia de los ingleses hasta 1971. Hace tres décadas, la torre del reloj, la gran mezquita y el palacio real constituían el único referente de la ciudad, que iba emergiendo como el decorado de una gran producción cinematográfica. Y el garbanzo en medio del Golfo (la misma superficie que Murcia) empezó a pintar en el mapa. Hoy, las típicas embarcaciones a vela, los viejos dhows, aún perfilan la acuarela de un puerto remoto.

En Doha se concentra más de la mitad de la población de Catar, unos dos millones (1.938.800, según Naciones Unidas), solo el 15% nativos. Un ciudadano catarí tiene derecho gratuitamente y para toda la vida a un terreno donde construir una casa; agua, luz, petróleo, educación y una pensión fijada por decreto, tan solo por el simple hecho de haber nacido en este desierto en la costa occidental de la península Arábiga. Su nivel de vida le permite comprarse un Ferrari, llevar sandalias Hermès bajo la chilaba y viajar a España a ver los partidos entre Barça y Real Madrid.

Skyline al otro lado del mar. ampliar foto
Skyline al otro lado del mar.

No en vano, los fondos soberanos son abundantes. La QIA (Qatar Investment Authority) gestiona el superávit de los ingresos que el Gobierno recibe por los hidrocarburos. Sus arcas contienen 115.000 millones de dólares (ocupa el puesto 12º del ranking mundial), que invierten en los mercados internacionales de capital y de deuda. Entre otras operaciones, QIA adquirió a través de la subsidiaria Qatar Holding el 5% de la filial brasileña del Banco Santander por unos 2.000 millones de euros, así como el grupo Harrods o la cadena de distribución Sainsbury’s. También son los principales accionistas de Iberdrola, Credit Suisse, Glencore o la constructora alemana Hochtief (propiedad de ACS). Pero la ambición catarí pretende sobrevolar el dinero o, mejor dicho, utilizarlo para comprar leyenda, experiencia y talento. Desde Valentino hasta el Paris Saint-Germain, de Porsche a Zaha Hadid o el Barça, al que patrocina Qatar Airways durante cinco temporadas por 171 millones de euros.

3. LOS DIVANES DEL NUEVO MUNDO

El deporte y la educación se han utilizado estratégicamente como contraseña para alcanzar sillas en Naciones Unidas, pero también para poner en marcha programas de cooperación en África y América Latina. Doha cuenta con seis prestigiosos think tanks internacionales que ejercen de consultoras políticas, militares y económicas y alberga hasta 82 embajadas, la última en llegar la de Moldavia. En este frenesí palpita un nuevo centro de gravedad político y económico que acoge las reuniones de los opositores sirios, la Cumbre sobre el Cambio Climático, la Conferencia de la Unión Postal Universal, un festival de cine, una carrera del Mundial de motociclismo, un Abierto de tenis, el hospital de última generación Sidra, nuevos programas pioneros en investigación científica…

Zoco de la élite mundial, los mercaderes de altos vuelos se citan en los privados de los hoteles internacionales. En los divanes (majlis), las personas más influyentes de la política, la cultura y el pensamiento contemporáneos (lobbies inquebrantablemente masculinos) intercambian agendas entre humo y té. “Si estás metido en el circuito, puedes ver desfilar desde Tony Blair hasta el director de campaña de McCain y Romney o el premio Nobel de Ecología”, cuenta el exministro de Asuntos Exteriores Miguel Ángel Moratinos, actual consejero diplomático de Qatar National Food Security Programme.

Moratinos conoció al emir padre en 1996, como enviado de la Unión Europea para el proceso de paz de Palestina. “De repente sacó una libretilla y me dijo: ‘Señor embajador, ¿puedo tomar nota de su visión sobre el tema?’. Es el único jefe de Estado que me ha tomado nota. Se trata de un hombre que ha sabido escuchar y absorber”. La visión de Jalifa al Thani, rodeado por escogidos asesores y bien provisto de apuntes, resultó ser una jugada maestra. Un modelo que se sostendría en tres pilares, tal y como define Moratinos: “Mass Information [con la creación en 1996 de Al Jazeera, la televisión en árabe líder mundial, presente en 260 millones de hogares], Mass Communication –ahora mismo, Qatar Airways, que ha superado en envergadura a Emirates, está a punto de inaugurar el aeropuerto más grande de Oriente Próximo, y conecta con más de 123 países– y por último Mass Education, apoyada en la Qatar Foundation”.

