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ÍDOLOS DE LA CUEVA

Marcharse a por tabaco

La huida es uno de los más frecuentes motivos literarios. Se huye de un peligro o de un cautiverio, pero también de una persona o de una situación: de una familia, de un país, de la explotación, del acoso, de la intolerancia, del deber. Uno puede escaparse poniendo tierra (o mar) de por medio, pero también puede huir hacia dentro: mediante la imaginación y la fantasía, mediante el arte, mediante la droga, la locura, el suicidio. El juicio acerca del que huye varía según las circunstancias y el punto de vista: puede ser un héroe, como el que salta el muro de Berlín, o un cobarde, como el automovilista que sale zumbando tras atropellar a un muchacho en una calle sevillana. Lo que parece claro es que, tras cada huida, hay un intento de encontrar la felicidad. O de restablecerla.

Para huir hay que escoger el momento. No todos los fugados quieren que se sepa que escaparon. Unas veces avisan, otras no

Para huir hay que escoger el momento. No todos los fugados quieren que se sepa que escaparon. Unas veces avisan: ahora me voy, pero sabréis de mí más adelante. Otras, no: anuncian que salen a por tabaco y nunca vuelven. Algunos aprovechan la confusión de una catástrofe con la esperanza de ser contados entre los desaparecidos: del 11 de septiembre, por ejemplo, de una matanza balcánica, de un tsunami arrasador. Hubo, seguro, quien aprovechó para esfumarse mientras sus conciudadanos se cocían en Pompeya, hasta convertirse en fósiles calcinados para siempre. El deseo de escapar vence en esos casos al amor, a la compasión, a la solidaridad. Sí: hay quien no puede resistirse a la tentación que le supone la posibilidad de una huida discreta. Pirárselas sin dar explicaciones, ni dejar una nota, ni siquiera enviar un escueto esemese y luego arrojar el móvil a una alcantarilla. Salir de naja y sin decir adiós, forjarse una nueva identidad, ser otro. Borrón y cuenta nueva. Se escapa para enmendar un error, para empezar de nuevo: es decir, para cambiar. En literatura se huye sobre todo a partir del Romanticismo, que es cuando Dios empieza a quedarse mudo (antes de esfumarse, Él también, definitivamente) y hombres y mujeres empiezan a sospechar que no hay más felicidad que la que uno pueda encontrar en este mundo. Carpe diem, por tanto.

Pero cambiar es difícil, como intenta demostrarle, mediante una parábola, el detective Sam Spade a su clienta Brigid O'Shaughnessy en El halcón maltés (1929), la estupenda novela de Dashiell Hammet. Spade le cuenta la historia del señor Flitcraft, un ejecutivo acomodado, felizmente casado y padre de dos hijos, que un día desaparece, abandonando a su familia y su casa en las afueras. Cinco años después, la señora Flitcraft, que cree haberlo visto, se presenta en el despacho de Spade y le pide que lo encuentre. Al llegar el momento de las explicaciones, Flitcraft le confiesa a Spade que se había marchado como reacción a algo que transformó su manera de ver las cosas, "como si alguien hubiera levantado la tapa de la vida para mostrarle su mecanismo". Lo que le ocurrió fue que, aquel día lejano, una viga se desprendió de una casa en obras y se estrelló a pocos pasos de él. La repentina conciencia de su fragilidad le persuadió de que debía cambiar su vida, vivir de otra manera. Por eso abandonó todo y se largó a otra ciudad: quería sentirse libre. Cuando el detective lo encuentra, Flitcraft ya no se llama Flitcraft, sino Pierce. Pero es un ejecutivo acomodado, está felizmente casado con la señora Pierce y tiene dos hijos y una casa en las afueras. De modo que no se cambia fácilmente. Tampoco, por cierto, lo hará la voluble Brigid, a pesar de que, a esas alturas de la novela, ya está enamorada de Spade.

Moraleja: hay que pensárselo dos veces antes de marcharse a por tabaco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 19 de mayo de 2010