Efectos de la inflación: vivir con subidas desbocadas en Turquía y precios anémicos en Japón

La guerra de Ucrania dispara los precios en Turquía, mientras la economía nipona puede poner fin a dos décadas de estanflación

Un hombre paga en un puesto de un mercado en Estambul, en Turquía, el 16 de febrero.
Un hombre paga en un puesto de un mercado en Estambul, en Turquía, el 16 de febrero.NurPhoto (NurPhoto via Getty Images)

El cliché romanticón “te quiero más que ayer, pero menos que mañana” se podría aplicar perfectamente a los precios en Turquía: han subido hoy, mañana lo harán aún más. El país está inmerso en una espiral inflacionaria cada vez más desbocada —54% anual según cifras oficiales, más del doble según cálculos independientes— que amenaza con hacer inservibles las meritorias cifras de crecimiento del PIB registradas por Turquía (1,8% en 2020 y 11% en 2021) y está trastocando la producción y los hábitos de consumo: el que tiene compra deprisa, antes de que suban los precios; el que no, recorta los gastos menos esenciales, e incluso esos mismos.

“Si vas a escribir algo, basta decir que todo va muy mal. Todo está parado, no hay ventas”, dice tajante el dueño de una pequeña tienda de ultramarinos que no quiere dar su nombre ni añadir mucho más para no meterse en líos. Unas calles más allá, un barbero lo corrobora: “El negocio está demasiado tranquilo”. Donde sí hay movimiento es en el mercado semanal de verduras y otros productos frescos de las calles aledañas en este barrio de clase trabajadora del centro de Estambul. Porque no hay más remedio que comprar para comer. Sin embargo, también ahí se nota la crisis, dice Mahmut, que regenta un puesto de frutas: “Antes nos llegaban dos camiones de mercancía, ahora solamente un camión y cuesta venderlo”.

Esta realidad choca frontalmente con lo que se vive en otra parte del mundo: en Japón. “Hay cuatro tipos de países en el mundo: desarrollados, en vías de desarrollo, Argentina y Japón”, sentenció el premio Nobel de Economía de 1971, Simon Kuznets, en referencia a que las macroeconomías de los dos últimos no se comportan como el resto. Incluso aunque la pandemia ha hecho tambalear los mercados, el coste de los productos en Japón lleva años sin apenas inmutarse y el objetivo de inflación del 2% que el banco central fijó como meta para la estabilidad de precios en 2013 ha estado siempre lejos de alcanzarse. Algunos analistas opinan, sin embargo, que esa tendencia podría estar a punto de cambiar. El terremoto inflacionario que ha tenido como epicentro el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania ya ha tenido réplicas que amenazan con extenderse más allá de lo imaginable: incluso la tierra del sol naciente se perfila como un blanco vulnerable, donde la baja inflación ha reinado durante dos décadas.

“La causa principal de que la inflación se haya mantenido en niveles tan bajos es la pobre demanda doméstica ante un exceso de la oferta. Esto ha provocado que las expectativas de inflación a largo plazo se hayan mantenido entorno al 1% durante los últimos 20 años”, apunta Kohei Iwahara, investigador económico de Japón de Natixis. Para los economistas, la inflación, en pequeñas dosis, activa los motores de la economía: aumenta los beneficios de las empresas, los salarios y, por ende, estimula el crecimiento. Si la población espera que los sueldos aumenten, consentirá un aumento de los precios, pero, de no existir esa expectativa, se conformará con honorarios estancados y no aceptará el encarecimiento de los productos.

El problema es el exceso, una línea que se ha atravesado con creces en Turquía. “Todo está carísimo”, se lamenta Fatma, mientras arrastra un par de bolsas de verduras a la cola de una panadería municipal, que pese a vender las barras a precios subvencionados también ha tenido que subirlas un 60% en los últimos dos meses debido al incremento en los precios de la harina: “¿Qué podemos hacer? Solo rezar para que los precios bajen”.

Aunque el salario mínimo turco, que cobran casi la mitad de los 15 millones de trabajadores del país con contrato, se ha incrementado este año un 50% hasta las 4.253 liras (unos 270 euros), es difícil cuadrar las cuentas de una familia con dicho sueldo. O con la pensión de unas 3.000 liras (190 euros) que cobran millones de jubilados turcos. Según los datos del Centro de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad de Bahçesehir, los alquileres en Estambul han doblado su precio durante el último año y se sitúan en una media de 3.500 liras para un apartamento de 80 metros cuadrados (en toda Turquía el incremento de los alquileres ha sido del 78%). Mantener caliente la casa en los meses de invierno se lleva otras 500-1.000 liras, después de los incrementos en la factura decretados por la empresa estatal de distribución de gas. También ha subido la electricidad, el agua y las telecomunicaciones, y todavía falta por incluir en la ecuación la comida. De acuerdo con los cálculos del sindicato mayoritario Türk-Is, en enero, el umbral de la pobreza para una familia de cuatro miembros se situaba en 13.843 liras, de las que un tercio debería dedicarse a alimentación.

