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REPORTAJE

Energía femenina

Estas nueve mujeres dirigen las compañías tecnológicas más poderosas de España

Son una excepción en un sector en el que las mujeres han estado ausentes

María Garaña, presidenta de Microsoft España FOTOGALERÍA
María Garaña, presidenta de Microsoft España

Con un poco de suerte, dentro de unos años este reportaje no tendrá sentido. Será una anécdota trasnochada. Hoy, sin embargo, todavía supone un acontecimiento que nueve mujeres estén al frente de algunas de las multinacionales tecnológicas más potentes, eficientes e innovadoras de nuestro país. Y más aún cuando las mujeres no solo siguen estando ausentes de los centros de decisión de la industria tecnológica, un sector que les ha estado tradicionalmente vedado (según el Instituto Nacional de Estadística, solo el 22,4% de sus empleados en España son de ese sexo), sino, por extensión, de la mayoría de las grandes corporaciones, con sus puestos ejecutivos copados por hombres como un legado atávico difícil de corregir.

No es fácil ser mujer y ejecutiva. Mucho menos en el sector tecnológico, un territorio de machos donde se las observa con reticencia; un negocio vertiginoso, competitivo hasta la dentellada y que exige resultados inmediatos, donde una decisión equivocada provoca que una compañía se quede atrás, pierda millones y tal vez no vuelva a recuperarse. A medida que se suben escalones, la cuota femenina disminuye. Según un estudio de 2010 del Instituto Ferial de Madrid (Ifema) titulado Mujer profesional y sectores económicos, “la presencia de las mujeres en las empresas TIC (tecnologías de la información y las comunicaciones) va disminuyendo según se incrementa la categoría profesional. Así, en puestos operativos representan el 40%; en técnicos, el 24%; en mandos intermedios, el 20%, y en dirección, el 11%”.

Para ingresar en ese selecto club de altos cargos una mujer debe demostrar que no hay nadie mejor. Que sus hijos no le van a quitar ni un segundo de entrega. Que su compromiso con la compañía es pleno. Que no flaqueará. No se admiten fisuras. No se perdona el error. Ni tampoco que se las note la ambición. Tres de las ejecutivas tecnológicas de este reportaje dan, desde su experiencia, testimonios sobre la dificultad de la ascensión de las mujeres a la cima empresarial. La primera, María José Miranda, directora general de la multinacional americana NetApp: “Como cargo medio nunca me sentí discriminada por ser mujer; incluso en el departamento comercial tenía ventajas, porque coincidía que el cliente era siempre hombre y vendías y cumplías objetivos. Pero cuando llega el momento de acceder a los puestos de dirección, la cosa cambia. Ya no eres tan valiosa. Para ocupar un cargo entran en juego factores de selección más subjetivos que los del trabajo del día a día. Cuanto más alto es el puesto a cubrir, la mujer deja de golpe de ser tan buena como era. Al hombre se le supone la valía y la mujer tiene que demostrar, sin atajos, que vale. Los hombres se venden mejor y se protegen más. Se entrenan para ser jefes. Tienen unas redes a las que no tenemos acceso. Para una mujer, llegar a lo más alto es agotador y depende de sus fuerzas”. “El nivel de exigencia hacia las mujeres en las compañías ha sido altísimo”, explica Rosalía Portela, consejera delegada de la compañía española de telecomunicaciones Ono. “Las que llegan arriba son buenísimas, y eso no siempre ocurre con los hombres; en los puestos directivos no hay mujeres mediocres por la criba de barreras que han tenido que superar durante toda su carrera hasta llegar al umbral de los puestos ejecutivos. La mujer necesita probar más cosas, pasar más tiempo, ofrecer más seguridades. En muchas compañías, por cada jefa mediocre te saco 40 tíos mediocres”. María Garaña, presidenta de Microsoft, es escueta y demoledora: “Las mujeres están sobrecargadas e infrapromocionadas. Las que llegan arriba tienen unas características comunes: son luchadoras, tienen confianza en sí mismas y, detrás, una red que las soporta y empuja”.

