Una transición hacia valores ecológicos

A pesar de los proyectos en materia climática, economía circular y biodiversidad, los datos muestran, en el Día Mundial del Medio Ambiente, que las emisiones de CO2 han aumentado, la cantidad de residuos generados es mayor y seguimos perdiendo biodiversidad y capital natural

Un niño abraza un árbol para celebrar el Día Mundial del Medio Ambiente, en el bosque de Gokarna, en Katmandú (Nepal) / NARENDRA SHRESTHA (AP)
Un niño abraza un árbol para celebrar el Día Mundial del Medio Ambiente, en el bosque de Gokarna, en Katmandú (Nepal) / NARENDRA SHRESTHA (AP)

En el Día Mundial del Medio Ambiente (5 de junio), podemos ver con optimismo la vuelta de Estados Unidos al Acuerdo de París y la apuesta junto con China de abordar con seriedad y urgencia la crisis climática. Estamos dando un paso adelante y ya no nos dedicamos solo a hacer sesudas reflexiones sobre los distintos impactos que el estilo de vida del Primer Mundo está causando en el medio ambiente, sino que estamos planificando y legislando para mantener el Estado del Bienestar dentro de los límites del planeta. Pero son pasos muy pequeños y sin la velocidad que se necesita. Si miramos los datos, aun cuando en los últimos diez años hemos asistido a un desarrollo prolijo de normativas, estrategias, planes y proyectos, tanto en materia climática como de economía circular y de biodiversidad, los datos nos muestran que, en vez de disminuir, las emisiones de CO2 han aumentado, la cantidad de residuos generados es mayor y seguimos perdiendo biodiversidad y capital natural.

Tras muchas cumbres mundiales y muchos días mundiales del medio ambiente, los problemas sociales y ambientales, lejos de solucionarse, se han agravado. Y así vemos cómo el PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente), en su último informe de 2020, concluye que “el bienestar de los jóvenes de hoy y de las generaciones futuras depende de una ruptura urgente y clara con las tendencias actuales de deterioro ambiental. La próxima década es crucial. La sociedad debe alcanzar cero emisiones de CO2 para 2050, y al mismo tiempo conservar y restaurar la biodiversidad y minimizar la contaminación y los desechos”. Más allá de planes y proyectos, debemos conseguir impregnar nuestra sociedad y a nuestros ciudadanos y empresas de valores éticos ambientales. Sólo cuando la ética ambiental forme parte del ADN de la sociedad, conseguiremos hacer las cosas de otra forma y dejaremos de poner parches tecnológicos que, a la larga, terminarán por manifestarse insuficientes.

Quizás en ese momento, en el Día Mundial del Medio Ambiente celebraremos los éxitos que estamos logrando, en vez lamentar lo malas que son las empresas, la pérdida de biodiversidad y la injusticia ambiental que reina en el planeta. No debemos olvidar que muchos de los que se lamentan son parte del problema, y que mientras sigamos mirando los problemas socioeconómicos dando la espalda a los ecosistemas en los que se sustentan las poblaciones, solamente avanzaremos por un camino equivocado. Existe consenso de que la época actual exige maneras distintas de pensar. Al menos nos obliga a dirigir nuestra atención hacia hechos que, o bien siempre han estado ahí, pero pasaban desapercibidos para nosotros, o son novedosos por ser consecuencia inevitable de los recientes avances de la tecnología.

En el centro de los cambios transformadores, necesarios para un futuro sostenible, se encuentran los sistemas de gobernanza informados, justos y participativos

Debemos ser conscientes de que, al hablar de medio ambiente, establecemos vínculos entre los elementos naturales y otras áreas del conocimiento. A mediados del siglo pasado, Aldo Leopold se refería a este hecho como una ‘Ética para la Tierra’, entendiendo esta como un estadio evolutivo de la filosofía moral, que incluyera el tratamiento de la relación entre el ser humano y la naturaleza. Setenta y tres años después la ética ambiental no se ha integrado en los valores comunes ciudadanos. Urge redefinir nuestra actitud hacia el medio ambiente, lo cual implica un cambio profundo en nosotros mismos, en nuestras creencias y estilos de vida. Preguntas antes irrelevantes como cuestiones relacionadas con nuestros hábitos alimenticios, medios de producción y sistemas de consumo entre otras, pueden considerarse ahora de una fuerte incumbencia moral. Fue el médico, teólogo y premio Nobel Albert Schweitzer quien expuso que “el gran error de toda ética ha sido, hasta ahora, el de creer que debe ocuparse sólo de la relación de los seres humanos con otros humanos”, y comenzó a marcar la necesidad de desarrollar una ética ambiental para el ciudadano.

Entramos en una era en la que debemos tener una nueva forma de ver el mundo. Las emergencias ambientales y el bienestar humano deben abordarse juntos para lograr la sostenibilidad. Los sistemas económicos, financieros y productivos pueden y deben transformarse para liderar e impulsar el cambio. La sociedad debe incluir el capital natural en la toma de decisiones, eliminar las subvenciones perjudiciales para el medio ambiente e invertir en la transición hacia un futuro sostenible. Toda la sociedad tiene un papel que desempeñar en la nueva relación de la Humanidad con la naturaleza. La gobernanza es clave para empoderar a las personas para que se expresen y actúen de manera responsable con el medio ambiente, sin dificultades indebidas ni abnegación. En el centro de los cambios transformadores, necesarios para un futuro sostenible, se encuentran los sistemas de gobernanza informados, justos y participativos, en los que todas las partes interesadas relevantes tengan voz.

La era posterior al Covid-19 puede brindar una oportunidad para estimular el desarrollo de una nueva gobernanza que haga trascender los límites de la responsabilidad y la autoridad entre individuos, así como entre organizaciones y gobiernos, haciendo crecer en el ciudadano una ética para la tierra, tal y como hacer setenta y tres años nos propuso Aldo Leopold, que nos permita desarrollar un Estado del Bienestar en armonía con los ecosistemas y un sistema de productivo respetando los límites del planeta.

*José Luis de la Cruz Leiva es coordinador de Sostenibilidad de la Fundación Alternativas

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