Inflación en Turquía según diferentes índices

Engin, jubilado, es fijo del mismo puesto de hortalizas cada semana y es capaz de recitar los cambios de precio de cada producto como si fuese una web de cotizaciones: “Los tomates han bajado cinco liras respecto al martes pasado, pero los pimientos han pasado de 20 a 40, las berenjenas también han subido”. Incluso las calabazas, que son todavía de temporada, y las alcachofas, que empiezan a llegar. “De la comida no puedes cortar gastos, pero nosotros ya no nos permitimos ningún lujo. Tengo un coche, lo tengo aparcado y lo miro desde la ventana, porque me da miedo arrancarlo con la gasolina a 20-22 liras el litro. Es enloquecedor”.

El precio de los combustibles también se ha convertido en un drama en Turquía: primero fue por el hundimiento de la lira (cayó un 45% el año pasado y un 7% en lo que va de 2022) a raíz de la polémica política monetaria del Gobierno. Luego, se le añadió el alza del precio del crudo y el gas por el conflicto en Ucrania. Llenar el depósito cuesta 2,5 veces más ahora que el pasado octubre y cada semana se anuncian nuevas subidas —incluso hasta dos veces por semana— lo que provoca inmensas colas en las gasolineras de quienes tratan de adquirir combustible antes de que los precios se actualicen al llegar la medianoche. Colas que no se veían desde los setenta, cuando Turquía, además de afrontar las crisis del petróleo, sufría un embargo por su invasión de Chipre.

“El depósito de mi tractor tiene 150 litros de capacidad y ahora me cuesta más de 3.000 liras llenarlo, y solo me dura para unas 12 horas de trabajo”, se queja por teléfono Süleyman Iskenderoglu, agricultor y directivo de la Cámara Agrícola de Yenisehir, en la provincia sudoriental de Diyarbakir: “¿Cómo vamos a trabajar así? ¿Cómo vamos a producir?”.

Cambio de ciclo en Japón

Tras la llegada al poder del primer ministro Shinzo Abe en 2012, Japón se embarcó en un experimento de estímulo monetario y fiscal ambicioso a través de la compra de un volumen muy elevado de activos públicos y privados que han llegado a situar el balance del Banco de Japón por encima del 100% del PIB. Según datos de Bloomberg, el banco central japonés es el mayor propietario de acciones corporativas del país, con 434.000 millones de dólares en reservas. “Pese a los esfuerzos del Banco de Japón, las empresas no se han interesado en invertir por el exceso de producción. Estamos ante un caso en el que las compañías ahorran en lugar de convertirse en prestatarios”, asevera Iwahara.

Así, los precios anémicos en el país han sido una constante. “Aunque la subida de los precios de las materias primas ha elevado el coste de las importaciones, las empresas japonesas se han mostrado cautelosas a la hora de trasladar ese recargo a sus clientes. De esta manera, han contenido la inflación general del IPC a pesar de que se han reducido sus propios beneficios”, comenta. “La inflación se sitúa por debajo del 0,5%, mucho menor que en España (6,2%). La inflación subyacente [en la que se excluyen los productos energéticos y los alimentos frescos] es incluso más baja (-1,1%). Es completamente diferente a lo que ocurre en la eurozona o Estados Unidos [en España es del 2,4%]”, añade Iwahara. Joshua K. Hausman, profesor de Economía en la Universidad de Michigan, especializado en Japón, considera que otros factores a tener en cuenta son la mentalidad deflacionista de los japoneses y la cultura del trabajo y consumo: “Tanto los consumidores como las empresas tienen asumido que los precios no se van a encarecer. Pedir un aumento de sueldo o un ascenso es prácticamente un tabú, y no es tan frecuente cambiar de trabajo como lo puede ser en Estados Unidos”.

Sin embargo, ahora, tras la pandemia y en pleno ataque ruso sobre Ucrania, algo parece haber cambiado. A pesar de que la economía japonesa aparentaba estar blindada ante la inflación, desde hace un mes, los ciudadanos de a pie han empezado a percibir un encarecimiento de los productos, principalmente debido al precio desorbitado que ha alcanzado el combustible a nivel mundial. El 24 de enero el precio en el surtidor alcanzó su valor más alto en 13 años (170 yenes por litro, unos 1,17 euros). En consecuencia, el IPC en febrero aumentó un 0,6%, el ritmo más rápido en dos años.