En España solo una empresa del IBEX 35 está dirigida por una mujer, Ana María Llopis, presidenta de la cadena de distribución DIA, ingeniera por Berkeley

Entre las supercorporaciones del Ibex 35, solo una está dirigida por una mujer (Ana María Llopis, presidenta de la cadena de distribución DIA, ingeniera de Materiales por la Universidad de Berkeley y experta en el universo Internet) y menos del 12% de los miembros de sus consejos son mujeres. No es un hecho limitado a España, donde hace un siglo una mujer no podía acceder a la universidad; hasta mediados de los setenta no podía ser juez ni diplomática; ministra, hasta 1981, y hasta finales de los ochenta, ni siquiera militar (una profesión a la que estaban ligadas las ingenierías y la tecnología más avanzada); el último índice Fortune 500, que reúne a las grandes compañías estadounidenses por volumen de ventas, muestra que solo 19 cuentan con mujeres al frente (un 3,8% del total), de las que 4 son tecnológicas: Yahoo, Xerox, Hewlett Packard e IBM. Otros estudios, como el realizado por la especialista en tecnología de The Wall Street Journal Kara Swisher en su blog All things digital, señalan un hecho aún más paradójico: algunas de las nuevas compañías tecnológicas de Silicon Valley (como Twitter, Zynga, Groupon y la misma Facebook hasta hace solo tres meses), que juegan con el llamado efecto California como herramienta de marketing (basado en la idílica imagen de diversidad, modernidad, talento y estilo de vida relajado propio de esa región de Estados Unidos donde se produjo el Big Bang de las nuevas tecnologías), carecen, por el contrario, de mujeres en su comités ejecutivos. En el resto de compañías punteras del sector puntocom, las mujeres apenas alcanzan un 20% de los puestos de decisión: Apple tiene una consejera entre siete miembros; Amazon, una de ocho; Google, dos de nueve, y Facebook, una de siete (lo curioso es que el 71% de las usuarias diarias de esta red social son mujeres y a ellas están dirigidas la mayoría de las campañas de publicidad emitidas por esa plataforma). Para terminar, los datos de la Administración de Estados Unidos son concluyentes: “Aunque las mujeres son el 48% de la masa laboral en Estados Unidos, solo representan el 24% de la mano de obra en los sectores de la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas”.

Irene Cano es directora de Facebook en España. ampliar foto
Irene Cano es directora de Facebook en España.

“Lo cual supone que esas empresas están desperdiciando una fuerza de trabajo e innovación de la que no podemos prescindir”, explica Rosa García, matemática y presidenta de Siemens. “Las empresas que no sean capaces de apoyar y promocionar a las mujeres se van a convertir en dinosaurios. Hoy, el secreto del éxito es la innovación y se basa en personas: necesitas el grupo más diverso y flexible posible, que refleje la sociedad para la que trabajamos. No podemos prescindir de nadie. Hay dos tipos de directivos, el que busca la diversidad y el que tiene miedo al diferente. Ese está condenado al fracaso. Si prescindes de las mujeres, de esa parte de la fuerza laboral, de sus buenas cabezas, de su talento y creatividad, quiere decir que no tienes a los mejores, y si no tienes a los mejores, especialmente en tecnología, fracasas”, concluye Rosa García. Precisamente eso es lo que está pasando en la industria tecnológica. Algunos comentaristas ya tachan al sector como machista. Los datos de Francia o Reino Unido son calcados.

Si miramos en dirección a las carreras universitarias técnicas, que parecen la cantera natural para nutrir los puestos de dirección del sector tecnológico, encontramos un paisaje igual de desolador. En nuestro país, las mujeres no llegan a un tercio de las personas matriculadas en las distintas ingenierías. Una cifra que aumenta hasta superar el 50% en el caso de Arquitectura, Agrónomos y Montes, desciende en Telecomunicaciones y Diseño y toca fondo, con solo un 20% de alumnas, en los estudios superiores de Informática. Es el último feudo masculino, con su aroma a jóvenes pálidos y solitarios con chanclas y sudadera a lo Mark Zuckerberg (el veinteañero y ultramillonario fundador de la red social Facebook), que teclean abstractos códigos de madrugada en sus ordenadores rodeados de envases vacíos de pizza y responden al peyorativo apelativo de nerd (que se otorga a los frikis de la informática).

