Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:HISTORIA

Un tiburón de los de antes

En su libro 'La caída de John Stone', Iain Pears retrata a un despiadado financiero, traficante de armas entre los siglos XIX y XX. Una crítica al capitalismo salvaje no exenta, claro, de actualidad. El personaje se inspira en el misterioso magnate de la época Basil Zaharoff, cuyo perfil traza aquí el autor para 'El País Semanal'.

Supongamos que los bancos los dirigen hombres poderosísimos con una enorme confianza en sí mismos; que los nuevos instrumentos financieros han abolido el riesgo, y que nuevos mercados en partes desconocidas del mundo ofrecen incomparables oportunidades de crecimiento que pronto dejarán rezagada a Europa.

Supongamos que todo sale mal; que los banqueros son crédulos, egocéntricos y demasiado estúpidos para entender bien lo que están haciendo; que los nuevos instrumentos en realidad solo valen para esconder lo temerarios que son; que resulta que los nuevos mercados son inestables y peligrosamente tendentes a derrumbarse; que cuando todo esto sale a la luz, uno de los bancos más poderosos del mundo se hunde y amenaza con llevarse por delante el sistema financiero mundial.

En España fue responsable de desprestigiar el submarino de Isaac Peral. Funcionó, salvo cuando se hizo una prueba para el Gobierno

Fue conocido como el primer mercader de la muerte, contribuyó como nadie a crear el comercio internacional de armas

Esto, que les puede sonar demasiado familiar, describe la situación de finales del siglo XIX. Barings Bank -conocido entonces como la Sexta Gran Potencia del mundo y que gozaba de una influencia a la que hoy ni siquiera Goldman Sachs se acerca- se consideraba invencible. Hizo fortuna creando y vendiendo bonos en un mercado internacional. Podía parar guerras que no le gustaban cortando el crédito, y fomentar conflictos poniendo dinero a disposición de los clientes que le caían en gracia.

Pero Barings creó un sistema que podía transmitir el caos por todo el mundo con la misma rapidez con que podía transmitir dinero. Cuando Argentina saltó por los aires en 1890, la onda expansiva se extendió por todo el nuevo mercado globalizado y rompió en Londres. Los mercados se congelaron y arrastraron a Barings. Durante más o menos una semana, la totalidad del sistema financiero mundial se tambaleó al borde del precipicio.

De modo que, si los sucesos ocurridos últimamente nos han escandalizado, verdaderamente no deberían: la combinación de la vanidad de los banqueros y una fe injustificada en las nuevas técnicas financieras llevan provocando el caos a intervalos regulares desde hace más de un siglo. Los banqueros son gente poco original que repite constantemente los errores de sus padres y abuelos. Después del desastre actual, es solo cuestión de tiempo que vuelvan a hacer de las suyas.

Pero si la banca solo ha cambiado en función de la magnitud de las pérdidas que acumula, casi lo mismo se puede decir de la totalidad del mundo empresarial. Ahora estamos acostumbrados a que las empresas multinacionales ejerzan su actividad en todo el mundo; a hombres de negocios de riqueza fabulosa e influencia infinita unida a una reputación que mezcla la admiración con la condena.

Esta ambivalencia también tiene una larga historia y alcanzó su punto álgido en los treinta años anteriores a la I Guerra Mundial. En este periodo, los magnates -los Carnegie y los Rockefeller y los Vanderbilt- dominaban Estados Unidos. En Europa estaban surgiendo nuevos conglomerados para controlar el hierro, el acero y el nuevo mercado internacional del armamento.

En este periodo existió la figura mefistofélica de Basil Zaharoff, un personaje real en el que, junto con retales de algunos otros de la época, se basa John Stone, el protagonista de mi novela.

A Zaharoff apenas se le recuerda hoy en día; su nombre sobrevive únicamente en las becas de viaje que se otorgan a los estudiantes universitarios de Oxford; quizá algunas personas sepan que dio el dinero para fundar el Prix Balzac en Francia. Aparte de esto, se ha evaporado sin dejar rastro: no hay ninguna gran fundación, ningún descendiente influyente, nada. Es como si nunca hubiera existido.

