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RELATO COLUMNA i

Consecuencias de una larga nota de rechazo

Una de las habituales notas de rechazo que los editores de revistas enviaban a Charles Bukowski desencadena una situación absurda. Alcohol, juego y ese humor cínico tan propio de este autor se reúnen en este relato de apariencia autobiográfica, el último de los inéditos en español que 'El País Semanal' ha ofrecido este verano a sus lectores.

Me di un paseo y pensé en ello. Era la más larga que había recibido. Por lo general sólo decían: "Lo lamentamos, esto no acaba de estar a la altura", o bien "Lo lamentamos, esto no ha acabado de entrar en la programación". O, más a menudo, el típico formulario de rechazo ya impreso.

Pero ésta era la más larga, la más larga en toda mi vida. Era por mi relato Mis aventuras en medio centenar de pensiones. Me llegué debajo de una farola, saqué la nota del bolsillo y volví a leerla:

Estimado señor Bukowski:

Una vez más, esto es un conglomerado de buen material y otro material tan rebosante de prostitutas idolatradas, escenas de vomitonas el día después, misantropía, elogios del suicidio, etcétera, que no encaja del todo en ninguna revista que tenga la menor distribución. Constituye, no obstante, la epopeya de cierta clase de persona y en buena medida creo que ha hecho un buen trabajo con ella. Es posible que lo publiquemos alguna vez, aunque no sé con exactitud cuándo. Eso depende de usted.

"Escuche, mido uno ochenta, tengo el pelo moreno ondulado, un ojo de cristal y un par de dados rojos"

"No, no, Millie, no lo entiendes. Los editores no son como los empresarios cansados. ¡Los editores tienen escrúpulos!"

Le saluda atentamente,

Whit Burnett

Ah, ya conocía la firma: la larga h con una voluta hacia el cabo de la W y el comienzo de la B que caía hasta mitad de la página.

Volví a meterme la nota en el bolsillo y me fui calle abajo. Me sentía bastante bien.

Por aquel entonces sólo llevaba escribiendo un par de años. Dos breves años. A Hemingway le llevó diez años. Y Sherwood Anderson había cumplido los cuarenta cuando lo publicaron.

Supuse, no obstante, que tendría que dejar la bebida y las mujeres de mala reputación. El whisky era difícil conseguirlo de todas maneras, y el vino me estaba haciendo polvo el estómago. Millie, sin embargo… Millie iba a ser difícil, mucho más difícil.

… Pero Millie, Millie, no debemos perder de vista el arte. Dostoievski, Gorki, por rusos, y ahora América quiere un europeo del Este. América está harta de los Brown y los Smith. Los Brown y los Smith son buenos escritores, pero los hay a puñados y todos escriben igual. América quiere la difusa negrura, las meditaciones idealistas y los deseos reprimidos de un europeo del Este.

Millie, Millie, tu figura no tiene nada de malo: se derrama bien prieta hasta las caderas y amarte es tan fácil como ponerse un par de guantes cuando hace un frío que pela. Tu habitación siempre está caliente y animada y tienes discos y sándwiches de queso que me gustan. Y, Millie, tu gata, ¿te acuerdas? ¿Recuerdas cuando era una gatita? Intenté enseñarle a dar la pata y darse la vuelta, y tú dijiste que un gato no era un perro y no se podía hacer tal cosa. Bueno, lo conseguí, ¿verdad, Millie? Ahora la gata es grande y ha sido madre y ha tenido gatitos. Pero ahora va a tener que largarse, Millie: gatos y figuras y la sexta sinfonía de Chaikovski. América necesita a un europeo del Este

Me encontré con que para entonces estaba delante de mi pensión y me dispuse a entrar. Entonces vi una luz en mi ventana. Miré dentro: Carson y Shipkey estaban sentados a la mesa con alguien que no conocía. Jugaban a las cartas y en el centro vi una enorme jarra de vino. Carson y Shipkey eran pintores que no acababan de decidir si pintar como Salvador Dalí o Rockwell Kent, y trabajaban en los astilleros mientras intentaban llegar a una conclusión.