"Las mujeres están en este país sobrecargadas de trabajo e infravaloradas profesionalmente", afirma María Garaña, presidenta de Microsoft

En la Universidad Politécnica de Madrid (la gran factoría de formación tecnológica de nuestro país), con más de 10.000 alumnas en sus aulas, solo una de sus 20 escuelas, la de Arquitectura Técnica, está dirigida por una mujer. La citada universidad nunca ha tenido una rectora, lo cual no es de extrañar si se piensa que la primera ingeniera de Telecomunicaciones de nuestro país obtuvo el título en 1965; la primera de Caminos, en 1973; la primera de Aeronáuticos, en 1974, y la primera de Navales, en 1976. Durante la década de los setenta, en la que estalló la revolución de la era de la información (con Microsoft, creada en 1975, y Apple, en 1976, al frente), la media de las alumnas de ingeniería en España nunca superó el 4%. En algunas escuelas no había ni baños para mujeres. Un chascarrillo machista afirmaba que solo iban a ingeniería las poco agraciadas. No fue sencillo para las pioneras. Ninguna tiró la toalla. Es el caso de Emma Fernández, hoy directora general de Indra, que llegó a Telecomunicaciones en 1981: “De las 180 personas que terminamos en mi promoción, nueve éramos chicas. Entre nosotras hubo pocos abandonos; estábamos muy convencidas de lo que estábamos haciendo. Meterme seis años allí entre hombres fue una decisión muy meditada. Mis padres querían que fuera maestra y hacerme ingeniera era una ruptura con el guion. Hasta ese momento estábamos destinadas a hacer cosas que reforzaban nuestro rol en la sociedad: cuidar niños y ancianos; magisterio o farmacia. Con aquella elección, la primera de mi vida, me convertí en una trasgresora. Fue una cuestión de curiosidad, me hice ingeniera para entender el mundo. Mis compañeras y yo estábamos convencidas de lo que hacíamos; era una apuesta muy sólida de futuro. Es cierto que las empresas tecnológicas no han sabido atraer a las mujeres, ni con sus fórmulas de reclutamiento ni de ascensos. Hoy, comenzamos a tener claro que hay que aprovechar ese 50% de fuerza laboral. Aquí no sobra nadie. La mujer debe poder ser madre y seguir trabajando. La sociedad necesita sus hijos y su trabajo. El feminismo no es una moda es una clave”.

María José Miranda recuerda que cuando inició la carrera de Informática en 1975, “vivíamos la edad de piedra de los ordenadores, todavía había tarjetas perforadas y compu­tadoras del tamaño de una habitación; éramos tres chicas de 60 alumnos. Yo no sabía muy bien lo que era Informática, mi padre quería que hiciera Industriales, pero a mí me seducía aquello tan misterioso y, a la larga, me ha dado la posibilidad de entrar en un sector atractivo, bien pagado y de futuro. Hoy no sería justo negar a las jóvenes el acceso a esos nuevos campos de conocimiento y, en definitiva, de igualdad económica”.

Datos similares de esa falta de paridad nos llegan de las universidades de Estados Unidos, la nación en la que surgieron las más importantes empresas y centros de investigación tecnológicos (desde IBM, en 1911, o Hewlett-Packard, en 1939) y donde, sin embargo, menos del 20% de las personas matriculadas en escuelas de ingeniería y ciencias de la computación son del sexo femenino. Parece que el modelo Zuckerberg, popularizado en la película La red social, que muestra a los nerd concentrados en sus ordenadores mientras sus compañeras bailan en ropa interior, ha servido de repelente a la hora de atraer a las jóvenes americanas a las facultades tecnológicas, especialmente a las relacionadas con las ciencias de la computación, que detectan como algo de hombres, con un futuro aburrido, oscuro, poco social y alejado de la realidad. Nuria Oliver, directora científica del Área Multimedia de Telefónica I+D, que estudio Telecomunicaciones y fue elegida la mejor estudiante en nuestro país en 1994, describe cómo en los grandes templos de la investigación tecnológica en los que ha trabajado, tanto en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en Boston, en cuyo Media Lab hizo su doctorado, como en los laboratorios de la multinacional Microsoft en Redmond, “todos mis compañeros, profesores y jefes eran hombres. Gente en general muy rara, muy centrada en su trabajo, con muy poca inteligencia emocional; nunca me sentí discriminada hasta que me quedé embarazada y me sorprendí cuando me di cuenta de que mis compañeros y yo no éramos iguales. Fue despertar a la realidad, un impacto tremendo, ver cómo me afectaba física y mentalmente un embarazo y lo poco que les afectaba a ellos cuando sus parejas se quedaban embarazadas”.

