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Crítica:64º Festival de Cannes

Más de lo mismo en los cansinos piratas caribeños

Guardo agradecida y feliz memoria de las películas de piratas que hicieron más aventurera y plena mi niñez. Las asocio con un color determinado, un estado de ánimo lleno de asombro, una imaginería de personajes en la que tenías muy claro la identidad de los buenos y de los malos aunque todos practicaran el mismo y arriesgado oficio. Y por supuesto, un deseo imperioso de que al hacerte mayor te admitieran en la cofradía, en posesión de un sable y un arcabuz asaltando barcos y escalando fortalezas. Al crecer descubres que no existe nada noble ni generoso en la profesión del pirateo, que en la vida real estos no combaten con espadas sino que firman documentos en bancos, empresas y corporaciones para exprimirle hasta la última gota de sangre al indefenso prójimo.

El tono es idéntico al de las anteriores, y la historia más caprichosa

La israelí 'Hearat Shulayim' es un tedioso ejercicio psicológico

La sensación de haber gozado tanto con ese género me aconseja no volverlo a revisar, por si acaso se derrumba el mito amado. Sin embargo, es algo que no me ocurre con la mejor literatura de piratas. Puedo releer cada varios años La isla del tesoro con la seguridad de que era, es y será una novela maravillosa.

El cine nunca ha descuidado a lo largo de su historia el género de barcos y abordajes, la fascinación por los proscritos. Incluso se ha ocupado de ellos algún autor tan incontestable como Roman Polanski. El resultado fue la tan infame Piratas, un experimento carente de la mínima gracia. En los últimos años, el productor Jerry Bruckheimer ha renovado el filón de oro con la saga de Piratas del Caribe y la respuesta del público en una época de terror progresivo para las desiertas salas ha sido espectacular. Parece ser que no solo los niños sino también los adultos disfrutan enormemente con las aventuras y desventuras del exótico y sofisticado pirata Jack Sparrow. Al principio yo me asomé a esta saga con ilusión, con la esperanza de que al menos iba a encontrar un entretenimiento de primera clase. Aunque conociera la marca de fábrica del productor para construir circos tan ruidosos como huecos, y que estos estuvieran dirigidos por el temible Gore Bercinsky, autor de The mexican, una de las idioteces más insuperables que he visto nunca en la pantalla. Pero poco a poco me sentí como un náufrago en medio del entusiasmo colectivo hacia estos piratas de diseño, tan calculados. No captaba su irresistible humor, los guiones me parecían fabricados por una computadora, reconocía el virtuosismo de sus efectos especiales pero terminaba aburriéndome hasta el infinito con lo que se supone que representa la apoteosis del cine de acción. Aunque le echara buena voluntad y algunos críos adorables me describieran su pasión hacia esos personajes y los peligros a los que se enfrentan.

Veo la cuarta entrega de Piratas del Caribe, titulada En mareas misteriosas, en la proyección y el sonido suntuosos que caracterizan a la sala Lumière del Festival de Cannes. Enmascarado con las gafas negras que permiten disfrutar del 3D, con la esperanza de que el nuevo director Rob Marshall, célebre por su sentido de la coreografía en Chicago y Nine, emplee una narrativa seductora para retratar las hazañas de Sparrow. El atractivo visual se mantiene, pero el tono es idéntico al de las anteriores y la historia más caprichosa que imaginativa. Intento meterme dentro de la trama, que el siniestro pirata Barbanegra, su bella y desafiante hija Angélica, el astuto capitán Barbosa, las sirenas que pueden llorar por amor, los zombis que ejercen de matones y el saltarín y numerero Sparrow despierten mi interés ante las múltiples y peligrosas cosas que le suceden, pero todo es en vano. A la hora de proyección ya he consultado un par de veces el reloj, cuando han pasado dos horas me siento literalmente agotado, tengo la impresión de que no se va a acabar nunca. O sea, las sensaciones que jamás te puede transmitir algo que se propone divertirte. Y por supuesto que los paisajes son grandiosos, que percibes el exhaustivo trabajo técnico que hay en ella, que la música de Hanz Zimmer no para ni un segundo de atronarte, que Penélope Cruz sale muy guapa, que Jhonny Depp es tan buen actor que no permite que te desentiendas de su persona aunque solo haga y diga chorradas. Sospecho que si no es debido a la estricta obligación, no volveré a perder el tiempo con una saga que puede perpetuarse mientras que el gran negocio funcione.

Si la representante suprema del cine comercial no me otorga ningún placer, las dos trascendentes películas de la Sección Oficial tampoco. Y juro que lo único que busco siempre al sentarme en la butaca son emociones, que no disfruto con el masoquismo. La israelí Hearat Shulayim es un tedioso ejercicio psicológico que muestra la dolorosa rivalidad profesional entre un padre y un hijo que son maestros del Talmud, la catarsis que se produce entre ellos cuando debido a un malentendido conceden el Premio Israel al misántropo padre en vez de al hijo triunfador. La austriaca Michael está realizada imitando el estilo de Michael Haneke por su habitual ayudante de dirección Markus Schleinzer. El tema, cómo no, es sórdido. Describe la vida cotidiana de un pederasta que ha secuestrado y violado en su casa a un niño de 10 años. Lo que puede resultar genuino y estremecedor en el maestro, solo queda como una fría e irritante copia en manos del discípulo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de mayo de 2011