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Entrevista:François-Marie Banier

"Quieren hacer con Liliane Bettencourt como con María Antonieta"

¿Artista o cazadotes? El escritor y fotógrafo François-Marie Banier se enfrenta a las consecuencias de su relación con Liliane Bettencourt, la mujer más rica de Francia.

Nadie diría que ese hombre que se baja de una moto tipo Mobilette, se quita el casco, aparca junto al café Petit Suisse, en mitad de Saint-Germain-des-Prés, se presenta amablemente, sonríe y se toma un descafeinado con un cruasán, posee una fortuna que muchos quisieran. Cerca de 1.000 millones de euros cuentan que le ha regalado a lo largo de sus años de estrecha relación Liliane Bettencourt, de 87 años, la mujer más rica de Francia, reina del imperio L'Oréal.

Es Françoise-Marie Banier. Escritor, fotógrafo, artista y rey de todas las cremas parisinas. Llevó a Dalí en su moto. Afirma haber resucitado las ganas de tocar el piano a Vladímir Horowtz cuando estaba en un periodo negro de su vida, poco después de perder a una hija. Ha nombrado perfumes como Poison, de Christian Dior, y ha disfrutado de sus muchos minutos de fama antes del escándalo. Fue celebrado y entronado como joven promesa hace más de 40 años, cuando comenzaba, por leyendas como Louis Aragon, que alabó sus primeras novelas: Les résidences secondaires o La vie distraite. Ahora aparece en España Pasado compuesto (Libros del Silencio), una obra sobre un trío de amor fantasmal escrita por ese joven arrebatador a quien Aragon definió cuando apareció hace cuatro décadas así: "Un personaje fuera de serie, de aquella estirpe rara y molesta que lleva en la frente la marca del porvenir".

"Nunca se había hablado de la hija de Liliane. ¿Tiene algo que decir?"

"Es fascinante hablar de negocios con Liliane. Es una gran empresaria"

"No soy un especialista en captar dinero. Cuando necesito algo, trabajo"

El pasado le había deparado una infancia traumática. Sobrevivió a intentos de suicidio entre un padre violento, con una ascendencia judía húngara mal digerida, y abusos en colegios de curas. "Trataron de tocarme y penetrarme", afirma. Luego le machacaron tras descubrirle una historia de amor tierno con otro alumno. En esos años de adolescencia un tanto quebrada también conoció otros ambientes. Aprendió español en su barrio al escuchar hablar a las mujeres emigrantes que iban a buscarse los cuartos a París, y que inmortalizó en una novela: Les femmes du métro Pompe.

Pero el porvenir fue más feliz. Le procuró historias junto a personajes míticos. Lecciones particulares a la vera de los maestros. Amistades glamourosas e influyentes que iban de Dalí a François Mitterrand. Se movía como un gato entre los humos de la bohemia, la porcelana de los palacios y las excentricidades de las estrellas de cine. Desde Samuel Beckett hasta Carolina de Mónaco o Johnny Depp, nadie se le resistía. Algunas amistades le marcaron profundamente: "De no haber conocido en su día a Françoise Giraud, hoy sería un tontito de derechas", asegura.

Quizá por eso se empeña en mostrar su lado comprometido con el arte y los desarrapados en un estudio que ocupa varios pisos cerca de la iglesia de Saint Sulpice. Los retratos de mendigos, inmigrantes y gente corriente, pillados a contrapié, en la calle. O sus fotografías escritas, acompañadas con textos poéticos entre las luces y las sombras.

Giraud, entre otras personas, señaló a Banier el camino de la aventura. Le introdujo en el devenir de una vida bohemia y amante de ciertos excesos. Se convirtió en artista, hoy esconde más de 700.000 fotografías en sus archivos y ahora vive una polémica que quema al Gobierno de Francia. Su relación con Bettencourt le ha hecho saltar a las primeras páginas de los periódicos y a las escaleras de los juzgados de París -a los que acude hasta que se celebre el juicio pospuesto- para responder por un supuesto abuso de confianza de Banier sobre la millonaria. Las denuncias han venido por parte de Françoise, la hija de Liliane.

Unas conversaciones grabadas a traición a la mujer desvelan, además de las supuestas financiaciones ilegales al partido de Sarkozy en las que está envuelto uno de sus ministros -Eric Woerth, responsable de Trabajo-, suntuosos regalos a Banier. Desde una isla hasta seguros y obras de arte que nadie puede calcular a cuánto ascienden. Incluso, parece que llegó a nombrarle heredero de una fortuna valorada en 17.000 millones de euros. Pero la mujer se retractó después. Además, L'Oréal anunció que rescindía su contrato con Banier, a quien pagaba 710.000 euros al año por sus servicios.

