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Análisis:

Un cazador solitario

Ryszard Kapuscinski fue uno de los mejores reporteros del siglo XX y Robert Capa uno de los fotógrafos de guerra más influyentes. Ninguno está a salvo de la polémica. De Capa aún se discute si su foto más célebre, la de la muerte del miliciano en la Guerra Civil española, fue un montaje. A Kapuscinski se le acusa tres años después de su muerte de inventar hechos para potenciar la fuerza dramática del relato periodístico. Como enviado especial a África de la Agencia de Prensa Polaca entre 1954 y 1981, Kapuscinski no hubiera logrado notoriedad alguna: textos cortos y telegráficos en un idioma difícil y periférico. Son sus libros traducidos a numerosos idiomas los que le situaron en la cumbre y ahora en el centro del debate.

En los tiempos que le tocó vivir no había rastro de la globalización. Sólo existía la palabra del reportero convertido en un cazador solitario. No siempre es sencillo determinar el límite literario de los hechos cuando la realidad viene distorsionada por la guerra. No lo es tampoco hoy con Internet y las televisiones globales. El exceso de información, el ángulo de la cámara o el objetivo elegido pueden ser una forma de embellecimiento y manipulación.

Kapuscinski pasó del texto conciso y objetivo de las agencias al libro del reportaje literario. Literatura y Periodismo son orillas del mismo río con normas y pactos diferentes con el lector. A la primera se le consiente la fabulación; al segundo, no. Uno escribe desde el sosiego; el otro, desde la prisa y eso determina la estructura. Un libro excelso como El emperador (1978) es un ejercicio de técnica periodística y literaria, de contar de forma minuciosa hechos a través del relato de otros. Ningún texto resiste la lupa y la inquisición moral de quien no estuvo allí.

Lo importancia de Kapuscinski no reside en su forma de escribir, en las metáforas o en los hechos descritos, si los presenció o se los contaron. La gran aportación del periodista polaco, lo que le hace grande y maestro de muchos, es su mirada, su forma de ver y situar al Otro sin juzgarle en el centro de la crónica, o del relato si se prefiere. Esa curiosidad enfermiza la llevaba hasta el extremo de sentarse, también en Varsovia, junto al conductor del taxi y sonsacarle aspectos invisibles de su existencia. Ésa es la esencia del trabajo: siempre escuchar para poder contar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 2010