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Reportaje:

Borrachera de fuego y sangre

Una reflexión histórica sobre la Semana Trágica, de la que se cumplen 100 años

"¿Quién hay?'. Y una voz respondió: 'Queremos saquear el convento...". Podría ser el inicio de un chiste malo, si no fuera porque es el testimonio real de una de las monjas francesas del convento de la Asunción del barrio barcelonés del Pueblo Seco tras oír tres golpes de martillo en las puertas a las 3.20 del martes 27 de julio de 1909, es decir, el segundo día de la llamada Semana Trágica.

El relato, buen ejemplo de cómo se desarrollaron en lo psicosocial los acontecimientos, forma parte de una documentación parcialmente inédita extraída del Archivo Secreto del Vaticano a partir del casi centenar de informes que la Iglesia española envió a la Santa Sede y que constituye la gran novedad aparecida en el centenario de uno de los episodios más extraños, y simbólicos, de la historia de España.

La falsa atribución de la revuelta al separatismo frenó su 'salto' a España

En versión homeopática, las protestas por el embarco de tropas reservistas con destino a la defensa de las minas del Rif en Marruecos (en la práctica, una humillante carnicería para el maltrecho Ejército español, estocado ya por la reciente pérdida de Cuba y Filipinas) desembocaron en una huelga general de 24 horas el lunes 26 de julio de 1909. La paralización del transporte, los conatos de enfrentamiento con los cuerpos policiales y la imposibilidad de mantener abiertos los comercios llevaron al Gobierno, quizá precipitadamente, a declarar el estado de guerra. La respuesta fue que por la noche ya ardía la escuela de los maristas de Poblenou, primer edificio religioso en ser asaltado.

La semana acabaría con 112 construcciones destruidas -80 de ellas religiosas-, 106 muertos, 350 heridos, unos 2.000 detenidos, 739 procesos y 17 condenas a muerte, de las que se ejecutaron cinco. Extraña revuelta, sin embargo: apenas se tocaron bancos, empresas ni casi fábricas. Y sólo murieron tres religiosos, uno de ellos por infarto. "No deja de ser curiosa una revuelta en la que las criadas de la burguesía pueden ir tranquilamente al mercado de ocho a nueve cada mañana", constata el historiador Joan B. Culla, autor de un libro clave del periodo, El republicanisme lerrouxista a Catalunya (1901-1923). "No fue una revolución, sino una explosión espontánea, no había nada planificado ni dirigido, fue una borrachera colectiva gorda", ilustra Culla, que contrasta los resultados con la masacre de religiosos de 1835 ("ahí la Iglesia era el enemigo claro: estaban con los carlistas") o la persecución de 1936 ("eso ya era una revolución").

"¿Cómo puede ser que los altercados empiecen como movimiento antimilitar, con gritos de 'abajo la guerra', luego sigan con vivas al Ejército y acaben metiéndose con los religiosos?", se pregunta el historiador José Álvarez Junco, autor de El emperador del Paralelo: Lerroux y la demagogia. Y se responde: "Es un tema cultural, el del anticlericalismo español, que en Cataluña era aún más acentuado; y todo con un maniqueísmo ideológico facilón". Que la violencia fuera sólo contra el patrimonio demuestra "el fuerte valor simbólico de las protestas", según el historiador.

"Barcelona tenía más iglesias y conventos que Madrid, y las órdenes religiosas, tras las desamortizaciones, habían monopolizado la educación y la asistencia sanitaria, y pagaban peor a los trabajadores que los patronos laicos", recuerda el periodista Marc Iglesias frente a la antigua casa-palacio de los marqueses de Comillas, donde se manifestaron obreros (el marqués tenía intereses en el Rif, y sus barcos transportaban a los reservistas) y que se ha incorporado al itinerario que las bibliotecas municipales organizan en torno a la Semana Trágica, uno de los miles de eventos conmemorativos que ahora arrancan.

"Barcelona era una olla a presión, con 150.000 trabajadores industriales sobre unos 600.000 habitantes, donde circulaba desde el anarquismo al antimilitarismo, un alto analfabetismo y unas fuerzas políticas, desde los republicanos a los catalanistas, hostiles al sistema", resume Culla. "En lo único que había acuerdo era en cargarse al presidente del Gobierno, Maura", apuntilla Álvarez Junco.

