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ANÁLISIS

Preservemos el legado de Súper Mario

Urge una conjura para evitar que los halcones copen el BCE y rompan el activismo monetario

Mario Draghi, presidente del BCE, el lunes en Bruselas en una reunión del Eurogrupo.
Mario Draghi, presidente del BCE, el lunes en Bruselas en una reunión del Eurogrupo. AP

El episodio Guindos es notorio para la cartografía española de cargos. Pero una anécdota en la categoría europea que se juega a partir de ahora en el Banco Central Europeo (BCE).

El dilema se dilucidará en este bienio 2018- 2019 en que se renuevan cinco de los seis miembros del Comité Ejecutivo incluido, al final, el presidente Mario Draghi. Consiste en si se mantendrá su legado o se dilapidará.

Ese legado ha transmutado la esencia del BCE, de mero policía contra la inflación —según la planilla del Bundesbank— en otra cosa: en un verdadero banco central, un prestamista de última instancia.

Lo ha logrado con tres estrategias, combinadas. Una, la preservación de la integridad no divisible de la eurozona, mediante el socorro a los periféricos vulnerables: la declaración de “haré todo lo que sea necesario para preservar el euro”, y el conexo lanzamiento de las compras de deuda a los mediterráneos mediante las Outright Monetary Transactions, (OMT, que no hubo ni que ejecutar).

Dos, la expansión cuantitativa del balance (QE) mediante la agresiva compra de activos públicos, y privados, como la Reserva Federal.

Y tres, la drástica reducción de los tipos de interés del euro al umbral cero.

Este grandioso estímulo monetario es la causa de la recuperación económica europea. Casi exclusiva y solitaria, pues no hubo expansión presupuestaria, sino austeridad fiscal.

Nos jugamos mucho en esto. Imaginen dónde estaríamos si no hubiera ocurrido. Si Draghi, contra los halcones del Buba y su cruel parentela, no se hubiera agarrado a la coartada de que la política monetaria no se “transmitía” por igual a todos los países.

Solo así convenció para convertir al BCE en un banco central que asegura la liquidez cuando todas las fuentes se secan, como la old lady (el de Inglaterra) o la Fed. Y que en esa calidad propulsa crecimiento y empleo.

Conviene que la ciudadanía se movilice para evitar que los halcones se zampen las vísceras del draghismo y nos expongan a una crisis más severa cuando llegue la próxima recesión. ¿Cómo? Hay dos vías:

O cercenando el paso a los ultras mediante un cambio (o reinterpretación) de estatutos que eleve de estatus legal el objetivo del empleo. O tejiendo una conjura para que el sucesor de Súper Mario sea una paloma —francesa, o irlandesa...—, y no un depredador.

En Fráncfort no hay “pragmáticos” como afirmó el próximo vicepresidente para salir del paso: ese concepto es inane, o mera carencia de ideas. Solo hay duros y blandos, rígidos y creativos, reaccionarios y aperturistas.

Es verdad que una paloma como Janet Yellen inició la normalización de la política monetaria, desde la QE a su reducción (tapering) y el laxismo de tipos hasta su progresivo alza. Pero en cadencia suavísima.

Es eso lo que se discutirá cada mes en Fráncfort, durante dos años, sobre todo si la inflación repunta. Si no, un cierto alivio (ambiguo: necesitamos inflación): hasta 2020 seguirá, más/menos, el precio de derribo del dinero.