Es el último capítulo de una vida construida en un verdadero tono surrealista. En el caso de Banier, si uno cuenta sus amistades, de Dalí, Man Ray y Aragon a Marie-Laure de Noialles, mecenas de algunos de los militantes de esta corriente, acerca de este gran personaje controvertido, simpático y desinhibido, solo cabría decir: "Dime con quién andas…".

La verdad es que no muchas veces desayuno con alguien de quien dicen posee 1.000 millones de euros. Es divertido que me diga eso. Lo comentan, pero, no. Se lo aseguro: no es cierto.

¿No lo tiene? No lo tengo. No lo tengo. Pero si se sentara delante de Madame Bettencourt estaría frente a alguien que posee 30 veces lo que yo.

¿Así que no le hizo todos esos regalos que comentan? No me ha regalado nada, al parecer, podría haber algo en el testamento, pero no he recibido nada.

El testamento lo cambió ella para no dejarle a usted lo que dicen que le había dejado. El testamento es lo de menos. No importa. No existe una última voluntad definitiva sobre todos sus bienes. Me regaló un seguro de vida, algo que yo desconocía por completo. Lo hizo hace 13 años y no lo he recibido entero. Solo una parte que se aleja bastante de lo que usted comenta.

Veo su vida… Da lo mismo mi vida, para mí es duro esto. Cuando me propusieron una entrevista para El País Semanal advertí de que no deseaba hablar del caso porque quiero hacerlo delante del juez. Aquí es la mafia la que ha organizado una campaña. La mafia del establishment, alentada por la rabia de una hija que tiene problemas con su madre. Son muy fuertes y cuentan con un abogado que es como un perro terrible, me acusa de ser un don nadie, de no hacer nada… Son capaces de cualquier cosa. Yo no soy el problema para toda esta gente. No hablo con periodistas, si lo hago con usted es por haber escrito hace años y porque me publican ahora en España Pasado compuesto. Un libro del que dicen en cantidad de blogs que era la raíz de mi relación con los Bettencourt y ni siquiera les conocía entonces.

'Pasado compuesto' trata de un triángulo fantasmal y amoroso. Pues claro.

Y en ese libro hay un personaje, Olivier, que parece usted, pero está muerto. Adoro a ese personaje. Soy yo, exactamente. No hay una palabra en ese libro que no esté ahí sin pensarla bien. Es como un reloj de Cartier. Lo escribí en cafés, lo cortaba, lo corregía. Tardé nueve meses. Fue una tortura. Lo que pasa es que la gente cambia las cosas a su conveniencia. Nadie sabe cuándo ni cómo nos conocimos Liliane y yo. ¿Qué pueden decir, entonces?

Pero son buenos amigos, e insisto, le ha regalado algunas cosas. Pinturas, por ejemplo. Sí, sí. ¿Y yo? ¿Qué le he dado? Es una campaña loca. Se lo han inventado todo. Ni siquiera quieren ir a juicio. Saben que lo van a perder. La hija lo sabe. Si lo quisieran no habrían puesto micrófonos en casa de la madre durante un año para implicar al Gobierno. El juicio tendría que haberse celebrado en julio, pero lograron retrasarlo porque aseguraban poder mostrar más cosas. ¿Para qué lo hacen? Para enmierdarme y montar campañas. No lo quieren. Y cuando vean que no pueden utilizar nada contra mí, empezarán a implicar a mis amigos, además de alargarlo para seguir perjudicándome.

¿Cómo? Con mentiras. Inventando mentiras como decir que su madre es incapaz, que ha perdido la cabeza. ¿Cómo una mujer que dirige L'Oréal puede estar sin juicio? Si lo estuviera, ¿cómo lo llevaría? Es una dama respetabilísima, inteligentísima. Lo que pretenden hacer con ella es lo que le hicieron a María Antonieta. Jamás me dio un céntimo de su empresa. Lo que me ha cedido pertenece a su propia fortuna. Dinero que se bloqueó. No sé la cifra, 100, 200 millones, de su dinero. ¡Su dinero!