Hiro, residente en Tokio ya jubilado, comenta que las empresas productoras han empezado a hacer ciertos cambios sutiles para subir precios: “Un paquete de 800 gramos de mi granola favorita solía costar unos 500 yenes. Ahora, han reducido el gramaje a 750, pero mantienen el precio. Desde el 8 de marzo, Lawson, una de las tres principales cadenas de supermercados, ha aumentado el precio de 50 de sus productos más populares, incluido el sándwich de huevo. De 228 yenes, ahora cuesta 246″. Tanto Iwahara como Hausman coinciden en que probablemente el encarecimiento del combustible a nivel mundial contribuya a que Japón alcance este año ese objetivo de inflación del 2%. No obstante, apuntan, será algo temporal. “Si asumimos que la guerra se resolverá pronto, creo que la inflación se mantendrá baja y que no veremos aumentos en el sueldo nominal de los japoneses”, agrega Iwahara. Además, Japón no depende tanto energéticamente de Rusia como otras potencias europeas. La duda es cuánto durará el conflicto.

Amenaza a la agricultura turca

Los problemas en la cadena de suministros global, que han disparado los precios en todo el mundo, se han visto agravados en Turquía por la insistencia del Gobierno en bajar los tipos de interés contra viento y marea, lo que ha terminado por hundir la lira y esto, a su vez, ha elevado enormemente los costes de importación de toda una serie de insumos esenciales para la economía turca: materias primas, energía, maquinaría, e incluso semillas y fertilizantes para la agricultura. El país euroasiático ha sufrido constantes crisis inflacionarias a lo largo de su historia reciente, pero nunca de este calibre en el precio de los alimentos (65% en el último año), según el analista económico Mustafa Sönmez. “Tenemos un problema de producción de alimentos, porque el Gobierno ha abandonado el campo. La superficie cultivada se ha reducido y también la producción, pese a que aumenta nuestra población. La media de edad de los agricultores es de 55 años, mientras los jóvenes del campo emigran a la ciudad a trabajar en la construcción”, explica. Esto ha obligado a importar alimentos del exterior: carne de Uruguay y Brasil; trigo, soja, maíz y aceite de girasol de Rusia y Ucrania, compras que ahora se ven en peligro a causa de la guerra iniciada por Vladímir Putin.

Ante la apreciación del aceite de girasol de casi un 20% en los últimos dos meses y la amenaza de que siga subiendo, el fin de semana miles de turcos se lanzaron a los supermercados a aprovisionarse, provocando escenas caóticas en las cajas y dejando estanterías vacías. El ministro de Agricultura, Vahit Kirisçi, aseguró que “hay suficientes reservas de aceite de girasol” y el Ministerio del Interior ha abierto investigaciones sobre quienes difunden “informaciones falsas” sobre una posible escasez. Pese a ello, parte del daño ya estaba hecho.

La realidad, según denuncia Iskenderoglu, es que los agricultores están con el agua al cuello. “Estamos endeudados con los bancos y las cooperativas. Muchos no se pueden permitir los precios de la electricidad para regar o les cuesta comprar semillas. El precio de los fertilizantes se ha multiplicado por cinco y conozco a agricultores que no están echando”. Eso, augura, reducirá la próxima cosecha de trigo hasta en un 25%, en un año que se preveía de recuperación tras la sequía extrema del pasado año. Unido a la dificultad de importar trigo de Ucrania, podría hacer que el pan doble su precio en los próximos meses.

“La sociedad está soportando una pesada carga, porque los salarios no se han actualizado como los precios”, explica Veysel Ulusoy, profesor de Econometría y director del Grupo de Estudios sobre la Inflación (ENAG). Ulusoy y su equipo analizan diariamente la evolución de los precios de la misma cesta de productos que utiliza el Instituto de Estadística de Turquía (TÜIK) y sus cálculos sobre la inflación difieren sustancialmente de la cifra oficial. En febrero, según ENAG, los precios fueron un 124% superiores al mismo mes del año pasado, y no un 54%, como afirma TÜIK. En su defensa —su grupo está siendo investigado por orden del Ministerio de Economía— arguye que el Índice de Precios de Productor oficial está en niveles similares al que ellos calculan, y los productores están trasladando rápidamente estos incrementos en sus costes al consumidor. “Si no lo hiciesen, irían a la quiebra”, opina Ulusoy, que además es pesimista sobre la evolución de los precios, que no cree que desciendan significativamente antes de final de año: “Esto va a provocar que mucha gente pierda sus estándares de vida y que la economía se ralentice, porque el 60% de nuestro PIB depende del consumo”.

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