Entonces vi a un tipo sentado muy discretamente en el borde de mi cama. Llevaba bigote y perilla y me sonaba de algo. Me pareció recordar su cara. La había visto en un libro, un periódico, una película tal vez. Le di vueltas.

Entonces lo recordé.

Cuando lo recordé, no supe si entrar o no. Después de todo, ¿qué se decía? ¿Cómo se comportaba uno? Con un hombre así era difícil. Había que tener cuidado de no decir algo fuera de lugar, había que tener cuidado con todo.

Decidí dar una vuelta a la manzana primero. Leí en algún lugar que eso venía bien cuando uno estaba nervioso. Oí maldecir a Shipkey cuando me iba y oí que a alguien se le caía un vaso. Eso no iba a ayudarme en absoluto.

Decidí prepararme el discurso con antelación. Lo cierto es que no se me da muy bien hablar en absoluto. Soy muy retraído y me pongo en tensión. Me lo guardo todo y lo convierto en palabras en el papel. Seguro que se llevará una decepción conmigo, pero así ha sido siempre.

Me pareció que eso surtiría efecto y cuando terminé de dar la vuelta a la manzana entré directo a mi habitación.

Vi que Carson y Shipkey andaban bastante borrachos, y supe que no iban a ser de ayuda. El pequeño jugador de cartas que habían traído consigo también andaba ciego, salvo que tenía todo el dinero en su lado de la mesa.

El tipo de la perilla se levantó de la cama.

-¿Qué tal está, caballero? -me preguntó.

-Bien, ¿y usted? -le estreché la mano-. Espero que no haya tenido que esperar mucho, ¿eh? -dije.

-Ah, no.

-Lo cierto -dije- es que no se me da muy bien hablar en absoluto

-Menos cuando está borracho, entonces grita que te cagas. A veces se va a la plaza y despotrica, y si nadie le presta atención les habla a los pájaros -dijo Shipkey.

El tipo de la perilla sonrió. Tenía una sonrisa maravillosa. A todas luces era un hombre comprensivo.

Los otros dos siguieron jugando a las cartas, pero Shipkey volvió la silla y se quedó mirándonos.

-Soy muy retraído y me pongo en tensión -seguí-, y…

-Tensión arterial o tensión eléctrica -gritó Shipkey.

Era muy malo, pero el tipo de la perilla volvió a sonreír y me sentí mejor.

-Me lo guardo todo y lo convierto en palabras en el papel y…

-¿Con buena intensión o en plan intenso? -gritó Shipkey.

… y seguro que se llevará una decepción conmigo, pero así ha sido siempre.

-¡Escuche, caballero! -gritó Shipkey, que se mecía adelante y atrás en su silla-. ¡Escuche, el de la perilla!

-¿Sí?

-Escuche, mido uno ochenta, tengo el pelo moreno ondulado, un ojo de cristal y un par de dados rojos.

El hombre se rió.

-¿Es que no me cree? ¿No cree que tengo un par de dados rojos?

Shipkey, cuando estaba ebrio siempre quería, por alguna razón, hacer creer a la gente que tenía un ojo de cristal.

Se señalaba un ojo u otro y sostenía que era un ojo de cristal. Aseguraba que el ojo de cristal se lo había hecho su padre, el mayor especialista del mundo, que, por desgracia, murió tras ser atacado por un tigre en China.

De pronto Carson se puso a gritar:

-¡Te he visto coger esa carta! ¿De dónde la has sacado? ¡Dámela, venga! ¡Marcada, marcada! ¡Ya me parecía a mí! ¡No me extraña que fueras ganando! ¡Así! ¡Así!

Carson se levantó, cogió al pequeño jugador de cartas por la corbata y tiró de ella. Carson tenía la cara amoratada de furia y el pequeño jugador de cartas empezó a ponerse rojo conforme Carson tiraba de la corbata.