¿Ese que cada uno hace con él lo que quiere? Exacto. Es una manera de pensar muy antigua, muy conservadora la de esta gente. Viene todo de lejos. Uno ve a la madre y observa a Ava Gardner, pero ves a la hija… Nunca se había hablado de la hija. Nunca. ¿Por qué? ¿Tiene algo que decir? ¿Algo…? Es un tanto paranoica. Lo contrario de la gente que a mí me gusta. Para mí, ser amigo de Ernesto Sábato o haberlo sido de Jorge Luis Borges es mucho más enriquecedor que todo el dinero del mundo. No me importa. Haber podido compartir momentos con Salvador Dalí cuando yo tenía 16 años y venía todos los años a París Hablando con él, aprendiendo de él. Dejar volar mi imaginación, ser libre.

Se podría decir que su vida es una especie de acto surrealista. No solo por haber conocido a unos cuantos, sino por cómo se ha ido desarrollando. Sí, puede ser. No es que les conociera. Es que muchos fueron íntimos amigos míos. Lo mismo entre los surrealistas: Dalí, Louis Aragon o, en otros campos, el pianista Vladímir Horowitz.

Uno de los grandes pianistas de la historia. Pero extraño personaje. Genial y atormentado. ¿Quiere que hablemos de él? ¿Ahora?

Perfecto. Me encanta el piano. Cuando yo era un chico joven y triste todavía lo soy, triste-, si no me suicidé fue por dos cosas: cada día salía a la calle y hablaba con todo el mundo, desde mendigos hasta empresarios. Me ha interesado siempre la gente. Mi padre me pegaba todos los días. Era un tipo violento, un húngaro muy estricto, educado, guapo, que no llevaba bien mi energía, mi fantasía. Así que me pegaba.

Otro aspecto de su vida surrealista. Una infancia traumática. Bien. Pero le sigo contando. Otra de las cosas que me salvaron fue la música. Escuchaba todos los días a Edith Piaf y obras de Lizst por Horowitz. Años después tuve la suerte de que unos amigos míos me llevaron a verlo a su casa y tocó para nosotros unas sonatas de Scriabin. Me dijo que yo tenía unas manos preciosas, que debía usarlas para tocar el piano… Después tomamos contacto de nuevo, cuando había muerto su hija. Llevaba años sin tocar y yo conseguí que volviera a hacerlo. Viajamos a muchas partes. Cambié su vida. Hablaba mucho con él. Me dijo una vez: François-Marie, tienes una debilidad. La mía son los gases y viene de familia. Tú tienes otra: eres demasiado emocional, muy sensible. Tenía razón, y eso solo he podido vencerlo en la vida con disciplina.

¿Es verdad que Horowitz llevaba una especie de diablo dentro, que era un hombre torturado? No tanto. Llevaba la vida con buena actitud, con sentido del humor. Cuando algo no le incumbía venía a decir: me da igual. De un caso como el de Liliane Bettencourt hubiese respondido justo eso: me da igual. Ni me va ni me viene.

¿Fue perfeccionista? Ese término es muy burgués. El perfeccionismo no existe en el arte, es ridículo. Los pianistas como Horowitz estaban por encima de eso. Respetaba el tempo en la música y eso lo traslado yo a la fotografía. Respeto el tempo. Reflejo lo que está enfrente de la cámara. Eso es el tempo de la fotografía, la partitura. Él sufría un complejo. No ser creativo. No componer. Pero no era real. Para mí hacía improvisaciones, me extraña que nunca las grabara. Era como un músico de blues. Y eso me ha sido mucho más valioso y provechoso que todo lo que haya podido regalarme Madame Bettencourt. Una vez, Rockefeller le ofreció un millón de dólares para que tocara para él una hora y lo rechazó. A mí me tocó durante días. Soy mucho más rico que toda esa gente.

En cierto sentido, sí. Él sabía que yo valoraba su talento creativo. No es que tenga poder, pero puedo descubrir y discernir el poder creativo de la gente. De él, a usted, a ese señor que está ahí, a alguien que pueda hacer una buena paella. Para eso tienes que ser un genio, por cierto. Como para la tortilla de patata. Es muy difícil.

Ve como usted es un puro surrealista. Miré esa cara, ahí, en la calle. Es como un Greco. Me gusta mirar. Odio la arrogancia y valoro el aislamiento. Porque alguien me haya visto en tal o cual salón no soy un moderno, soy lo contrario de un moderno. Me quedo cada noche en casa pintando, escribiendo. He hecho más de 700.000 fotografías… Eso es trabajo. Escribir Pasado compuesto hace 40 años. Como un joven de 23 años puede escribir ese libro, eso es lo que importa.

Entonces era muy joven y muy guapo. Decían que se parecía a Rimbaud. Era exactamente igual que él.

