Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:Cómo alcanzar Europa desde Níger

'Camiones patera'

Me encuentro sentado en el espacioso salón de la casa de Paolo Giglio, cónsul de Italia en Niamey, la capital de Níger, un día de calor sofocante. Hablamos de mis planes para visitar el norte del país para fotografiar los convoyes de trabajadores que salen desde Agadez hasta Libia cada quince o veinte días. Justo cuando estoy a punto de marcharme, me hace una clara advertencia: "Nadie puede entrar o salir de Agadez en un convoy sin escolta. Además, los periodistas tienen prohibida la entrada en la zona durante dos años. Mi obligación es desaconsejar a cualquiera que desee viajar a ese lugar".

En la región de Air se necesita la compañía de una escolta militar para proteger a los vehículos y sus pasajeros de los ataques de la milicia Movimiento de Nigerianos por la Justicia que están luchando desde 2007.

La vergüenza de volver a su país aún con menos dinero les lleva a trabajar casi como esclavos

La guerra, el Ejército y los numerosos controles para entrar o salir de Agadez no impiden, sin embargo, la afluencia mensual de 7.000 personas que esperan cruzar el desierto del Teneré a Libia por una de las rutas más utilizadas por los inmigrantes ilegales. Durante más de diez años, este itinerario ha sido el preferido por la mayoría de trabajadores que emprenden el camino desde Libia y tienen Lampedusa (Italia) como destino final. Siendo tan peligrosa como es, debido a unas condiciones de viaje extremas y al riesgo constante de ataques en un territorio demasiado grande para ser convenientemente vigilado, esta ruta es inescrutable, sobre todo por el número de incidentes que ocurren a lo largo de su recorrido. La dificultad de realizar un registro de las muertes hace imposible obtener un cálculo exacto del precio pagado en vidas humanas, aunque las estadísticas hablan de una tasa de mortandad de entre el 12% y el 15% de todos aquellos que deciden hacer este viaje. Sin embargo, estas cifras a menudo se redondean a la baja. La nacionalidad de los trabajadores depende de la situación interna de sus países de origen y, al menos durante los últimos años, la mitad de ellos proceden del sur de Nigeria, una zona asolada por la pobreza, el atraso, la corrupción y la contaminación por los pozos petrolíferos.

Situaciones sociales difíciles conducen a numerosos jóvenes de entre 20 y 30 años, a menudo con educación, a intentar llegar a Europa cruzando el desierto del Teneré (la parte sur-central del Sáhara). Una vez que consiguen alcanzar la mitad del desierto, una parada obligatoria es el oasis de Dirkou, aún en Níger. La mayoría de los trabajadores saldrán hacia Libia desde este pueblo, pero otros, sin medios económicos o estafados durante el viaje, permanecerán ahí, dramáticamente atrapados. Para ellos, la única forma de escapar de esta prisión es encontrar un patrón que les proporcione trabajo y les pague los 70.000 francos CFA (107 euros) que necesitan para realizar el viaje hasta Al Gatrun, el primer oasis en el desierto de Libia. ¡Trabajar siete u ocho meses y cobrar 15 euros al mes sólo para salvar sus vidas! Gracias a este trabajo de esclavos mal pagados, Dirkou ha experimentado durante los últimos seis años un nivel de desarrollo anteriormente inimaginable, tal y como reconoce su alcalde, Boubacar Djerome: "Sin los extranjeros, Dirkou no existiría". ¿Cómo no estar de acuerdo con esta afirmación cuando antes de 2003 en Dirkou no había ni agua corriente ni electricidad ni telefonía móvil?

Algunos de los que han permanecido atrapados y han dejado en casa mujer e hijos esperando los frutos de este viaje son los primeros que sucumben a esta situación adversa. Sienten malgastado el tiempo en el desierto y empiezan a preguntarse si no harían mejor en emprender el camino de vuelta. Pero sólo el hecho vergonzoso de pensar en volver con menos dinero del que tenían cuando decidieron iniciar el viaje les obliga a trabajar en condiciones cercanas a la esclavitud. Hassan, Radi y Aboubacar habían estado varios meses atrapados en el Teneré cuando los conocí. Ésta es su historia.

Traducción de Virginia Solans

La trampa del Sáhara

Por Nicolás Castellano

Hace tres semanas encontré 21 cadáveres que se tragaba la arena. Fue muy duro. Parecían momias. A los dos días, ya en Argelia, me atracaron, me dieron una paliza y dije basta". Éste es el testimonio de Souburuchi, nigeriano de 23 años que, tras su primer intento de cruzar el Sáhara rumbo a Europa, ha decidido emprender el camino de vuelta. Otro nigeriano, Wilson, de 31 años, los últimos seis probando sin fortuna todos los caminos posibles para llegar a Europa, narra así su experiencia: "He visto muchas cosas horribles todos estos años, pero nada como lo que me encontré en Libia: los cuerpos de 24 personas a las que habían abandonado en el desierto como a perros y que terminaron muriendo de sed. Cuando llegamos ya no pudimos hacer nada".