-¡Qué pasa, eh! ¡Eh! ¡Qué pasa! ¿Qué está pasando? -gritó Shipkey-. Vamos a ver, ¿eh? ¡Dame la mandanga!

Carson estaba todo amoratado y apenas podía hablar. Siseaba las palabras entre dientes con gran esfuerzo y seguía tirando hacia arriba de la corbata. El pequeño jugador de cartas empezó a agitar los brazos como un enorme pulpo sacado a la superficie.

-¡Nos ha engañado! -siseó Carson-. ¡Nos ha engañado! ¡Se ha sacado una de la manga, como hay Dios! ¡Nos ha engañado, te lo aseguro!

Shipkey se puso detrás del pequeño jugador de cartas, lo cogió por el pelo y le meneó la cabeza adelante y atrás. Carson seguía con la corbata.

-Nos has engañado, ¿eh? ¡Verdad! ¡Habla! ¡Habla! -gritó Shipkey, sin dejar de tirarle del pelo.

El pequeño jugador de cartas no dijo nada. Se limitó a agitar los brazos y empezó a sudar.

-Voy a llevarle a algún sitio donde podamos tomar una cerveza y comer algo -le dije al hombre de la perilla.

-¡Venga! ¡Habla! ¡Confiesa! ¡No nos puedes engañar!

-Ah, no será necesario -dijo el tipo de la perilla.

-¡Rata! ¡Piojo! ¡Cerdo con morro de pez!

-Insisto -dije.

-Ibas a robarle a un hombre con un ojo de cristal, ¿eh? ¡Ya te voy enseñar, cerdo con morro de pez!

-Es muy amable por su parte, y la verdad es que tengo un poco de hambre -accedió el hombre de la perilla.

-¡Habla! ¡Habla, cerdo con morro de pez! ¡Si no hablas en dos minutos, sólo dos minutos, voy a arrancarte el corazón para hacer un pomo!

-Vamos ahora mismo -dije.

-De acuerdo -dijo el tipo de la perilla.

Todos los sitios para comer estaban cerrados a esas horas de la noche y había un buen trecho hasta el centro en coche. No podía llevarlo de vuelta a mi habitación, así que tuve que arriesgarme con Millie. Ella siempre andaba sobrada de comida. En cualquier caso, siempre tenía queso.

Estaba en lo cierto. Nos preparó sándwiches de queso y café. La gata me conocía y se me subió al regazo.

Dejé a la gata en el suelo.

-¡Mire, señor Burnett! -dije-. ¡Dame la patita! -le dije a la gata-. ¡Dame la patita!

La gata se quedó allí plantada.

-Qué raro, siempre lo hacía -le dije-. ¡Dame la patita!

Recordé que Shipkey le había dicho al señor Burnett que yo hablaba con los pájaros.

-¡Venga! ¡Dame la patita!

Empecé a sentirme como un idiota.

¡Venga! ¡Dame la patita!

Bajé la cabeza a la altura de la de la gata y puse toda la carne en el asador.

¡Dame la patita!

La gata se quedó allí plantada.

Volví a sentarme y cogí el sándwich de queso.

-Los gatos son animales curiosos, señor Burnett. Nunca se sabe. Millie, ponle la sexta de Chaikovski al señor Burnett.

Escuchamos música. Millie se acercó y se me sentó en el regazo. Sólo llevaba puesto un salto de cama. Se dejó caer sobre mí. Dejé el sándwich a un lado.

-Quiero que se fije -le dije al señor Burnett- en la sección que impulsa el movimiento de marcha de esta sinfonía. Creo que es uno de los movimientos más hermosos en toda la música. Y además de su belleza y su fuerza, tiene una estructura perfecta. Se nota la inteligencia en funcionamiento.

La gata se encaramó de un salto al regazo del hombre de la perilla. Millie apoyó su mejilla en la mía y me puso una mano en el pecho.

-¿Dónde te has metido, guapito? Millie te ha echado de menos, ¿sabes?

