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Una obsesión de ida y vuelta, según Rodrigo Rey Rosa

El escritor guatemalteco publica 'Severina', el amor improbable entre un librero y la ladrona que roba en su tienda

El insecto que vuela hacia la llama ignora el epílogo inevitable de su destino. Solo desea acercarse a la luz, sin saber que acabará quemado. El narrador de Severina (Alfaguara) seguramente sea más consciente del peligro que conlleva abandonarse a su obsesión por una clienta misteriosa de su librería. No obstante, no logra resistirse a la pasión destructiva que arrastra su vida hacia la de Severina y tiñe con un pincel siniestro e irrefrenable la última novela del escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa.

En una especie de síndrome de Estocolmo al cuadrado, Severina cuenta la historia de un hombre que acaba enamorándose de su peor enemigo. Un librero, loco por una ladrona de libros. El mundo al revés, hasta cierto punto. "Oscar Wilde decía que uno mata lo que ama. En este caso lo que amas te mata. Te libera y te destruye a la vez", explica Rey Rosa en el patio interior de un hotel madrileño. Así, la entrada de la mujer en la librería del narrador despierta en este una atracción fatal que va creciendo a lo largo de las 104 páginas de la novela. Espectro fugaz, Severina aparece y desaparece a su antojo, va y viene en la vida del hombre. Y siempre que se marcha, deja huellas tanto en el narrador como en las estanterías.

Siguiendo las pisadas de Severina, Rey Rosa se aventuró por el sendero que llevaba a la conclusión de su novela. "No sabía cómo acabaría el libro: prefiero imaginar mientras escribo. A veces piensas en una escena y luego la pluma te traiciona y te sugiere otra vía. Lo mejor es el camino, cómo se llega del principio al final", asegura Rey Rosa. Habla despacio el escritor, muy despacio. Cuesta entender cuándo ha acabado el concepto y es el momento para otra pregunta. Curiosamente, lo mismo le sucede a él con sus obras: "Es difícil saber cuándo dejar un libro, pero llega un tiempo en el que tienes que rendirte. Eso sí, al terminar siempre te sientes frustrado y liberado a la vez".

La frustración se debe al perfeccionismo del escritor. "Con más talento, más paciencia y más aplicación se podría haber hecho algo mejor", afirma Rey Rosa. Sin embargo el alivio de haber alcanzado la meta y la conciencia de haber cerrado una etapa son la recompensa por meses de tensión. O algo menos, como en el caso de Severina. "Escribía a todas horas, a mano y compulsivamente. Tardé más o menos un mes", recuerda Rey Rosa. Algo más le costó revisar las cruces que, cuenta, suele dejar al lado de expresiones que no le convencen. Terminado el pastel y puestas las guindas, solo quedaba guardarlo en la nevera. Allí se quedó Severina durante un año. "Es una buena práctica dejar descansar los libros. Los ves desde otra óptica", explica Rey Rosa.

"Al terminar una obra a veces te enfrentas al vacío, hasta que no surja una idea nueva", dijo una vez Rey Rosa. Lejos de la desesperación que experimenta el protagonista en las ausencias de Severina, el escritor ocupa con la traducción las pausas que se toma la musa de su inspiración. "Normalmente alterno un libro mío y uno traducido. Es muy útil para encontrar recursos. Respecto a la creación, sientes menos angustia pero puede ser un proceso más largo y complejo, sobre todo si respetas la obra que traduces", sostiene Rey Rosa.

Más que respeto es lo que siente el guatemalteco hacia el escritor estadounidense Paul Bowles, cuyos textos ha llevado al español. Se conocieron en Tánger, en un taller literario. De entrada, les unía lo poco que puede acomunar un conocido profesor de 70 años y un joven alumno guatemalteco, pero Borges fue la llave que abrió su amistad. "Paul nos preguntó por nuestros autores favoritos y yo dije el nombre del argentino", cuenta Rey Rosa. Varias traducciones después, de Bowles el escritor guatemalteco espera haber adquirido "la precisión y la claridad. Por muy desquiciado que sea el mundo hay que contarlo con una prosa controlada".

Posiblemente la patria de Rey Rosa sea de los lugares más desquiciados del planeta. Al hablar de Guatemala el escritor de repente se anima. Va más deprisa, tiene mucho que contar. "Es deprimente. A no ser que haya un milagro, tienes la sensación de que nada pueda cambiar", asegura. Y pone tres ejemplos que concretan su rabia: "Cada día desayunas con 5 fallecidos en los periódicos. Hay más muertos por arma de fuego que en la época de la guerra [1960-1996] y un enviado de la ONU dijo que si fuera un criminal se iría a vivir a Guatemala". Difícil no estar de acuerdo, ya que el 98% de los delitos cometidos en este país queda impune. Solía decirlo el magistrado español Carlos Castresana, exjefe de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), que acabó huyendo del país debido a las amenazas sufridas. "Le declararon guerra porque no quieren que se investiguen los crímenes", relata Rey Rosa.

Pese a todo, el escritor se apresura a subrayar que "el 90% de la gente de Guatemala es normal". A ese porcentaje pertenece Rey Rosa, aunque él también cometió un delito que no fue castigado: "Robé una edición bilingüe Elegías de Duino, de Rainer María Rilke, de una pequeña librería de Berlín. Pero ya habrá prescrito, ¿no?".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de julio de 2011