El Gobierno catarí es consciente de que bajo la enorme prosperidad económica se esconde en realidad una nación frágil, que importa el 90% de los productos agroalimentarios y apenas tendría dos días de autonomía si fallasen las plantas de desalinización de agua. De ahí la importancia de la estabilidad política. Empezando por su seguridad, en manos de EE UU desde los años noventa, y con base del Mando Central (USCENTCOM). “Siempre ha habido alguien externo garantizando la seguridad del país, ya fuera el Imperio británico, el otomano, Arabia Saudí o, ahora, Estados Unidos. Si la base MacDill –en Tampa, Florida, sede central de USCENTCOM– tuviese que cerrar una semana a causa de alguna catástrofe natural, operarían desde Doha, la segunda mayor en el mundo. Las guerras de Afganistán e Irak se dirigieron básicamente desde aquí”, afirma David Roberts, director de Royal United Services Institute Qatar (RUSI). Añade que Catar siempre ha sido un pequeño país rodeado de dinastías mucho más poderosas, por lo que su historia se ve marcada por la búsqueda constante de alianzas que garanticen la continuidad de los gobernantes. “A menudo cambian estratégicamente de aliados”.

La población ronda los dos millones, de los cuales solo el 15 % son nativos cataríes

Su concepto de diplomacia blanda significa también que Catar acoge discretamente a balas perdidas como el dictador de Mauritania Maaouya Ould Taya, a uno de los hijos de Bin Laden, a una de las mujeres de Sadam Husein y su hija, al exlíder del FIS en Argelia (Abassi Madani) o al líder de los Hermanos Musulmanes en Libia, Ali al Salabi.

En junio de este año, el emir abdicó a favor de su hijo de 33 años, Tamin bin Hamad al Thani, graduado como su padre en la academia militar británica de Sandhurst. Fue una sucesión con alfombra de terciopelo, en las antípodas de las luchas de poder familiares del pasado. Armonía frente a la desgobernanza y el terror que sufren muchos países árabes. Los expertos anticipan un punto y seguido. Así no solo se delega el gobierno del país, sino también la filosofía y la proyección de Qatar National Vision 2030, un programa centrado en el desarrollo social y humano, y en la organización del Mundial de fútbol 2022, el primero en la historia celebrado en un país árabe.

Saeed al Hajri, campeón de 'rallies', junto a su nieto. ampliar foto
Saeed al Hajri, campeón de 'rallies', junto a su nieto.

La embajadora de España en Doha, María del Carmen de la Peña Corcuera, incide en los objetivos de la Visión 2030: “Se ha iniciado la catarización, para intentar que sus ciudadanos reciban la formación a fin de asumir el reto del Mundial. El país aspira a una economía sostenible y diversificada de futuro, más allá de la dependencia de unos recursos energéticos que desaparecerán algún día. Con un plan de inversiones estable y productivo, instituciones educativas de excelencia, parques tecnológicos, y como referente de la diplomacia y el diálogo en la región para suavizar conflictos”.

4. ‘SKYLINE’ Y LENTEJUELAS

¿Qué es Catar? El país de los prodigios. El lugar del mundo que consigue todo lo que sueña. Un nuevo El Dorado donde eminentes profesionales del deporte, las ciencias, la arquitectura, la medicina y los negocios integran las colonias de extranjeros con sueldos de 20.000 dólares al mes. En los despachos infinitos con maquetas de Qatari Diar Real Estate, la promotora oficial del proyecto Lusail City, entre los taxistas –uniformados como guardias monegascos– y sobre todo en las barbacoas de expatriados europeos, se escucha la misma expresión: “Crear Tierra en Marte”. Basta con ojear cualquier archivo fotográfico para entender a qué se refieren. En 1979 se inauguró el Sheraton Doha, en el extremo norte de la bahía, habitada por casas humildes. Parecía una nave espacial de 14 pisos en medio de la nada. Así fue hasta 2005, pero en dos años quedó soterrada por el paisaje vertical del paseo marítimo, y los nuevos rascacielos no solo la superaron en altura, sino en audacia, como las oficinas Doha, de Jean Nouvel (la mejor torre del mundo en 2012 según el CTBUH, el Consejo de Edificios Altos), en forma de bala, o la convexa torre Tornado, con su cintura cimbreante, obra del consorcio alemán SIAT.

