Opinión
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Mitologías e inmovilismo pedagógico

Hemos escuchado hasta la náusea que está todo en Internet, que los contenidos han de llegar en la universidad, que hay que gamificar las clases, etcétera

Un estudiante del instituto público Simone Veil de Paracuellos del Jarama, Madrid, en junio.
Un estudiante del instituto público Simone Veil de Paracuellos del Jarama, Madrid, en junio.Sebastián Mariscal / EFE

Por razones que no vienen al caso, he tenido que leer a muchos filósofos que tuvieron que presenciar e interpretar el paso del tardofranquismo a la democracia. En un libro de sociología lingüística de José Luis L. Aranguren (La comunicación humana, Tecnos, 1986), he leído unas palabras que me han llamado la atención: “Si el lenguaje ―es decir, el pensamiento, es decir, el comportamiento― no se renueva, el país de que se trate va quedando rezagado. La escolástica, de cualquier clase que ella sea, la rutina en la aplicación de los métodos y los contenidos pedagógicos, la inalterable vigencia de unas mismas recetas literarias y la incansable repetición de viejos tópicos políticos, constituyen la más inequívoca prueba de que la lengua y el país que la habla han perdido el dinamismo en que consiste la civilización.”

Todos hemos escuchado hasta la náusea esos tópicos putrefactos: que está todo en Internet, que estudiar es malo o contraproducente, que la mal llamada equidad pasa por delante de la transmisión de cultura, que los contenidos han de llegar en la universidad (para el que pueda pagarla, claro, y complicado si uno prácticamente no sabe leer), que la memoria no sirve para nada, que el profesor es un mero presentador o animador, que hay que gamificar las clases, etcétera, etcétera. Tópicos pseudorrevolucionarios que permiten, al que no quiere pensar, dibujar un paraíso en la Tierra totalmente alejado de la realidad de las aulas españolas, en las que se hace de todo menos leer y aprender.

Ésa es la escolástica que nos impide repensar nuestra economía y hacer libres a nuestros jóvenes, libres para escoger su camino y obligarnos a que los adultos escuchemos su visión del mundo. Los atamos a nuestros dogmas, a nuestras creencias tecnocráticas y a nuestro clasismo. Hace más de cuarenta años que nos repetimos recetas educativas que nos conducen al fracaso. No somos capaces de más. Pero una democracia no es un decorado de democracia, en el que las palabras “inclusión”, “excelencia” o “igualdad” no sean poesía desoída. Hacen falta recursos económicos, voluntad política real para transformar la escuela pública en un factor de reforma. No valen las palabras bonitas, hacen falta hechos, y hace falta sentido común, antiutopismo. Aranguren diría que ha faltado “pensamiento”, es decir “comportamiento”. No basta con pintar figurines democráticos sobre el papel ni con imaginar utopías antihumanistas: hace falta informar y liberar a nuestra juventud de la escolástica idiotizante que la aparta del camino democrático.

Más adelante, Aranguren añade: “De la admiración por la tecnología ha surgido el mito tecnocrático, total y asépticamente desideologizado, y de la sed de información, su mixtificación que, abierta o disimuladamente, la deforma y convierte en propaganda”. La profecía es exacta: leemos las leyes educativas, las normativas y los materiales de toda clase de fundaciones: no son más que marketing. Diseñan un paraíso religioso, cuando el docente, machaconamente, se encuentra cada inicio de curso con lo mismo, en muchos casos: 30 jóvenes hacinados en un aula sin wifi, condenados a sufrir escupitajos, odio racial y de género, y absolutamente ninguna perspectiva de escapatoria humanística.

Llama la atención que ni padres ni docentes no hayan sabido organizarse para construir santuarios de sabiduría, refugios para que la transmisión de ciencia y cultura pueda pasar de una generación a otra, ni que sea entre una minoría de disidentes discretos.

En Cara y cruz de la electrónica (Espasa-Calpe, 1985), Julián Marías nos recordaba dos cosas fundamentales: en primer lugar, que los datos no eran conocimiento; y, en segundo lugar, que el mundo digital era una herramienta básica, pero no un sujeto que fabricara saber. Eso lo hacen los pensadores y los profesores, hoy apartados de las aulas por economistas y burocracias diversas. También nos recordaba que los seres humanos no somos cosas, y que para educar hacen falta personas comunicándose en un aula.

A la luz de todas viejas advertencias, parece mentira que hayamos podido caer tan bajo, confinados en trampas antidemocráticas, durante tanto tiempo, y que ni siquiera nos demos cuenta.

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