Terminó el disco y el tipo de la perilla se quitó a la gata del regazo, se levantó y le dio la vuelta al disco. Debería haber buscado el disco número dos en el álbum. Al darle la vuelta, íbamos a llegar al clímax antes de tiempo. Pero no dije nada, y lo escuchamos hasta el final.

-¿Qué le ha parecido? -pregunté.

-¡Bueno! ¡Muy bueno!

Tenía la gata en el suelo.

-¡Dame la patita! ¡Dame la patita! -le dijo a la gata.

La gata le dio la pata.

-Vaya -dijo-, puedo hacer que me dé la pata.

-¡Dame la patita!

La gata se dio la vuelta.

-¡No, dame la patita! ¡Dame la patita!

La gata se quedó allí plantada.

Bajó la cabeza a la altura de la de la gata y le dijo al oído:

-¡Dame la patita!

La gata le apoyó la pata en la perilla.

-¿Han visto? ¡He conseguido que me diera la pata! -el señor Burnett parecía satisfecho.

Millie se apretó contra mí.

-Bésame, guapito -dijo-, bésame.

-No.

-Dios santo, ¿se te ha ido la olla, guapo? ¿Qué te pasa? Esta noche te preocupa algo, ¡salta a la vista! ¡Cuéntaselo a Millie! Millie iría al infierno por ti, guapito, ya lo sabes. ¿Qué te pasa, eh? ¿Eh?

-Ahora voy a hacer que se dé la vuelta -dijo el señor Burnett.

Millie me rodeó con fuerza con sus brazos y bajó la mirada hacia mi ojo levantado hacia ella. Tenía un aspecto muy triste y maternal y olía a queso.

-Dile a Millie qué te está reconcomiendo, guapito.

-¡Date la vuelta! -le dijo el señor Burnett a la gata.

La gata se quedó ahí plantada.

-Escucha -le dije a Millie-, ¿ves a ese hombre de ahí?

-Sí, lo veo.

-Bueno, pues es Whit Burnett.

-¿Quién es ése?

-El editor de la revista. Ese al que le envío mis relatos.

-¿Te refieres al que te envía esas notitas tan pequeñas?

-Notas de rechazo, Millie.

-Bueno, me parece mezquino. No me cae bien.

-¡Date la vuelta! -le dijo el señor Burnett a la gata. La gata se dio la vuelta-. ¡Miren! -gritó-. ¡He hecho que se dé la vuelta la gata! ¡Quiero comprar esta gata! ¡Es maravillosa!

Millie se cogió a mí con más fuerza y me miró fijamente al ojo. Estaba indefenso del todo. Me sentía como un pez todavía vivo sobre el hielo en el mostrador de un pescadero un viernes por la mañana.

-Escucha -me dijo-, puedo hacer que publique uno de tus relatos. ¡Puedo hacer que te los publique todos!

-¡Fíjense cómo hago que se dé la vuelta la gata! -dijo el señor Burnett.

-No, no, Millie, no lo entiendes. Los editores no son como los empresarios cansados. ¡Los editores tienen escrúpulos!

-¿Escrúpulos?

-Escrúpulos.

-¡Date la vuelta! -dijo el señor Burnett.

La gata seguía allí plantada.

-¡Ya me conozco yo eso de los escrúpulos! ¡No te preocupes por los escrúpulos! ¡Guapito, voy a hacer que publique todos tus relatos!

-¡Date la vuelta! -le dijo el señor Burnett a la gata. No pasó nada.

-No, Millie, no voy a tolerarlo.

Estaba cogida a mí como una lapa. Me resultaba difícil respirar, y pesaba bastante. Noté que se me dormían los pies. Millie apoyó su mejilla en la mía y empezó a frotarme el pecho arriba y abajo.

-¡Guapito, no digas nada!

El señor Burnett bajó la cabeza a la altura de la de la gata y le dijo al oído:

-¡Date la vuelta!

La gata levantó la pata hasta su perilla.

-Creo que este gato quiere comer algo -dijo.

Dicho eso, volvió a sentarse. Millie se acercó a él y se le sentó en la rodilla.

