Reportaje:Gastronomía

¿El vino tiene sexo?

Más de un centenar de mujeres catan en la plaza de un pueblo segoviano

"No os asustéis. No somos un grupo de feministas", espetaba ayer a los hombres de Sacramenia la enóloga María Isabel Mijares, vicepresidenta de la Unión Española de Sumilleres, entre otros títulos profesionales. Frente a ella, un séquito de más de un centenar de mujeres llegadas de diferentes poblaciones de la provincia de Segovia alzaba sus copas en la IV Cata Nacional de Vino para Mujeres y I Internacional, por contar con la presencia de la sumiller uruguaya Adela Viscay. "Estamos aquí como una reacción femenina al descenso brutal del consumo de vino en España", continuó Mijares; "somos conscientes de que seguimos en el centro de la organización familiar y podemos influir culturalmente para que esta situación cambie".

Mijares llegó ayer a Sacramenia con la reivindicación subida. El día anterior había revisado los datos de consumo en España: por primera vez, han descendido por debajo de los niveles de países en desarrollo. "No puede ser que Uruguay, con una extensión vinícola similar a la región enológica más pequeña de España (unas 14.000 hectáreas) consuma 40 litros por persona y año, y nosotros estemos en los 17", explicaba a las mujeres que llenaban las hileras de mesas en la pequeña plaza de la iglesia de Santa Marina.

Tras ellas y a sus costados, como en las misas de antaño, los hombres miraban con resignación cómo sus esposas, hermanas o hijas degustaban ocho vinos. Pilar, en la primera fila y oriunda de Sacramenia, dirigía a su marido de un lado a otro. "Es el segundo año que venimos", contaba Pilar entre golpe y golpe de abanico en el pecho. Mariano era ayer el fotógrafo oficial. Estoico, aguantaba el calor mientras retrataba a su mujer, su hija Paloma y su nuera Anabel. "Mi hijo, David, es el que sirve los vinos", apostillaba orgullosa. "En mi casa se toma vino para comer y cenar; eso sí, con un poquito de gaseosa".

"Por suerte, el porcentaje de mujeres consumidoras de vino ha aumentado mucho en los últimos años", reconoce Elena Pacheco, menor de cuatro hermanas y gerente de Viña Elena, la herencia bodeguera de su familia en Jumilla (Murcia). "La mujer ha dejado de comprar según los gustos del marido, aunque todavía es muy habitual que cuando vas a un restaurante con un amigo o pareja le den la carta de vinos siempre a él".

Pacheco es una más de la generación de mujeres, como la catalana Meritxell Falgueras -responsable de la bodega Celler de Gelida y autora del libro Presume de vinos en 7 días-, que desde hace una década trata de devolver el vino a la cultura, al centro de la mesa, sin que sea necesario mirar la etiqueta del género o el sexo. "Este discurso está muy trasnochado", afirma Cristina Alcalá. La enóloga y sumiller cambió la sociología por los vinos; por eso, en su relato no solo se cuelan aromas y cepas, sino paisajes en los que la mujer ha estado presente desde la viña a la mesa: "Hay grandes vinos en España, los denominados clásicos, como los Ribera, que están elaborados por mujeres y el cliente no lo sabe". María José Monterrubio, sumiller y jefa de sala del Real Café Bernabéu, es más tajante: "El vino no solo no tiene sexo, sino que esta idea se ha convertido en un tópico similar al de que los hombres conducen mejor que las mujeres".

Las tres últimas narices de oro (nariz es la persona experta, en la jerga del sector) han sido mujeres. Los restaurantes españoles están comandados cada vez más por jefas de sala. Los sumilleres ya no son hombres mayores de gustos impenetrables. Las viñas y los laboratorios se llenan de expertas que olfatean en busca de la mejor uva. Porque, como dice la periodista gastronómica Mariana Jara (que realizó el curso de la Cámara de Comercio, por donde han pasado destacadas sumilleres madrileñas), "una golondrina no hace verano, pero está demostrado que físicamente las mujeres tenemos mayor capacidad para reconocer los aromas".

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0021, 21 de agosto de 2011.