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PERSONAJES

Sexo sin cabeza

A muchos poderosos el sexo les ha complicado la vida. "Hay días en los que dices sexo y te acuerdas de...". A partir de esta sentencia, el escritor Juan José Millás reflexiona sobre tan poliédrico asunto.

Hay días en los que dices sexo y te acuerdas del támpax de Camila Parker Bowles o la mancha de semen en el vestido de Mónica Lewinsky.

En los que dices sexo y te acuerdas de Arnold Schwarzenegger haciéndoselo con su asistenta.

En los que dices sexo y te acuerdas de la desdichada Marilyn Monroe, acosada por tantos hombres e instituciones, el sindicato de los Kennedy entre ellos.

En los que dices sexo y te acuerdas de la mirada de los jefes de departamento a sus secretarias.

En los que dices sexo y te acuerdas de las mujeres lapidadas, azotadas y muertas por adulterio.

En los que dices sexo y te acuerdas de Buñuel, cuando en sus memorias confesaba que lo mejor de la vejez era la caída de la libido.

En los que dices sexo y te acuerdas del servicio militar.

En los que dices sexo y te acuerdas de un documental de la naturaleza en el que la mantis hembra, una vez penetrada, decapita con sus mandíbulas al macho, que sigue copulando sin cabeza; es más, que empieza a copular como Dios manda cuando ha perdido la cabeza, como si cabeza y cópula fueran incompatibles.

En los que dices sexo y te acuerdas del verbo emascular y del sustantivo emasculación, y de aquel hombre que perdió sus partes en el interior del aparato sexual, bellísimo, de una tortuga al cerrarse la guillotina con la que estos animales retienen el pene armado de sus machos.

En los que dices sexo y te acuerdas de la sífilis, la gonorrea, el herpes, el sida, el chancro, la hepatitis, la sarna...

En los que dices sexo y te acuerdas de la manzana de Adán (o de Eva, ahora no caemos).

En los que dices sexo y es como si dijeras religión, como si convocaras a todos esos ángeles y arcángeles excitantes y ambiguos, todas esas vírgenes con la expresión de dolor característica del orgasmo, todos esos juguetes sexuales llamados cilicios o mortificadores, todos esos Marcial Maciel con burdel propio, todos esos curas de tu infancia que tanto disfrutaban manoseándote, pegándote, recluyéndote en el cuarto oscuro. Todos esos obispos y contraobispos que han destrozado la vida de millones de niños.

En los que dices sexo y te acuerdas de todos los agujeros corporales.

En los que dices sexo y te acuerdas de aquel anuncio por palabras que decía: "Solicito auxiliar contable, sexo femenino".

En los que dices sexo y te acuerdas de Verlaine y Rimbaud.

En los que dices sexo y dices incesto y dices Onán, y si vuelves a decir sexo, dices unas braguitas o un sujetador de espuma en el tendal de tu patio interior.

En los que dices sexo y se encienden las luces de neón de los clubes y ves con culpa a las mujeres de detrás de las barras, sus escotes, sus labios rojos, su hospitalidad fingida, sus risas de atrezo, su salario, su vitalidad, tal vez su miedo.

En los que dices sexo y ves las caravanas de esclavas, el tráfico de cuerpos y almas, las violaciones en masa, los sótanos de las comisarías, los túneles de la Escuela de Mecánica de la Armada, las mazmorras de la vieja Dirección de Seguridad...

En los que dices sexo y te acuerdas de los generales que interrogan a los prisioneros de Guantánamo.

En los que dices sexo y piensas en las vidas dobles o triples de la gente, en los apartamentos con vistas al desconsuelo, en las habitaciones con olor a desinfectante, en los bidés de uso intensivo.

En los que dices sexo y dices producto interior bruto.

En los que dices sexo y dices prostitución y plusvalía y explotación y trabajo en cadena. Pero también poder político y económico y espiritual.

En los que dices sexo y dices: o represión o sublimación.

En los que dices sexo sano y no sabes lo que dices. Pero si dices sexo enfermo, sí.

En los que dices sexo y te acuerdas de un ministro inglés que murió al masturbarse. Llevaba unos ligueros de fantasía y se había ahorcado sin querer al reducir el paso de oxígeno al cerebro.

En los que dices sexo y te acuerdas de la definición francesa del orgasmo: pequeña muerte.

En los que dices sexo y dices mitología.

En los que dices sexo y dices literatura.

En los que dices sexo y dices cine.

En los que dices sexo y dices arte.

En los que dices sexo y dices gastronomía.

En los que dices sexo y dices drogas.

Hay días en los que dices sexo y ves a un hombre en una de las celdas de la prisión de Rikers Islands, en Nueva York. Ahí está, encerrado a solas con su sexo como una serpiente con un hámster. Él y su sexo, solos, compartiendo los 12 metros cuadrados de un espacio hostil y claustrofóbico, con el retrete de acero aquí y el lavabo de acero aquí y la cama de acero aquí. La prisión es un animal gigantesco e inmóvil, aunque muy activo. Toda la actividad es interior, en parte mental, pero fundamentalmente digestiva. La prisión digiere a todos cuantos quedan atrapados en su cuerpo. Y cuando ha obtenido de ellos sus nutrientes, los expulsa en forma de heces. Las heces tienen distintas texturas según provengan de la descomposición de un preso que ha cumplido su pena, de un preso que se ha muerto o de un guardia que se ha jubilado.

Su sexo y él.

O él y su sexo.

Los dos solos, conviviendo durante las 24 horas del día en ese breve espacio con el mobiliario de acero. El sexo está dormido o muerto desde que le detuvieran. Pero siempre despierta, siempre resucita, siempre vuelve. Cuando el sexo vuelve, es su esclavo; cuando se va, su viudo.

Hay días en los que dices sexo y vuelves a ver a ese viudo, capaz de pagar fianzas de millones de dólares, recluido ahora en un domicilio que tiene más comodidades que la prisión. Recluido de nuevo con su sexo, al que, mientras habla con sus abogados por teléfono, observa como un alien dormido por el susto, por el qué dirán, y quizá, aunque no es probable, por los remordimientos.

Hay días en los que dices sexo y no dices amor. En cambio, siempre que dices amor dices sexo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de junio de 2011