La nómina de arquitectos estrella exalta de nuevo “la excelencia”. Desde el centro nacional de convenciones de Arata Isozaki –con paneles solares en su fachada– hasta el futuro estadio de fútbol de Norman Foster, el reto es enfriar edificios de cristal en el desierto sin despilfarrar CO2, con refrigeración ecológica, fosos de autoabastecimiento, renovables… Grúas y excavadoras surcan el paisaje sembrando frenesí sobre la arena, y concentran su chicharra metálica en Lusail, donde, aparte de una ciudad deportiva, se levantarán 200.000 nuevas viviendas. OHL, Ferrovial, Sacyr o Efisa son algunas de las empresas españolas que levantan ladrillo sobre la arena. Aparte del sector de la construcción, unas 50 compañías están establecidas en Catar, entre ellas las eléctricas Iberdrola y Mendiola.

Del despacho del ingeniero tunecino Magdy Youssef, consejero delegado de Lusail City, sale la arquitecta iraquí Zaha Hadid, que viene de firmar el proyecto del estadio Al Wakrah y regresa a Europa en avión privado. “Por aquí pasan los mejores”, se vanagloria Youssef. Completando el olimpo, la Biblioteca Nacional le ha sido reservada a otro premio Pritzker, Rem Koolhaas.

Las torres del city center se pavonean contra el azul amarillento de la noche. Llueve arena, se cuela en los oídos y enmaraña el pelo. Aun con su airecillo de Babel, Doha no se enseñorea como gran metrópoli ni imita el rictus de una ciudad franca. Hay zonas inhóspitas, pero también delicadezas estéticas como el Museo de Arte Islámico, de Ming Pei. A escasos treinta kilómetros, en dirección hacia el Khor al Adaid, se escucha el silencio opaco del desierto.

Sin embargo, Doha aún resulta una incógnita. Difícil no caer en el tópico de parque temático, de ciudad impostada, sin hechizo ni tejido urbano, donde solo se puede pasear en el zoco y los centros comerciales, como el Villaggio, cuyos trampantojos imitan una ciudad veneciana, y sus bóvedas, un cielo cambiante. La vida nocturna se concentra en los hoteles; en sus terrazas pinchan dj famosos, y en los restaurantes de moda, como Opal, del chef Gordon Ramsay, se bebe y se fuma mucho. Ellos, con camisas negras o blancas, abiertas; ellas, con paillettes, escotadas hasta el ombligo. Suena house en las discotecas Crystal y Wahm, del hotel W. Un grupo de pilotos y azafatas españoles tintinean los hielos de un mojito. “Esto no es para quedarse a vivir”, confiesa una auxiliar de vuelo. Gana 3.000 euros al mes. Con vivienda y gastos incluidos. Aunque podríamos hablar de los contras; de la soledad en una caldera en agosto, del obligado sometimiento al aire acondicionado. “Cuando me voy de vacaciones, lo tengo que dejar puesto; si no, al llegar, todas las gomas de la ropa interior están quemadas”. El sol rige la vida y las costumbres. Cuenta un diplomático que en una ocasión, el rey Juan Carlos le preguntó al emir: “¿Cómo es el tiempo aquí?”. Y el emir respondió: “Ahora es el verano. Después, de abril a octubre, es el infierno”.

5. EN LA CORNICHE, ABAYAS Y PRADA

Es jueves tarde, nuestro viernes. El día en que las cataríes salen de compras. El viernes y el sábado quedan reservados a la familia. En Doha, al igual que en todo Oriente Próximo, los domingos son nuestros lunes. En el Armani Café de The Pearl (La Perla, una isla artificial en la nueva Doha que quiere ser paradigma del lujo y la moda internacional, incluso con tiendas como la marca francesa de lencería fetichista L’Agent Provocateur), dos jóvenes cubiertas comen pasta. Cada vez que ingieren un bocado, se levantan el velo y se introducen el cubierto en la boca. No hay fotos. Pero en el paseo marítimo (La Corniche), en el restaurante libanés Al Barjan, la fotógrafa de este reportaje, Ana Nance, se acerca a dos mujeres que no van cubiertas. Llevan joyas, bolsos de Prada y fuman shisha. El humo ingrávido se mezcla con el bakhoor, pequeños bloques de incienso perfumado con resina, ámbar, sándalo y almizcle, un aroma afrutado que te alcanza en cualquier soportal.

