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La jornada continua de la discordia: “El colegio no da información sino propaganda”

Las madres, que son las más afectadas por el horario intensivo en la escuela, explican cómo se está implantando el nuevo modelo, sus motivaciones y consecuencias

Jornada escolar continua
Alicia González y su hijo, frente al colegio con jornada continua del barrio de Villaverde, en Madrid, donde estudia el niño.Álvaro García
Ignacio Zafra

El colegio de primaria Primer Marqués del Turia, un centro público de Valencia con buena fama por su proyecto pedagógico, se vio envuelto hace unos años en una polémica inusual. El hotel de cinco estrellas que tiene al lado llevó a los tribunales la ampliación de su pequeño patio porque las voces de los niños molestarían a su clientela. Los jueces desestimaron la demanda, el patio creció hasta situarse a 15 pasos del hotel y este jueves, desde la calle peatonal que los separa, podía oírse el alboroto inconfundible del recreo. El colegio vive estos días un nuevo enfrentamiento, esta vez interno, por la implantación de la jornada continua. El cambio ha dividido al centro y resume varios de los elementos que caracterizan la nueva ola expansiva de este tipo de horario, que concentra las clases de 9.00 a 14.00, sin apenas descanso. La jornada intensiva ya es hegemónica en la mayoría de comunidades, y los conflictos se concentran ahora en los territorios que hasta hace unos años se le habían resistido: Madrid, la Comunidad Valenciana, Navarra, Cataluña y Euskadi.

Una investigación publicada esta semana por el Centro de Políticas Económicas de la Escuela de Negocios Esade ha puesto sobre la mesa que la jornada continua, además de ser negativa para el alumnado, tiene un fuerte impacto económico en las familias, sobre todo en las madres, que ganan de media 1.850 euros brutos anuales menos que aquellas cuyos hijos van a colegios con horario completo. El tipo de jornada que solía ser habitual y que organiza las clases de 9.00 a 16.00 o 17.00, con una pausa en medio para el almuerzo. Implantado por primera vez en los años ochenta en Canarias, hoy el 73% de los niños estudian con el horario compacto, que se concentra sobre todo en la red pública. El caso de siete madres, las más afectadas laboralmente por el nuevo modelo, muestra cómo se está produciendo el cambio, sus motivaciones y consecuencias.

Fachada del colegio de primaria Primer Marques del Turia de Valencia por el lado del patio ampliado.
Fachada del colegio de primaria Primer Marques del Turia de Valencia por el lado del patio ampliado.

Las familias del colegio Primer Marqués del Turia aprobaron por votación el 11 de abril adoptar la jornada continua a partir del próximo curso. El mismo día lo aprobaron 99 centros valencianos más y lo rechazaron 103. El proceso para decidirlo fue parecido al que están utilizando el resto de comunidades donde aún no es hegemónico: lo propone el profesorado del centro, si el consejo escolar lo acepta se somete a votación de las familias, y para salir adelante requiere el apoyo de una mayoría reforzada del censo, que va del 55% en el caso valenciano al 66% en Madrid. Una vez implantado, la jornada continua es, en la práctica, irreversible, porque para cambiarla sería necesario el visto bueno del consejo escolar, donde los docentes, muy partidarios del horario compacto porque facilita su conciliación, son mayoría. Si el resultado de la consulta es negativo, en cambio, sus partidarios pueden volver a impulsarla al cabo de tres o cuatro años. Un desequilibrio que hace que, con el sistema actual, su avance parezca inexorable.

Un grupo de padres del Primer Marqués del Turia ha impugnado la votación de su centro que, según Ana Manzanera, una de las recurrentes, se llevó a cabo sin un mínimo debate por parte de la comunidad educativa. “La dirección hizo una reunión que no fue informativa, presentando los pros y contras de cada horario, sino propagandística. Nos dijeron, por ejemplo, que la jornada continua mejora el rendimiento del alumnado. Algunas madres preguntaron si algún estudio científico lo demostraba, pero no contestaron”. Las investigaciones disponibles sobre el efecto académico de la jornada intensiva no son concluyentes, pero los que hay indican lo contrario de lo que según Manzanero afirmaron las responsables del colegio (y sostiene también una presentación sobre la jornada continua colgada en la web del centro). La dirección ha declinado ofrecer su versión para este artículo. En general, la ausencia de investigaciones rigurosas sobre los beneficios de la jornada intensiva resulta palmaria, frente a un número cada vez mayor de las que la desaconsejan por motivos socioemocionales, de salud y de igualdad social.

La veintena de padres que han recurrido la votación en el Primer Marqués del Turia han alegado diversas irregularidades. Entre ellas, la composición de la mesa electoral y el hecho de que hubo progenitores que votaron supuestamente por sus parejas pese a prohibirlo la normativa. “Es una pena, porque esto ha generado una división entre las familias que no existía”, comenta Manzanero. Se contabilizaron 199 votos a favor de un censo de 318, el 61,6% del total. La Consejería de Educación está analizando el proceso. Si no lo revoca, desde septiembre las clases acabarán a las dos y los niños podrán permanecer gratuitamente hasta las cinco a cargo de los monitores del comedor. Algunas madres, como Raquel, tienen claro que no los dejarán: “Yo trabajo y no puedo quedarme con mi hijo por la tarde, pero quiero que aprenda y haga actividades interesantes, no que se pase la tarde pintando mandalas, así que ya he buscado una academia privada para llevarlo a las 15.30. Me costará 150 o 200 euros mensuales que estoy dispuesta a pagar por el bien de mi hijo”.