¿Cómo conoció a Dalí? Tenía 16 años y pintaba. Quería saber si lo hacía bien y fui a verle. Al entrar me dijo: "No hablemos de arte. Usted tiene un enorme atractivo sexual que no debe volcar en sus pinturas. Lave su mente y diríjase hacia lo invisible. Le contaré que Federico García Lorca quiso penetrarme, pero mi agujero del culo era tan estrecho, que me abrasaba…". Y nos hicimos amigos.

Así que usted le atraía. No, no creo.

Él era un ser asexuado. En París fueron famosas las fiestas que se hacían en su honor con cientos de personas desnudas a su alrededor y él, Dalí, el único hombre vestido en la sala. Cierto, cierto. Pero nunca estuve en ninguna. A mí había algo que me acomplejaba de mi cuerpo, no tenía pelos.

Era como un efebo. Sí, hasta muy tarde.

¿Fue Dalí quien le enseñó bien el significado de su Avida Dollars? Lo que me interesaba de él era él mismo.

Dalí fue una obra de arte 'surreal' en sí. Se construyó como tal. Un genio en lo que no quería serlo: en la escritura, en el cine, en la autopromoción, en la creación de un personaje, pero no tanto en su pintura. Exacto. Cuando fui a ver su retrospectiva lloré y lloré, como si hubiera perdido a alguien. Me ahogué en lágrimas sala a sala.

¿Por qué? ¡Porque era horrible!

Salvo la época que llega hasta los años treinta. Ahí sí. Pero a Picasso, siento decirlo, le pasa un poco lo mismo. Su gran aportación a la historia es el cubismo. Es difícil ser un genio toda tu vida. Quizás Matisse, para mí, lo fue.

A propósito de Matisse… Madame Bettencourt le regaló un cuadro suyo. Sí.

No sé si será verdad esa anécdota que cuentan. Que fue al contemplarlo juntos cuando usted le dijo: "Este Matisse es azul, como el color de nuestra relación". ¿Es cierto? No es verdad. Eso es ridículo y le digo por qué: ese Matisse es verde. Otra mentira. ¿Quién estaba allí para verlo? Cuando me lo regaló ni siquiera me lo dijo. Lo dejó ante notario y ya.

Ahora podemos desmentirlo. Muy cierto. Pero ella me lo comentó hace dos años. Que me daba las pinturas y yo le dije que por qué, que no las quería. Me respondió: "Lo siento. Mi hija tiene el suficiente dinero para comprar eso 10 veces. Si eso refleja nuestra historia, quiero que lo tengas, me has abierto los ojos en muchas cosas, quiero dártelo".

Dice que si ella le ha regalado mucho, usted a ella también. ¿Qué tipo de cosas? No querría decir que le he dado nada. Hemos compartido de todo. Un gusto por la alegría de vivir. La respeto enormemente. Ella es misteriosa y fuerte.

¿Decidida? Más que eso. En este mundo, por su fuerza, por su imaginación, aunque muy reflexiva, por todo eso, la odian. Si ocurriera esto con Bill Gates nadie diría nada. Les pone furiosos. Solo ha cometido un error en su vida. No demostrar suficientemente que era la jefa. Para mí es fascinante hablar de negocios con ella. Es una auténtica, gran empresaria.

¿Por qué cualidades? ¿Por su sagacidad? ¿Por su instinto? Es una mujer que busca siempre retos y posee una gran integridad.

¿Cómo describiría su relación con ella? Va más allá de todo. Compartimos el tiempo, vemos las cosas venir. Caminamos juntos por la misma senda.

¿Cuándo se conocieron? Hace más de 40 años. No nos volvimos a ver en años. Pertenecíamos a mundos distintos. Pero, en fin, es una historia banal. No interesa mucho. Insisto, es más fascinante hablar de cómo un muchacho a los 23 años escribe Pasado compuesto. Ambos nos abrimos los ojos en muchas cosas. No había nada intencionado, decidido. Y he tenido relaciones mucho más intensas, como con Nathalie Serraute.

O como con la familia de Noailles. Marie-Laure de Noailles. Nunca me dio un franco. No soy un especialista en captar dinero. Cuando necesito algo, trabajo.

Pero usted es encantador. No deben culparle por eso. Es parte de su construcción surrealista. Surreal, sí. Pero no surrealista. Tampoco me gusta tanto el surrealismo, entre usted y yo. Man Ray era mi vecino. Dalí, Aragon, mis amigos.

Los Noailles financiaron mucho a los surrealistas. Las primeras películas de Buñuel y Dalí, por ejemplo. Marie-Laure de Noailles parecía un conserje. Fue la única mujer a la que he amado como si fuera un hombre. La echo de menos.