“las guerras de afganistán e irak se dirigieron básicamente desde aquí”

Nance les pregunta sonriente si puede fotografiarlas. Ellas asienten, siempre que las fotos no se publiquen en Catar y que no se revelen sus nombres. No los dicen. Piden ir al baño para maquillarse… más. Y comen trozos de tarta de chocolate mirando a la cámara. Treintañeras, son ejecutivas de la petrolera Shell y viajan a Londres muy a menudo. Se han descargado en su Instagram las mejores colecciones de abayas de diseño: “Darz Design, y en El Cairo, Al Motahajiba”.

“Antes montábamos a caballo, nos cruzábamos con rebaños de cabras, dormíamos en las jaimas, conocimos la lucha… sí, la vida era más dura, pero también era rica y feliz”. Habla Saeed al Hajri, campeón de rallies, un héroe nacional con muchos París-Dakar a sus espaldas. “Por las dunas sientes que te deslizas de una forma irreal. Correr por el desierto significa adorarlo”. Saeed vive en un impresionante palacio árabe con embarcadero, repleto de antigüedades. No permite que su mujer salga en las fotos, y posa con su nieto, con túnica, Ray-Ban y chófer en la puerta.

6. BAJO EL INFLUJODE LA SHEIKHA

Hace unos años, en el Primer Foro de la Alianza de Civilizaciones orquestado por el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, Mozah bint Nasser, ataviada con traje de alta costura y turbante, ambos blancos –un aire entre Farah Diba y la modelo Iman– causó prolongados suspiros. “Increíble”, comentaba la entonces directora de comunicación de vicepresidencia, Ángeles Puerta, mirando sus mensajes. “Todos me preguntan: ¿Cuándo me presentarás a la jequesa?”. Con cincuenta y cuatro años, la segunda esposa del emir, madre de siete hijos y licenciada en Sociología –cuando ya estaba casada–, ha revolucionado la occidentalización de los códigos islámicos en la vestimenta. Siempre de largo. Pero con trajes de noche que lleva de día, sedas en tafetán turquesa y pendientes a juego para visitar a la reina de Inglaterra. Los ojos ahumados de negro y con pronunciado eye liner. De porte regio –espalda y hombros rectos–, nunca cubre su rostro y, además de las abayas locales, viste caftanes, abrigos y trajes largos de Versace, Dior o Chanel cuando viaja. Las mujeres locales no osan emular su forma de llevar el turbante, como una millonaria americana en Capri.

Pero la labor de la jequesa va más allá de la imagen y el glamour. Enviada especial de la Unesco para la educación, dicen que ha sido el cerebro de asuntos de gran calado, como la Qatar Foundation. Creada y presidida por ella desde 1995, hay dos maneras de interpretar esta fundación privada. La primera es dejar que nos convenzan sus ideales (“fomento de una sociedad progresista”, “emancipación de las mujeres”) y nobles objetivos, que explica Saif Ali al Hajari, su expresidente: “Mejorar la educación, potenciar la investigación y conseguir un desarrollo integral no solo del país, sino del mundo entero”. Catar invierte el 4% del PIB en educación y el 2,8% en I+D; dan fe de ello el Parque de la Ciencia y la Tecnología, donde participan empresas punteras, o la impactante Education City, un campus de 14 kilómetros cuadrados que incluye sucursales de universidades occidentales como Georgetown y North­western. No es difícil apreciar sus logros, como la digitalización de medio millón de documentos de la cultura árabe archivados en la Biblioteca Británica de Londres.

Hay, sin embargo, una segunda manera de abordar el proyecto:

–¿Qué quiere Catar a cambio de todo esto?

La labor de la jequesa va más allá del ‘glamour’. es cerebro de la Qatar Foundation

–Catar no pide nada, porque no necesita nada –responde Al Hajari.