En su momento, sin embargo, fue conocido como el primer mercader de la muerte, el hombre que contribuyó más que ningún otro a crear el comercio internacional de armas. Fue presidente de Vickers, el fabricante de armas más importante del mundo, y también controló empresas de ametralladoras y torpedos, fundiciones de acero y bancos y periódicos. Cuentan que poseía grandes participaciones en Schneider y en Krupp, que fabricaban armas para Francia y Alemania, por lo que, cuando la I Guerra Mundial estalló, ambos bandos utilizaron armas de Zaharoff.

Lo que Zaharoff hacía exactamente siempre ha estado rodeado de misterio: ni siquiera una investigación del Senado logró averiguar mucho. Tenía a tantos políticos europeos en el bolsillo -en un momento dado, se le atribuía tener bajo control a 40 miembros del Parlamento británico, y su séquito incluía al primer ministro británico Lloyd George y al presidente francés Georges Clemenceau-, que nunca hubo muchas posibilidades de llevar a cabo una investigación seria en Europa. Poco antes de su muerte quemó todos sus documentos, por lo que los detalles de todos sus sobornos, cada acto de chantaje, se convirtieron en humo.

Su carrera se inició de un modo apropiadamente sospechoso: de ascendencia griega, tuvo que abandonar el imperio otomano a finales de la década de 1870 para no ser arrestado por fraude, y consiguió un trabajo como vendedor de ametralladoras Nordenfelt en Londres. Se le daba bien: cuando se realizó una demostración de las ametralladoras de su competidor Maxim para el ejército austriaco en 1887, Zaharoff las saboteó para que no funcionaran debidamente. De esta manera obtuvo un gran contrato para sus armas, claramente inferiores.

En España, al parecer, también fue en gran medida responsable de desprestigiar al submarino del inventor Isaac Peral y sobornar al Gobierno español para que comprara en su lugar municiones de baja calidad a través de una de sus filiales. La máquina de Peral funcionaba perfectamente, excepto cuando se realizaron demostraciones para unos representantes del Gobierno; entonces sufrió misteriosas averías.

Zaharoff consideraba que el soborno, el robo y la corrupción eran herramientas legítimas en los negocios, un hábito que los fabricantes de armas parecen mantener hoy en día. El "sistema Zaharoff" -sabotear el equipamiento de los rivales, robar secretos, sobornar a ministros y altos cargos, chantajear a otros, poner en marcha campañas de prensa a través de periodistas a los que compraba y periódicos que controlaba- se desarrolló hasta alcanzar tales niveles de perfección que casi se convirtió en un arte.

Pero no era meramente un vendedor dotado, aunque también despiadado: la gran habilidad de Zaharoff fue entender el dinero tan bien como entendía a las personas, y ser capaz de sacar partido de ambos. Creó el prototipo de complejo financiero-industrial que combinaba la especulación financiera y el desarrollo industrial de un modo que ha tenido profundas consecuencias para el mundo desde entonces. Hacia 1918 era tan rico, que pagó personalmente gran parte de la guerra griega contra Turquía, provocando la ruina del país al que quiso apoyar. También compró el Casino de Monte Carlo como un método para reciclar su fortuna: gracias a su intervención, Mónaco dejó de ser otro rincón pobre y olvidado de Europa y se convirtió en uno de los lugares más chics del continente.

Finalizó su carrera, como no podía ser de otra manera, siendo nombrado caballero y con la escarapela de la Légion d'Honneur, cultivando rosas tranquilamente en su jardín y penando por la muerte de su querida esposa.

Ya sea para bien o para mal -y a veces para una mezcla de ambos-, semejantes personajes tienen un aura sobrehumana. Actuaban en un contexto internacional, sus actos tenían enormes consecuencias. Pero como personas suelen ser a menudo modestas, discretas y con un gran sentido de la moral: de Zaharoff se decía que era un hombre encantador y generoso. El malvado hombre de negocios es un personaje demasiado fácil de crear y, en realidad, no tan interesante. La complejidad del perfil psicológico de hombres como Zaharoff y otros gigantes de los negocios es un área de estudio fascinante (y muy poco explotado) que me ha interesado desde la primera vez que me topé con gente así cuando trabajaba, hace muchos años, como periodista económico.

'La caída de John Stone' (Seix Barral) sale a la venta en España el 15 de junio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de junio de 2010