Para Rosa García, presidenta de Siemens en España, "si prescindes de las mujeres no tienes a los mejores"

¿Cómo afecta un embarazo a una carrera profesional? Ocho mujeres de este reportaje tienen hijos; algunas tres. Y siguen adelante. Cuestión de organizarse. Y de formar un equipo con su pareja. Y dejar la mala conciencia de lado. María José Talavera, licenciada en Informática y directora general de la empresa americana VMware, explica su experiencia: “Nunca he deseado algo tanto como tener un hijo y nunca he sentido que haya frenado mis posibilidades profesionales. Estar con mi hija me ha hecho más humana, abierta, generosa y mejor persona. Y eso lo transmites a tus clientes y a tu equipo. Escuchas, te haces más flexible, te organizas mejor y aprendes a priorizar y enfrentarte a situaciones inesperadas. Resumiendo, adquieres muchas de las cualidades que tiene que tener una directiva”. Irene Cano, directora de Facebook aporta su opinión: “Puedes tener a veces complejo de culpa por no estar tanto tiempo con ellos como quisieras, pero si eres feliz con lo que haces, con tu trabajo, eso también se lo transmites a tus hijos. Y si eres feliz en casa lo transmites en tu trabajo. Cuando estás ascendiendo en una empresa tecnológica, donde todo es inmediato, nunca parece un buen momento para quedarte embarazada. ¿Si estás a punto de ascender, quién para un año? Yo creo que no te lo tienes que plantear: quieres o no quieres. Las tías, cuando planifican que quieren tener un hijo, levantan el pie del pedal. Y a lo mejor no viene, y tarda tres años en quedarse embarazada, pero ya ha frenado y está fuera, y ha aparcado su ambición profesional. Si quieres un hijo, no te lo pienses, tenlo”.

Rosalía Portela (Madrid, de 61 años) es consejera delegada de Ono desde 2009. ampliar foto
Rosalía Portela (Madrid, de 61 años) es consejera delegada de Ono desde 2009.

Más allá del optimismo de Cano y Talavera, los datos son tozudos y dicen que el tema de la natalidad aún no ha sido solucionado en el mundo de la empresa. Un reciente informe de la Universidad de Harvard concluye que si una mujer tiene un hijo, sus posibilidades de ser contratada cae un 79%; tiene la mitad de posibilidades de ser ascendida, y su salario se puede reducir en torno a 10.000 euros al año.

Las mujeres han estado apartadas del mundo técnico por una confusa mezcla de factores genéticos, ambientales y educacionales de difícil constatación. Y España, por si fuera poco, ha permanecido históricamente al margen de la investigación y la tecnología. “No hay que olvidar que aquí no se inició ni de lejos la Revolución Industrial”, explica Emma Fernández. “Aquí no hay tradición tecnológica y menos entre las mujeres“. A partir de ahí, las jóvenes que iniciaban sus estudios universitarios durante las últimas décadas han visto en las carreras técnicas un mundo abstracto y poco atrayente, nutrido de valores, códigos y figuras masculinas. Sin profesoras. Sin modelos femeninos. Sin heroínas. Sin referencias públicas de investigadoras o ingenieras cuyo trabajo y personalidad haya trascendido al gran público. “Necesitamos referentes que hagan soñar a las niñas; en España, todas podemos dar el nombre de tres futbolistas, pero el de ninguna presidenta de una empresa, una ingeniera o una arquitecta. Necesitamos picar la curiosidad de las mujeres, que conozcan este mundo tecnológico, que nos conozcan a nosotras. Nuestra obligación es darnos a conocer y tirar del carro”, dice Rosa García.