En realidad, la Qatar Foundation, a priori sin ánimo de lucro, contiene una división de lujo, Qatar Luxury Group, a través de la cual la familia real ha adquirido más de la mitad de las acciones de Le Tanneur, la emblemática firma francesa de bolsos, al tiempo que ha fundado restaurantes de postín y hasta su propia marca de moda, QELA. Una estrategia para controlar el mercado del lujo mundial: el fondo de inversiones Qatar Holding posee hoteles como el Martinez de Cannes, el 12% de la joyería Tiffany & Co., el 1% de LVMH o el 20% de BAA, empresa propietaria del aeropuerto de Heathrow. La carta de presentación de la Qatar Foundation en España no estuvo unida a la educación, sino al fútbol: desde 2010 patrocina al Barça, y su logotipo en la camiseta azulgrana sustituyó con polémica al de Unicef. “En el contrato se reservaron el derecho a cambiar la marca y esta temporada nos pidieron llevar Qatar Airways. Nos confirmaron que reforzarían la presencia de la aerolínea en Barcelona –diez vuelos a la semana– y el compromiso de un partnership mundial”, asegura Javier Faus, vicepresidente económico del FC Barcelona.

Una pareja de Emiratos Árabes, durante su estancia en The Pearl, un complejo residencial de alta gama. ampliar foto
Una pareja de Emiratos Árabes, durante su estancia en The Pearl, un complejo residencial de alta gama.

7. EL REY BALÓN

El club catalán fue el primero en detectar (y aprovechar) que Catar idolatra el balón. En 2006, el entonces exvicepresidente Sandro Rosell aterrizó en el suelo pulido del aeropuerto de Doha y empezó a preparar el camino. Fue uno de los padres de Aspire Football Dreams, un programa de formación de futuras promesas que puso en marcha su exempresa, BSM (Bonus Sports Marketing).

Cuenta Javier Faus, vicepresidente económico del FC Barcelona, que cuando Rosell se alzó con la presidencia del club en 2010, su primer reto fue enfrentarse a una deuda de 440 millones de euros. “Sandro, amigo personal del actual emir Tamin, me dijo: ‘Vamos a Catar. Te presentaré a gente que he conocido estos años y a ver si cerramos algún patrocinio”.

El proyecto Football Dreams consiste en que una red de miles de ojeadores en 15 países en desarrollo de Asia, África y América vean jugar a más de 700.000 jóvenes. Solo unas pocas decenas pasan la criba final y se forman en la academia Aspire. Dentro de unos años no sorprenderá si más de uno se nacionaliza: la selección de Catar necesita ser competitiva, y la concesión del Mundial acelera los motores.

El laboratorio de cracks es un centro luminoso con un tragaluz cenital. Se llama Aspire Academy, y además del fútbol cultiva el atletismo y la esgrima. Una escuela deportiva de élite para formar campeones. “Cómo definiría a los cataríes? Ambiciosos, generosos, atrevidos, ansían tener un protagonismo real en el mundo”. Quien habla así es Iván Bravo, director general de Aspire. Delgado, con gafas de escolar aplicado, el que fuera director de estrategia del Real Madrid pasea un perfil bajo: “Yo no saldré en las fotos, los importantes son los chicos”. Conoce por su nombre a los más de 200 pupilos, de entre 13 y 18 años, y cuando habla de ellos le brillan los ojos. Entrenan unas 6 horas diarias, pero pasan allí todo el día: van a clase, comen siguiendo pautas de expertos nutricionistas y juegan al billar en sus ratos libres.

En el otro extremo de la bahía se encuentra el pabellón deportivo Al Gharafa. Allí nos cita Valero Rivera, recién nombrado mejor entrenador de balonmano del mundo por la Federación Internacional (IHF) y nuevo técnico de la selección de Catar. Se juega la Copa del Emir. En la tribuna de honor, minutos antes de entrar, tres hombres cumplen sus rezos mientras otros besan a las autoridades. Choca ver a Rivera, un hombre campechano, rodeado de túnicas y pañuelos árabes. “Me costó tomar la decisión. Nunca me he movido de mi barrio, Les Corts, pero que a los 60 años te ofrezcan una oportunidad así te hace pensar. A las pocas semanas ya me sentí a gusto: es un país que sueña con el deporte. Ninguna federación tiene estas instalaciones ni estas ambiciones”. Su reto, conseguir situar a Catar entre los 12 mejores del Mundial de 2015 que se celebrará en Doha (en el último disputado quedó en el puesto 20º). Lo acompañan dos ayudantes: Ricard Franch, con quien llevó a la selección española a ganar el Mundial, y Veroljub Kosovac, exentrenador del CAI Aragón. Falta un nombre: Iñaki Urdangarin, amigo de Rivera desde que coincidieron en el invencible Barcelona de los noventa. El técnico contaba con él como ayudante, pero la iniciativa se frustró. Valero Rivera no quiere hablar del asunto.