¿Amor? Bueno, la admiraba. Era tan culta: hablaba latín, italiano, español, alemán. Cuando la conocí nadie quería estar con ella porque era muy provocadora. Yo la veía todos los días.

¿En qué sentido provocadora? Pues podía encontrarse una mujer y decirle: me han comentado que su hijo es homosexual y no me extraña viéndola a usted porque me parece una vaca.

Bueno… Surrealismo. Muy surrealista y nada esnob. Muy libre. Dicen que soy un destructor de familias, pero soy muy amigo de su hija. Me gustan las familias.

¿Porque la suya fue infeliz? Porque era muy rígida, muy idiota, muy española.

Bueno, no se crea, las familias españolas pueden ser algo muy excéntrico, muy loco. La mía, no. La mía eligió lo estricto.

A usted le gustaría. ¿No dice que le gusta tocar a la gente, besarse? En España la gente se toca y se besa mucho. ¿No ve las películas de Almodóvar? ¿'Volver', por ejemplo, con sus besos de ventosa? ¡No es verdad! ¡Gracias a Dios! Yo hago eso cada día y piensan que soy un histérico. ¿Los españoles hacen eso?

Por supuesto. Yo lo hago. Yo igual y me toman por loco. Mi vida es el arte.

Por eso le insisto en lo de su existencia como acto surrealista. Contra las convenciones. Pues sí, me da igual lo que piensen. Nunca me ha importado.

Pero seguro que usted se daba cuenta. No, sufría por todo. Por la estupidez, la vulgaridad, la tontería. Valoro ser consciente de lo que importa en esta vida.

En este acto vital surrealista suyo ha llegado a poner al Gobierno de Francia contra las cuerdas. No fui yo. Fue la hija de Liliane.

Ya. Pero seguro que usted lo está disfrutando. No, no, no.

¿Seguro que no goza al ver sufrir al presidente Sarkozy con esto? No, de verdad. En serio. No es mi problema. Me da igual. Ahora estoy escribiendo, creando muchos nuevos libros con mi obra, inmerso en la producción de mis fotografías pintadas y escritas. Tengo tantas cosas que quiero hacer… Y se me acaba el tiempo. Estoy en un momento de mi vida en el que me identifico con Rimbaud cuando decía: "Yo soy alguien más". Yo sentía eso en mi carne. Cuando era joven, hace 50 años y la gente se reía de Marcel Proust, de ese idiota mundano, decían.

¿No le gusta el tiempo que le ha tocado? Adoro esta época. Yo temía la juventud cuando era joven. Esa fuerza incontrolable, como la de un ejército desbocado. Da miedo. Pueden pelear, decir lo que les place. Lo que es complicado en estos tiempos es enfrentarse a poderes abstractos. Cuando tuve éxito de joven con la literatura me asusté. Nadie de mi edad podía identificarse conmigo. Estaba muy solo. Por eso me acercaba a los mayores: a Samuel Beckett, a Dalí, a Nathalie Serraute. Y ahora, a la gente común, a quienes veo por la calle y me apetece fotografiar. Las personas a quienes interesa mi trabajo son amables conmigo. Se me acercan cuando hago exposiciones en París, Tokio, Italia, y me dicen: "¡Ánimo, esa mujer ha hecho lo que quería!". ¡Es el establishment! Yo podría ser dos veces más rico con los Rothschild.

¿Y se niega? ¿No quiere? Jamás. No.

Imagínese. Podría incluso retirarse a esa isla que dicen que Madame Bettencourt le regaló un día. Relajarse allí sin problema. ¡Nunca me regaló ninguna isla!

¿Otra mentira más? Sí, claro. Nunca iría a esa isla. La odio. ¿Se imagina? ¡Qué horror!

Rimbaud, en Mobilette

François-Marie Banier nació en París en 1947. Lo hizo en una familia acomodada. Su padre, un judío húngaro, se dedicaba a la publicidad y era un hombre muy estricto. Pronto escapó de su sombra y se dedicó a la vida bohemia. Con 22 años le destacaban como un nuevo Rimbaud y publicó su primera novela, Les résidences secondaires, a la que han seguido otras siete, entre ellas 'Pasado compuesto', que aparece ahora en España, y obras de teatro.

Pero es más conocido como fotógrafo de famosos y ha actuado también en varias películas de Éric Rohmer como El árbol, el alcalde y la mediateca o La inglesa y el duque. También ha trabajado para Robert Bresson en L'Argent y para Olivier Assayas en Las horas del verano. Pero ha sido su relación con Liliane Bettencourt la que le ha dado fama mundial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 3 de octubre de 2010

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