Durante los últimos 70 años, la historia no ha vuelto a dar otro icono femenino unido a la ciencia como madame Curie. Los padres tampoco han animado a sus hijas adolescentes a convertirse en ingenieras. Preferían que estudiaran algo relacionado con las humanidades o las ciencias de la salud. Era más femenino. Ni siquiera los profesores de enseñanza media, en un país donde las matemáticas siempre se han enseñado mal, las han animado en muchos casos a dar el paso. Las mujeres de este reportaje reconocen que cuando entraron en la universidad no sabían dónde se metían. No habían visto un ordenador en la vida. No eran frikis tecnológicas: habían jugado con muñecas y preferían el teatro, la gimnasia o salir de vinos a la tecnología. Sin embargo, tenían curiosidad, ansias de saber, ganas de cambiar el mundo y hambre de independencia. Su decisión fue una mezcla de valentía e intuición. Tras décadas de trabajo, alcanzaron la cumbre. No les gusta hablar en primera persona de los malos momentos que han vivido; las reuniones rodeadas de hombres (“las únicas mujeres en las compañías eran las secretarias”, recuerda Rosalía Portela); los chistes de mal gusto; la exclusión del fútbol y las cervezas; las ternas para ascensos donde nunca había una mujer, y esa discriminación etérea que se concretaba en preguntas como: “¿Pero cuándo te vas a casar?”, “¿pero cuándo vas a tener un niño?”, “¿no te da pena dejarle solo en casa con la chica?”.

Blanca Lleó, de 53 años, es la primera catedrática de Proyectos (una asignatura clave de la carrera de Arquitectura) en el siglo y medio de historia de la enseñanza universitaria de esta disciplina en España. Ha sido un largo camino. Fue discípula de Francisco Javier Sáenz de Oiza y de Rafael Moneo. Cuando le pregunto por qué las mujeres no han accedido durante décadas a las carreras técnicas y menos aún a sus puestos ejecutivos, me contesta: “En este tipo de carreras, el modelo de identificación siempre ha sido masculino, un señor con corbata y, a menudo, mayor. Al no haber mujeres, al no haber profesoras ni referentes, las mujeres veían ese mundo como algo ajeno; no tenía espejos donde mirarse; el poder pasaba de hombres a hombres, y cuando una mujer lograba forjar la difícil relación de maestro-discípula, clave en la transmisión de conocimientos, sus compañeros la ridiculizaban diciendo que era ‘la niña bonita de tal profesor’. Hemos estado solas”. La también arquitecta Mercedes del Río, la única mujer que dirige una escuela (la de Arquitectura técnica) en la Universidad Politécnica de Madrid, incide en esa ausencia de referencias femeninas: “Yo me decidí a saltar al ruedo para dirigir esta escuela después de entrar en la Asociación de Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), que reunía a mujeres de varias disciplinas técnicas. Eran un modelo a seguir, una red, las referencias son fundamentales para que saltemos al ring. Compartir mi visión del mundo con ellas, saber que alguien te respalda, me dio fuerza para presentarme a las elecciones a directora. Las mujeres tienen la creencia ancestral de estar limitadas para ciertas actividades tecnológicas; piensan que es algo de hombres. Y muchas veces la familia es la principal causa de esa indecisión y falta de autoestima. Las que estamos en puestos de decisión tenemos que hacérselo conocer desde niñas y ejercer influencia para que sigan adelante”.

"Cuando nosotras empezamos", dice Rosalía Portela, "las únicas mujeres en las empresas eran las secretarias"

Estas nueve mujeres son, como define una de ellas, Helena Herrero, presidenta de Hewlett Packard (y licenciada en Químicas), “el caldo de cultivo a partir del cual tiene que comenzar a desarrollarse un mayor protagonismo de la mujer en las empresas tecnológicas. Yo no creo en las cuotas, pero hay que crear una red de apoyos (aunque sean temporales) hacia ellas. Una mujer embarazada que se encuentre bien se come el mundo. Y después hay que apoyar la conciliación. Eso debe ser normal. Y más en este sector que es proclive a la flexibilidad y el teletrabajo. Tenemos que ir a una visión más diversa de la empresa; más caleidoscópica. A mí, cuando me presentan una terna para que decida un nombramiento y veo que no hay ninguna mujer, la echo para atrás: no me creo que no haya ninguna con suficientes méritos para competir. Hasta ahora las mujeres hemos tenido que asumir roles masculinos, olvidarnos de nuestro sexo, para llegar lejos. No había otro modo, cuando llegabas te encontrabas esas reglas del juego y jugabas con ellas o te ibas. Ahora debemos tender a las autopistas del talento, no desperdiciar ni una buena cabeza en nuestro país. Las mujeres tienen unas cualidades que son complementarias con las de los hombres: son eficientes, tienen una enorme capacidad de resistencia, de levantarse en los momentos de dificultad; una visión menos focalizada y más general. Y eso es clave en las empresas tecnológicas: Ver, percibir y anticiparte”.