Expertos que han estudiado la evolución de la jornada continua durante décadas, como el sociólogo Mariano Fernández Enguita, aseguran que en los centros que implantan la jornada continua se produce una tendencia a la degeneración de las actividades no lectivas que se ofrecen tras finalizar las clases a las 14.00. Un círculo vicioso por el cual la progresiva marcha de niños, cuyos padres prefieren recogerlos para que se queden con ellos o llevarlos a actividades fuera del colegio, hace que cada vez sea más difícil sostener económicamente la permanencia de quienes se quedan en el colegio. Sobre todo en centros no muy grandes, esto acaba produciendo que parte de los colegios cierren justo después del comedor o incluso que pierdan este servicio.

“Nos lo pintaron muy bonito”

En el colegio de Alzira, Valencia, al que van las dos hijas de Merche la jornada intensiva se implantó pocos cursos antes de la pandemia. “Nos lo pintaron muy bonito, con extraescolares como teatro, cinefórum, reciclaje... y no fue así. De hecho, los talleres salieron tan mal que al año siguiente los quitaron y ahora no hacen ninguna actividad. Les dan fotocopias para que pinten, juegan a juegos de mesa o estudian por su cuenta”. De la clase de una de sus hijas solo se queda una compañera, de la otra, dos.

El horario compacto conviene a una parte de las familias o de lo contrario, argumentan sus partidarios, no crecería tanto. Elena Escudero, cuyas dos hijas estudian en un colegio de Alicante, ofrece una clave: “Mis hijas están encantadas. Cuando las recojo salen habiendo jugado un rato y con los deberes hechos, así que no tienen que ponerse a hacerlos cuando llegan a casa reventadas después de ir, fuera del colegio, a las clases de inglés, danza o gimnasia”.

“Como persona y mujer me ha limitado mucho”

Las razones de Alicia González, vecina de Villaverde alto, uno de los barrios con menor renta de Madrid, para apoyar la jornada fueron más imperiosas. Los recortes del Ejecutivo regional tras la anterior crisis económica hicieron que su primera hija perdiera la beca del comedor. Y ella empezó a llevársela a comer a casa para ahorrar. Su colegio todavía tenía jornada completa, así que Alicia la llevaba al centro a las nueve, la recogía a las doce y media, le daba de comer, la volvía a llevar a las dos y media y la recogía otra vez por la tarde. Hacía el trayecto ocho veces al día acompañada de su nuevo bebé. “Era horroroso. Con la jornada continua en ese sentido me liberé, porque ahora solo voy a las nueve y a las dos. Pero también es verdad que a la hora de trabajar y hacer cursos de formación me ha limitado mucho. Me vendría muy bien usar el comedor, pero es muy caro”. El menú escolar cuesta 4,88 euros al día. Y la familia de Alicia vive de los 1.200 euros al mes que gana su marido.

“Los trabajos que he tenido estos dos últimos años han sido de noche”, añade, “para poder estar con los niños de día, y el curso de formación que voy a empezar ahora lo he tenido que buscar por la tarde. Como persona y como mujer me ha limitado mucho”.

Dos hermanas, decisiones opuestas

Las hermanas Pilar y Beatriz Ramos viven en Las Tablas, un barrio residencial del norte de Madrid, y han tomado decisiones distintas que reflejan otras de las preocupaciones que orbitan en torno a la jornada escolar. La primera defiende la jornada continua del colegio público de su hijo: “Los niños tienen que jugar, y terminando a las cinco de la tarde no les da tiempo a nada. Yo tengo la suerte de que mi trabajo se adapta a ese horario”. Pilar es protésica dental y trabaja en una multinacional en turnos de seis de la mañana a dos del mediodía, o de diez de la noche a seis de la mañana. Su hermana Beatriz lleva a sus hijos a un colegio concertado movida, en parte, por su horario: “Me interesa que sea de nueve a cinco porque si salen a las dos no van a aprovechar la tarde para estudiar ni trabajar para el cole, sino para hacer el vago y estar tirados en la cama o el sofá, con el móvil o mirando YouTube. Prefiero que salgan a las cinco, vengan, merienden y se vayan a fútbol o a otra extraescolar”.

“Yo creo”, añade por su parte Mari Carmen Morillas, presidenta de la federación de familias Fapa-Madrid Giner de los Ríos, “que no hay que pensar solo en lo que le viene mejor a una familia o a otra, sino también en el bien común. Y a la vista de los informes que vamos conociendo, parece claro que este no es un debate que debiera recaer solo en la comunidad educativa”.

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Sobre la firma

Ignacio Zafra
Es redactor de la sección de Sociedad del diario EL PAÍS y está especializado en temas de política educativa. Ha desarrollado su carrera en EL PAÍS. Es licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia y Máster de periodismo por la Universidad Autónoma de Madrid y EL PAÍS.

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