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Premio Príncipe de Asturias de las Letras

Hijo del camino

De una cosa estoy segura. En el caso de que me leyera, Amin Maa-louf agradecería que no inicie esta crónica adjudicándole una identidad. Obviaré, pues, los datos que figuran en los papeles y en las biografías. Eso ya lo saben ustedes.

Más importante me parece aprovechar este espacio para reproducir un párrafo de su libro Orígenes: "Otro que no sea yo debe hablar de 'raíces'... No es mi vocabulario. La palabra 'raíces' no me gusta, y la imagen todavía menos. Las raíces se hunden en la tierra, se retuercen en el fango, se propagan entre tinieblas; mantienen cautivo el árbol desde que nace y lo alimentan a cambio de un chantaje: 'Si te liberas, morirás".

A Maalouf le han otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, pero bien habrían podido concederle el de la Concordia. Pues de eso va su dilatada obra, de eso va su vida, en torno a eso gira su línea de pensamiento. Hombre puente, decimos, que a su vez insta a los otros a que se conviertan en lazos, y que tanto en ficción como en ensayo (y antes, como periodista), busca en la diversidad ese instante mágico en que los distintos se mezclan.

En el prólogo de su libro Identidades asesinas, Amin Maalouf escribió lo siguiente: "Lo que hace que yo sea yo, y no otro, es estar en las lindes de dos países, de dos o tres idiomas, de varias tradiciones culturales". Le incomodará saber que hoy, en www.naharnet.com (prolongación digital en inglés del diario libanés, An-Nahar), la noticia de la concesión de este premio ha sido reseñada escuetamente, haciendo hincapié en la cantidad de dinero que el escritor percibirá en euros, con su conveniente conversión en dólares. Pero la información más visitada por los lectores es otra, la que se titula: ¿Fenicios o árabes?, el eterno debate libanés. Identidades: inseguras o ancladas como alabardas, pero siempre asesinas.

Como León el Africano, puede afirmar: "No procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía". En El desajuste del mundo se entrega al análisis de este planeta desnortado y de sus carencias y excesos. Y saca lecciones. Preconiza una escala de valores basada en la cultura. Y no por ser él un intelectual, un escritor. No habla de la cultura como de un bien de consumo. "Hoy en día", afirma, "el papel de la cultura es proporcionar a nuestros contemporáneos las herramientas intelectuales y morales que les permitan sobrevivir: nada menos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de junio de 2010