El saneamiento de la ciudad antigua, con la apertura de una Via Laietana que debía unir el puerto con el burgués Ensanche (cayeron mil edificios del proletario casco antiguo), también se sumaba al mal ambiente. "Se quería hacer una Barcelona ideal, también en fotografía. Durante el motín decimonónico hay pocas imágenes de barricadas y muchas contra el patrimonio religioso; la burguesía no tuvo rival fotográfico", apunta el historiador Jordi Calafell, comisario de la muestra 1909: fotografía, ciudad y conflicto.

Ese magma explicaría en parte, según Culla, que la huelga no se extendiera por España: "Bilbao, Sevilla o Madrid no tenían ese caldo de cultivo". También contó la taimada actitud del ministro de la Gobernación, Juan de la Cierva, que en sus memorias admite que dejó correr el bulo periodístico según el cual el movimiento era de corte separatista.

Diez mil soldados, enviados de fuera de Cataluña, apaciguaron los ánimos a partir del jueves. Empezaba una represión brutal; eso sí, el lunes siguiente los patronos decidieron, como si nada hubiera pasado, pagar la semanada.

Ferrer y Guardia y el Vaticano

"El nombre de Semana Trágica no es neutral: es una definición de derechas, una estrategia más de la burguesía en su deseo de dramatizar unos hechos para justificar la mano dura posterior que se exigió al Gobierno", lanza el historiador Joan B. Culla, que hoy inaugura unas jornadas sobre los hechos en la Biblioteca Balmes de Barcelona.

Si la represión se reduce a una víctima, ésta fue el pedagogo, librepensador y anarquista Francisco Ferrer y Guardia, creador de la Escuela Moderna, fusilado en el castillo de Montjuïc el 13 de octubre, figura siempre discutida. Culla y José Álvarez Junco coinciden en que no tuvo nada que ver con esos sucesos. "Fue un chivo expiatorio: esos días sólo estuvo en Barcelona el lunes", fija Culla. "Es evidente que socialistas y lerrouxistas se lo sacaron de encima y lo entregaron a la burguesía", sostiene Álvarez Junco.

También están de acuerdo en que el juicio tuvo mucho de farsa, pero que no fue un mártir. "Más que pedagogo, era un revolucionario: lo de la Escuela Moderna era para él un instrumento; tiene dos intentos de regicidio: yo no votaría en contra, pero tampoco a favor de que tuviera una plaza", dice Culla sobre la intención de la Fundación Ferrer y Guardia de que Barcelona lo incorpore a su nomenclátor. "En el intento de 1905 de matar a Alfonso XIII, su participación es casi segura, y en el de 1906 financió al ejecutor", dice Álvarez Junco. Y añade: "No hay un Émile Zola que lo defienda, ni protestas importantes". Éstas, a nivel internacional, llegaron después y provocaron al final la caída del Gobierno de Maura.

También la Iglesia denunció en sus informes al Vaticano la vinculación de la Escuela Moderna con los altercados, si bien el estudioso y cura Ramon Corts, que ha trabajado el tema en el Archivo Secreto Vaticano, asegura: "Ni la Santa Sede ni ningún religioso movió el juicio". Y apunta dos sorprendentes tesis: que el obispo de Barcelona hizo autocrítica "por hacer más caridad que justicia social" y que el Vaticano intentó pedir el indulto de Ferrer y Guardia, "pero no llegó a tiempo". Unos aspectos que no les casan a los dos historiadores seglares.

Una ciudad que recuerda

- Exposiciones. ¡Barcelona en llamas! (castillo de Montjuïc, 7 de mayo-18 de octubre). Memoria gráfica de una revuelta (Archivo Nacional de Cataluña, 12 de junio-9 de octubre). 1909: fotografía, ciudad y conflicto (Archivo Fotográfico de Barcelona, 17 de junio-16 de enero). Una crónica documental (Virtual: www.bcn.cat / setmanatragica, desde 11 de junio).

- Conferencias. Jornadas sobre la Semana Trágica. (Biblioteca Balmes, 5, 6 y 7 de mayo). Trágica, roja y gloriosa (Instituto de Cultura de Barcelona, 21 de mayo-18 de junio).

- Itinerarios. La Semana Trágica, a pie de calle (Bibliotecas de Barcelona, 9 de mayo-25 de julio).

- Libros. La Semana Trágica y el Archivo Secreto Vaticano, de Ramon Corts (Abadía de Montserrat). ¿Quién mató a Ferrer y Guardia?, de Francisco Bergasa (Aguilar).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de mayo de 2009

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