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Lo que falta en Grecia

La austeridad agravó la crisis, no la creó. Asegure ahora la UE una mayor inversión

El ministro de Finanzas griego, Euclid Tsakalotos, junto a sus homólogos de Alemania y Francia y el comisario del ramo, Pierre Moscovici.
El ministro de Finanzas griego, Euclid Tsakalotos, junto a sus homólogos de Alemania y Francia y el comisario del ramo, Pierre Moscovici. AP

Que la austeridad indiscriminada agravó la crisis de Grecia desde 2010, es poco discutible. Que su exclusión de los mercados financieros durase ocho años y confirmase el error procíclico recesivo es de cajón. Que el brutal alcance de la crisis socio-política derivada pudo evitarse parece la consecuencia lógica de todo ello.

Pero los errores de la receta europea constituyen solo parte del drama. No su origen. La enfermedad griega se gestó a nivel nacional. Por culpa del clientelismo de su dirigencia y por la inexistencia de un Estado moderno: no lo es aquél en que el fraude fiscal alcanza el 70% del IVA (en España, el 30%); que carece de registro de la propiedad (justo ahora empieza a abarcar un tercio de las fincas); en que proliferan por decenas los sistemas de Seguridad Social pública, con privilegios según sea el grupo de presión beneficiario, en vez de tener uno, único y universal.

Y además, no se olvide que se desplegaron en un contexto de Gran Recesión y de profusa especulación en los mercados.

Visto desde después, preguntémonos: ¿había otras alternativas? Algo, por ucrónico, imposible de verificar, aunque argumentable. La hubo: la del palo y tente tieso de los economistas ultraderechistas como el alemán Hans Werner Sinn, y profetas dudosamente progresistas, como Nouriel Roubini. A saber, la salida forzada de Grecia del euro, su retorno al dracma, el impago de la deuda (quita global) y su entrega al FMI.

Pequeño detalle: la vuelta a la divisa nacional no habría esquivado la devaluación (también salarial), el impago habría estigmatizado al país impidiendo su acceso a los mercados (a corto y medio plazo) y el apoyo solitario del FMI suponía descartar los 280.000 millones de euros en ayuda directa de la UE: aunque el grueso fuese a asegurar los intereses de los bancos alemanes y franceses, no todo se agotó ahí.

El contraejemplo es Argentina. ¿Fue más benigno su rescate de 2000 que el griego de 2010? Fue más duro y más largo. Y su crisis, recidivante, como se ha demostrado el pasado mayo.

Pero había otra alternativa: el mismo apoyo europeo, bien hecho. Iguales préstamos de los rescates de 2010, 2012 y 2015, pero en las mejores condiciones (tipos de interés bajos y plazos de amortización largos) del tercer rescate. La incompetencia griega, el egoísta cortoplacismo alemán y la inexperiencia de la UE (fue su 1929) lo impidieron.

El final del rescate griego no es el fin de su deuda (pasó del 146,2% del PIB al 178,6%), ni la recuperación automática de todo el PIB perdido (un 25%), ni de la brecha social (un tercio largo de la población en la pobreza), ni la sanidad de su banca (48% de créditos dudosos): el autorrescate seguirá por decenios. Pero sí la vuelta al crecimiento (1,4% del PIB en 2017) y al superávit presupuestario (0,8% del PIB), requisitos para todo ello.

La incógnita es ¿logrará Grecia cumplir las proyecciones de crecimiento y saneamientos asumidas? Son muy exigentes. Suponen que hasta 2060 deberá exhibir un superávit presupuestario primario (sin intereses de la deuda) del 2%. Y hasta 2022, ¡del 3,5%! Aunque cualquier revés puede impedirlo, el dato de 2017 promete: alcanzó un meritorio 4,2%.

Para consolidar esa senda es imprescindible apuntalar desde fuera el crecimiento. Y pues, la inversión. Una adaptación del Plan Juncker, o los planes más avanzados (y aplazados) de reforzar el euro mediante un fondo de inversiones para los países más vulnerables, se hacen urgentes. Deberían empezar por Grecia. Y así, además, la UE se rescataría de sus propios errores.

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