-¿De dónde ha sacado esta perillita tan mona? -le preguntó.

-Disculpad -dije-. Voy a tomar un vaso de agua.

Entré y me senté en el rincón del desayuno y miré los dibujos florales en la mesa. Intenté borrarlos con una uña.

Ya era bastante duro compartir el amor de Millie con viajantes de queso y el soldador. Millie, con ese tipo que se le escurría hasta las caderas. Maldita sea, maldita sea.

Seguí allí sentado y un rato después saqué la nota de rechazo del bolsillo y volví a leerla. Los sitios por donde la nota estaba plegada empezaban a oscurecerse de mugre y a cuartearse. Tendría que dejar de mirarla y meterla entre las páginas de un libro como una rosa prensada.

Empecé a pensar en lo que decía. Siempre había tenido ese problema. En la universidad, incluso, me sentía atraído por la negrura difusa. La profesora de relato breve me llevó a cenar y a ver un espectáculo una noche y me sermoneó sobre las maravillas de la vida. Le había entregado un relato en el que yo, como personaje protagonista, había ido a la playa por la noche en la arena y me había puesto a meditar sobre el significado de Cristo, sobre el significado de la muerte, sobre el significado y la plenitud y el ritmo de todas las cosas. Entonces, en mitad de mis meditaciones, aparece un vagabundo de ojos llorosos que me lanza arena a la cara a puntapiés. Hablo con él, le compro una botella y hablamos. Nos ponemos ciegos hasta vomitar. Luego vamos a una casa de mala nota.

Después de cenar, la profesora de relato breve abrió el bolso y sacó mi cuento de la playa. Lo abrió hacia la mitad, por la entrada del vagabundo de ojos llorosos y la salida del significado en Cristo.

Hasta aquí, me dijo, hasta aquí, era muy bueno, de hecho, precioso.

Luego se me quedó mirando con esa mirada que sólo pueden tener esos con inteligencia artística que de alguna manera se han topado con dinero y posición. Pero perdona, te ruego que me perdones, golpeó con el dedo la segunda parte de mi relato, ¿qué demonios hace esto aquí?".

No podía seguir ausente. Me levanté y fui a la sala de estar.

Millie estaba pegada a él como una lapa y miraba desde arriba su ojo levantado hacia ella. Él parecía un pescado en hielo.

Millie debió de creer que quería hablar con él sobre procedimientos de publicación.

-Disculpad, tengo que peinarme -dijo, y se fue de la sala.

-Qué chica tan simpática, ¿verdad, señor Burnett? -le pregunté.

Él recobró la compostura y se alisó la corbata.

-Perdone -dijo-, ¿por qué me llama señor Burnett una y otra vez?

-Bueno, ¿no es usted el señor Burnett?

-Soy Hoffman. Joseph Hoffman. Soy de la compañía de seguros de vida Curtis. He venido en respuesta a su postal.

-Pero yo no envié ninguna postal.

-Recibimos una de usted.

-Yo no envié ninguna.

-¿No es usted Andrew Spickwich?

-¿Quién?

-Spickwich. Andrew Spickwich, Taylor Street, 3631.

Millie regresó y volvió a abrazarse con fuerza a Joseph Hoffman. No tuve coraje para decírselo.

Cerré la puerta muy suavemente y me fui escaleras abajo hasta la calle. Paseé hasta mitad de la manzana y entonces vi apagarse las luces.

Corrí como un condenado hasta mi habitación con la esperanza de que quedara vino en aquella enorme jarra encima de la mesa. No creí que fuera a tener tanta suerte, sin embargo, porque represento hasta la saciedad la epopeya de cierta clase de persona: difusa negrura, meditaciones idealistas y deseos reprimidos.P

Traducción de Eduardo Iriarte. Este relato está incluido en el libro Fragmentos de un cuaderno manchado de vino (Relatos y ensayos inéditos 1944-1990), que Anagrama publicará en octubre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 30 de agosto de 2009