El padre Anselmo anota en su arrugada libreta azul los nombres de Souburuchi Schodbuy y Wilson Uwaifickiun. Apura las últimas páginas porque sólo en los dos últimos años ha registrado más de 1.700 nombres, los de jóvenes de África central y del Oeste, en su mayoría de Camerún, Ghana, Liberia y Nigeria, que después de haber sido expulsados desde Argelia o Libia llegan a diario a su pequeña parroquia de la ciudad de Gao en busca de ayuda, alimentos, atención sanitaria, alojamiento o alguien que los escuche. La del padre Anselmo, original de Tanzania afincado en Malí desde hace 10 años, es la única misión católica de las tres regiones del norte del país, Tombuctú, Gao y Kidal, que suman una extensión de 820.000 kilómetros cuadrados, casi dos veces España. Y él es ahora el alma de la misión de los padres Blancos y de la oficina de Cáritas, un oasis en esta ciudad de 38.000 habitantes y casas bajas de adobe a orillas del río Níger, paso obligado de una de las principales rutas de la emigración clandestina hacia Europa.

El contacto con este drama humano ha hecho posicionarse claramente al padre Anselmo: "La Unión Europea puede protegerse, pero al mismo tiempo ha de plantearse preguntas. Esas leyes para cerrar sus fronteras, ¿a qué conducen? El Frontex (Agencia Europea de Control de Fronteras) está controlando todas las rutas desde Senegal y Mauritania por el Atlántico y ahora desde Libia. Me pregunto si realmente los europeos saben que Europa obliga a los países magrebíes a frenar allí a los africanos y por culpa de eso hay gente muriendo en el desierto".

El control de salida de barcazas desde las costas occidentales africanas ha vuelto a dar protagonismo a la ruta del Sáhara. No es la más activa para salir del continente africano. En 2009, unas 50.000 personas navegaron de forma clandestina el golfo de Adén partiendo desde Somalia y desembarcando en Yemen. Una cifra superior incluso a la suma de todos los que entraron ese año en Europa en patera, menos de 20.000.

España experimentó en 2009 la afluencia de clandestinos por vía marítima más baja de la última década. Pero la ruta desde Níger y Malí es el trampolín que desemboca en los países del Magreb -Argelia, Marruecos o Libia-, adonde llegan en busca de las vallas de Ceuta y Melilla o de una patera hacia España o Italia. Es en Gao donde comienzan la gran mayoría de esos viajes. Sólo en 2008, 32.000 africanos cruzaron desde Libia a Italia, y prácticamente el 100% tuvo que superar la dura prueba de la ruta del desierto. "Tras levantarse las vallas de Ceuta y Melilla en 2005, muchos jóvenes quedaron abandonados en el desierto, otros expulsados a Gao. No tenían qué comer ni dónde dormir y quedaban bloqueados. Había chicos que iban de puerta en puerta pidiendo comida. Aquello fue un antes y un después. Así comenzó nuestra ayuda, con un lugar donde acogerlos, curarlos y ayudarles a continuar viaje", sostiene el padre Anselmo, que lamenta la falta de información que sufren muchos de estos jóvenes. "No saben qué les espera. Creen que es suficiente con coger la carretera, ir al desierto, luego a Argelia, a Marruecos y ya están en España, en Europa".

Niamey, la capital de Níger, suele ser el punto de partida. Algunos se atreven desde aquí a tentar la suerte del Teneré, desierto bello y mortal como pocos en el planeta. Es la ruta más directa hacia Libia, pero a la vez la más complicada. Se pasan muchos días sin avistar un solo pozo de agua. Otro punto clave de salida es Bamako, la capital de Malí. Con todo esto, la mayoría acaba pasando por Gao, la puerta del desierto del Sáhara… Nadie sale de allí sin haber contactado antes con los pasantes, o "las mafias", como les llaman los políticos europeos, que llegan a cobrar hasta 4.000 euros por viajero, al que prometen "todas las garantías" de alcanzar Europa. Sin embargo, casi cada kilómetro de esas rutas está bajo el control de bandas de atracadores o supuestos organizadores de viajes. Nada se mueve sin que ellos lo sepan. "Todo lo que tengas, no sólo el dinero, te lo quitan. Te obligan a beber un líquido que te provoca diarrea para que sueltes todo, porque la gente se traga el dinero en pequeñas bolsas de plástico para evitar que les roben", cuenta Yussef, otro nigeriano. Anselmo apostilla: "Por esos laxantes, muchos han muerto deshidratados. Pero les da igual. Me dicen que es tan difícil vivir en su tierra que prefieren morir intentando llegar a Europa".

Nicolás Castellano es periodista especializado en inmigración y autor del audiolibro 'Mi nombre es nadie' (editorial Icaria).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de febrero de 2010

Más información