8. EN CASA DE MUNEERA

"Los cataríes son generosos, atrevidos. Ansían tener protagonismo en el mundo”

Muneera y Hamad preparan la cena en su casa, un chalé residencial con decoración minimalista. Han invitado a un grupo de amigos, pero no es un encuentro normal. La tradición aún aconseja que ellos y ellas se reúnan de forma separada, y solo una excepción empieza a cambiar las costumbres: son los modernos cataríes. “He tenido mucha suerte de encontrar un marido que me apoye, que respete mi libertad. ¿Poligamia? No, no, ¡qué horror!”.

El penetrante bakhoor se mezcla con Opium, de Yves Saint Laurent. Muneera nos recibe con abaya, y su marido, con el traje tradicional catarí. Posan para el reportaje. Al cabo de una hora reaparecen de nuevo. Sus alter ego. Ella, enfundada en unos jeans estrechos y un blusón de lentejuelas, la melena negra. Él, con bermudas y camiseta. “La abaya ahora es más un uniforme que una creencia, algo así como un traje típico. Si estás representando a Catar, la llevas para que sepan de dónde eres. Si vas a una reunión internacional, te pones un traje”.

Hamad es bombero. El día en que murieron 19 niños en el incendio de la guardería de Villaggio tenía fiebre. “El compañero que me sustituyó, murió. No era mi hora”, dice. Muneera trabaja para el fondo multinacional Qatari Diar como responsable de eventos. “Conozco mi talento, tengo seguridad en mí misma y todos confían en mí”. Forma parte de una nueva generación de matrimonios cuyos dos miembros trabajan, casados por elección propia, que empieza a cambiar los códigos. “Nosotros somos unos privilegiados. Nos casamos por amor, y queremos vivir y respirar la igualdad”. Pero son excepción: aquí las mujeres aún se casan por arreglos familiares, sin protección contra la violencia doméstica y en una clara posición de desventaja si el matrimonio se deshace, según denuncia Amnistía Internacional.

Los derechos humanos suponen sin duda el punto negro de Catar. La apabullante –y silenciosa– mayoría del 85% de extranjeros que habitan el país no trabaja de ejecutivo, sino en el sector de la construcción. Un millón largo de expatriados de India, Pakistán, Filipinas o Bangladesh se inscriben en el sistema de la kafala, por el cual un extranjero necesita vincular su residencia legal a un espónsor o empleador y, por tanto, no puede cambiar de trabajo ni abandonar el país sin el consentimiento de su superior. “En dos años han mejorado mucho las condiciones laborales de la mano de obra, ya no me ofrecen trabajadores esclavos”, asegura Elias Dbeis, un libanés propietario de una empresa de limpieza. “Los niños regresan a sus países de origen, y se empieza a llegar a acuerdos para que estos protejan a sus ciudadanos”.

Tres hombres y tres mujeres siguen conversando sobre la esclavitud mientras en Doha, a las 23.00, suenan los acordes de Comandante Che Guevara. El whisky es Glenfiddich. El licor, Disaronno. Enrica Barbagallo, actriz y diseñadora de abayas italiana, habla del juego de transparencias de las mujeres al andar, del algodón o el lino negro. “Aquí la sexualidad es muy fuerte; es más, me atrevo a decirte que ellas son más abiertas de mente que muchas europeas. Adoran la lencería y les encanta la dosis de misterio que significa cubrirse para luego descubrirse y entregarse. En el fondo manejan su misterio como arma de seducción. Habrás visto que además cubren su cuerpo, pero ¡cómo maquillan sus ojos!”.

Las mujeres cataríes, cuando viajan, no suelen ir de compras: “Preferimos ir a los museos, a los restaurantes, descubrir la ciudad, pasear. ¿Comprar? Ya lo tenemos todo aquí”, afirma Muneera. “Solo compramos arte y ediciones limitadas… ¿De quién? Louis Vuitton –L V, dice, la uve fricativa labiodental, “el vi”–. El cenicero está lleno. Se abre otra botella. Fuera, la gran caja de cristal se tiñe de azules y magentas. En casa de Muneera, a esa hora y en todos los idiomas, se habla de fútbol.