Ese caldo de cultivo comenzó a bullir en 1999 en Estados Unidos, cuando Carly Fiorina fue nombrada presidenta mundial de Hewlett Packard. Fue una revolución. Algo había comenzado a cambiar. Detrás llegaría una lluvia fina de ejecutivas en el sector tecnológico, con Virginia Rometty en IBM, Meg Whitman como sucesora de Fiorina en Hewlett Packard, Safra Catz en Oracle, Susan Wojcicki en Yahoo, Ursula Burns en Xerox y Stephanie DiMarco en Advent. Sin embargo han sido dos nombramientos recientes y muy llamativos, los de Sheryl Sandberg, de 43 años, con dos hijos, como directora ejecutiva de Facebook, y Marissa Mayer, de 37 años, como consejera delegada de Yahoo (que acaba de tener su primer hijo), las que han dado por primera vez visibilidad a las ejecutivas del sector tecnológico entre el gran público. Hoy son dos estrellas. En parte porque sus intervenciones públicas a favor de las mujeres, seguidas por millones de personas por Internet, han puesto sobre la mesa un debate generalizado sobre la falta de paridad. Jóvenes, atractivas, muy brillantes en sus carreras universitarias, muy ricas, con hijos e importantes conexiones políticas, se han convertido en la referencia de la que carecían las jóvenes en el umbral de la universidad. El discurso feminista de Sheryl Sandberg, la única mujer en el imperio de machos de Mark Zu­ckerberg, se basa en dos pilares: “No dejéis de pisar el acelerador” y “no arrojéis la toalla antes de tiempo”.

En España, esa explosión de individualidades femeninas en puestos de decisión tecnológica se inició en 2001 con el nombramiento de Amparo Moraleda como presidenta de la filial española de IBM. Ella tiró la puerta. Detrás entró el resto. Un año más tarde, Rosalía Portela alcanzaba una dirección general en la patriarcal Telefónica, y Rosa García, la presidencia de Microsoft en España. Y así sucesivamente.

¿Por qué ahora? ¿Por qué estas mujeres han logrado llegar a la cumbre en las tecnológicas? María José Talavera esgrime una teoría: “El sector de las nuevas tecnologías dio su salto adelante a comienzos de los 80, justo al tiempo que la mujer se incorporaba a la universidad. A partir de ahí, nos hemos desarrollado en paralelo. En otros sectores con más solera, como la banca, a las mujeres les ha costado más llegar alto, porque había un lobby masculino imposible de saltarse. En las nuevas tecnologías nos hemos hecho mayores juntos. Algunas hemos logrado alcanzar los puestos de dirección. Ahora debemos tirar del resto”.

Estas nueve ejecutivas no responden a un perfil específico. Pertenecen a tres generaciones. Llegaron a la tecnología sin referencias, aprendieron rápido, se enamoraron de ese universo de infinitas posibilidades y han hecho bien su trabajo. Su aproximación a las tecnologías ha sido distinta a la de los hombres, más práctica, menos abstracta, más basada en el factor humano, en la intuición y la psicología. Su idea básica es que la tecnología solucione los problemas de la gente; que sea eficiente, innovadora, sostenible y con una repercusión directa en la creación de ciudades más habitables y empresas más eficientes; en la medicina, la enseñanza, la energía, las infraestructuras y la calidad de vida. Luego, ellas venderán esos productos en un mercado en el que, como explica Helena Herrero, “el 70% de la decisión de compra lo tienen las mujeres y eso se tiene que trasladar al mundo de la empresa a la hora de decidir quién manda”. Como explica Rosalía Portela, “para dirigir una empresa tecnológica no hay que ser un experto en tecnología, hay que entender al consumidor. Hay que tener visión comercial. Y ahí nosotras aportamos una nueva manera de dirigir unos negocios que antes eran excesivamente técnicos. El que sabe de tecnología te dice adónde vas; nosotras sabemos adónde va el cliente. Ese es nuestro poder”.

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